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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:14.9k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

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Capítulo 32

Capítulo 32: La noche prohibida

Mateo la llevó de regreso en su coche.

No era el tipo de coche que uno esperaría de un hijo de Alejandro Reyes —no era un BMW blindado ni un Mercedes con chofer ni ninguno de los vehículos que los hombres de la familia Montero usaban como extensiones de su poder. Era un Volkswagen Beetle viejo, modelo noventa y algo, con pintura verde deslavada y un ambientador con forma de pino colgado del espejo retrovisor. Mateo lo llamaba "La Esperanza" con la misma ternura con la que otros hombres hablaban de sus yates.

El trayecto desde el campus hasta la residencia estudiantil fue corto. Mateo manejó en silencio, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla abierta. El aire de la noche olía a tacos y a humo de camiones y a la promesa vacía que la Ciudad de México le hace a todos los que llegan buscando algo.

Se estacionó frente al edificio. Apagó el motor. El silencio del coche fue repentino y total, como si alguien hubiera cortado el sonido del mundo con unas tijeras.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Sí.

—No pareces bien.

—Estoy cansada.

Mateo asintió. Sus manos seguían en el volante. Sus nudillos estaban blancos, apretados con una presión que no correspondía a la suavidad de su voz.

—Valentina.

—¿Sí?

—¿Por qué él puede y yo no?

Las palabras salieron de Mateo como algo que había estado conteniendo demasiado tiempo —como agua detrás de una presa que por fin encuentra una grieta. Su voz se quebró en la última sílaba. No fue un quiebre dramático sino uno pequeño, íntimo, como el crujido de una rama delgada bajo un pie que intenta no hacer ruido.

Valentina lo miró. Mateo tenía los ojos húmedos. No lloraba todavía, pero estaba a un parpadeo de hacerlo. Su cara —esa cara de veintidós años que siempre parecía incapaz de la crueldad— tenía la expresión de un niño al que le han explicado que el mundo no funciona como él creía.

—¿Él quién? —preguntó Valentina, aunque sabía la respuesta.

—Santiago. —Mateo tragó—. Sé lo que pasó en el corredor. Lo vi. Vi cómo te besó. Vi cómo lo empujaste. Pero también vi que no le dijiste que no volviera a buscarte. No le dijiste que se alejara de ti para siempre. Le dijiste "no vuelvas a tocarme así" — así. Como si hubiera una manera correcta de tocarte y él solo eligió la equivocada.

Valentina no tenía respuesta para eso. Porque Mateo tenía razón.

—Mateo...

—No me digas que es complicado. No me digas que no es el momento. No me digas ninguna de las cosas que la gente dice cuando no quiere lastimarte pero tampoco quiere elegirte.

Una lágrima cayó por la mejilla de Mateo. Una sola, limpia, transparente, deslizándose por su piel como una confesión que no necesitaba palabras. Valentina levantó la mano. Le limpió la lágrima con el pulgar. La piel de Mateo era cálida bajo su dedo.

—No llores, Mateo —dijo—. No vale la pena.

—¿Qué no vale la pena?

—Yo. Yo no valgo la pena.

Mateo la miró con una intensidad que Valentina no le conocía. Sus ojos —los mismos ojos oscuros de Alejandro, pero sin la frialdad, sin el cálculo, sin las décadas de manipulación que habían convertido los ojos de su padre en instrumentos de precisión— la miraron con algo que no era deseo ni obsesión ni necesidad de control. Era algo más simple y por eso más devastador: tristeza.

—Buenas noches, Mateo —dijo Valentina.

Bajó del coche. Caminó hacia la entrada del edificio. No miró atrás. Si hubiera mirado, habría visto a Mateo apoyar la frente contra el volante y quedarse así, sin moverse, durante cuatro minutos exactos.

---

La despertó un ruido a la una y veintitrés de la mañana.

No el ruido de la puerta —la puerta tenía llave y cadena. El ruido vino de la ventana. Un golpe suave, rítmico, como nudillos contra cristal. Valentina abrió los ojos en la oscuridad. Su corazón empezó a latir antes de que su cerebro procesara lo que estaba pasando.

Se levantó. Caminó descalza hasta la ventana. Abrió la cortina.

Santiago estaba al otro lado del vidrio. De pie en la cornisa del segundo piso, con los pies apoyados en el borde de concreto y una mano agarrada al marco de la ventana. Dos pisos abajo, el estacionamiento dormía vacío.

—¿Estás loco? —susurró Valentina, abriendo la ventana—. ¿Cómo subiste?

Santiago entró por la ventana con la agilidad de alguien que ha trepado muros antes. Sus zapatos dejaron marcas de tierra en el piso de linóleo. Olía a cigarrillo y a noche fría y a la colonia amaderada que siempre usaba.

—¿Qué haces aquí? —dijo Valentina. Retrocedió un paso. Su espalda tocó el borde de la cama.

Santiago la miró en la oscuridad. La única luz venía de la farola del estacionamiento, que entraba por la ventana abierta y le dibujaba medio rostro en naranja y medio en sombra.

—Vine a disculparme —dijo.

—¿Disculparte por besarme a la fuerza o por seguirme hasta el café?

—Por las dos cosas.

—Entonces disculpa aceptada. Ahora vete.

Santiago no se movió.

—No he terminado.

—Sí terminaste. Es la una de la mañana. Entraste por mi ventana como un ladrón. Esto no es una disculpa, Santiago. Esto es otra invasión.

Santiago dio un paso hacia ella. Valentina levantó la mano, palma abierta frente a su pecho, como un escudo que no podía detener nada pero que significaba todo.

—No te acerques más.

Santiago se detuvo. Su respiración era audible en el silencio del cuarto. Sus ojos recorrieron la habitación —la cama angosta, los libros apilados en el escritorio, el diario cerrado con llave, el medallón de jade sobre la mesita de noche. El cuarto de una chica de dieciocho años que merecía dormir en paz y que en cambio tenía a un hombre en su ventana a la una de la mañana.

—Lo siento —dijo Santiago. Y esta vez su voz no era la del manipulador ni la del seductor ni la del hermano celoso. Era la de un hombre que se ha quitado todas las máscaras y descubre que debajo no hay nada que valga la pena mostrar—. Lo siento por el beso. Lo siento por las fotos. Lo siento por cada vez que te traté como si fueras algo que se puede ganar o perder.

Valentina bajó la mano. No porque le creyera completamente sino porque reconoció en su voz algo que había escuchado pocas veces: sinceridad sin objetivo.

—Santiago...

La puerta del cuarto se abrió de golpe.

Mateo estaba en el umbral. Su pelo despeinado y sus ojos rojos decían que no había dormido. Tenía las llaves del edificio en la mano —las que el guardia de seguridad le había dado cuando dijo que era familiar de una residente. Su mirada fue de Valentina a Santiago y de Santiago a Valentina con la velocidad de un rayo que busca dónde caer.

—¿Qué haces aquí? —dijo Mateo. Su voz era plana, controlada, pero sus puños estaban cerrados a los lados del cuerpo.

—Eso mismo le preguntaba yo —dijo Valentina.

—Vine a hablar con ella —dijo Santiago.

—A la una de la mañana. Por la ventana.

—No es tu problema, Mateo.

—Es mi problema cuando entras al cuarto de una chica a medianoche sin su permiso.

Santiago se giró hacia su hermano. En la penumbra del cuarto, los dos hombres se miraron con una hostilidad que Valentina sintió como calor — el tipo de calor que precede a un incendio.

—Sal —dijo Mateo.

—No recibo órdenes tuyas.

—No es una orden. Es una advertencia.

Santiago dio un paso hacia Mateo. Mateo no retrocedió. Eran casi de la misma altura —Santiago un poco más alto, Mateo un poco más ancho de hombros. Pero la diferencia no estaba en el tamaño sino en la postura: Santiago se movía como alguien acostumbrado a intimidar; Mateo se plantó como alguien acostumbrado a no dejarse.

—Ella no es tuya —dijo Mateo—. Ella no es de nadie.

Santiago sonrió. Una sonrisa fina, cortante.

—Eso lo decide ella.

Valentina se puso entre los dos. Sus manos empujaron el pecho de cada uno, separándolos como se separan dos imanes que están a punto de chocar.

—Los dos, fuera —dijo—. Ahora.

Mateo la miró. En sus ojos había dolor y preocupación y la pregunta que no hizo pero que flotaba entre ellos como humo: ¿vas a estar bien sola con él?

—Estoy bien, Mateo —dijo Valentina—. Vete.

Mateo salió al pasillo. Se detuvo. Miró a Santiago una última vez.

—Si la tocas, te mato —dijo. Sin énfasis, sin drama, con la naturalidad de quien enuncia un hecho meteorológico.

La puerta se cerró.

Valentina y Santiago se quedaron solos.

El silencio del cuarto era diferente ahora —más denso, más cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Santiago estaba de pie junto a la ventana. Valentina estaba de pie junto a la cama. Entre ellos había un metro y medio de linóleo y una historia de mentiras y verdades que ninguno de los dos sabía cómo separar.

—Deberías irte —dijo Valentina.

—Lo sé.

—Entonces vete.

Santiago caminó hacia la ventana. Puso una mano en el marco. Se detuvo.

—No me arrepiento —dijo, sin voltearse.

—¿De qué?

—De nada.

No se fue por la ventana. Se quedó. Lo que sucedió después, en la oscuridad de un cuarto de residencia estudiantil con paredes delgadas y una cama angosta y el sonido lejano de un perro ladrando en el estacionamiento, fue algo que Valentina no le contaría a nadie. No porque fuera vergonzoso sino porque no sabía cómo nombrarlo —si fue debilidad o deseo o la rendición temporal de una chica que estaba cansada de pelear contra todo y contra todos y que, por una noche, eligió no pelear contra él.

---

Amaneció gris.

Valentina abrió los ojos a las seis y cuarto. El otro lado de la cama estaba vacío. Las sábanas olían a colonia amaderada y a cigarrillo. Sobre la almohada había un pedazo de papel arrancado de su cuaderno de Trabajo Social, con la letra desordenada de Santiago:

"No me arrepiento."

Valentina tomó el papel. Lo leyó tres veces. Luego lo arrugó en un puño apretado.

No lo tiró.

Lo guardó en el cajón de la mesita de noche, debajo del medallón de jade, donde nadie lo encontraría. Donde ella pudiera sacarlo y leerlo de nuevo cuando necesitara recordar que, por una noche, alguien se había quedado sin pedirle nada a cambio.

Se levantó. Se duchó. Se vistió. Se miró en el espejo del baño. La chica que le devolvió la mirada tenía los ojos cansados y los labios hinchados y una marca roja en el cuello que iba a necesitar una bufanda.

—Idiota —le dijo a su reflejo.

Su reflejo no discutió.

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Maria Elena Gomez
Normal
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