Ella no debía cruzarse en su camino.
Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.
Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.
Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.
Desde esa noche, se convirtió en otra persona.
El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.
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32
ISABELLA NARRANDO.
Cuando abrí esa puerta, con el corazón en la boca, no reconocí a ese hombre, estaba demasiado angustiada, solo recuerdo Leon herido disparo y quererme a su lado, olvidé la pelea olvidé todo en ese momento solo quería llegar hasta él.
No recuerdo exactamente en qué momento mi corazón empezó a latir mal.
Tal vez fue cuando él dijo que Leon estaba herido.
Un disparo.
Solo eso bastó para que todo dentro de mí entrara en colapso. No pensé, no cuestioné, no desconfié. Solo... fui. Me cambié rápido, agarré cualquier ropa y me subí a ese carro como si cada segundo fuera a arrancarme otro pedazo.
Necesitaba verlo.
Necesitaba ver con mis propios ojos que estaba vivo.
Y al principio todo parecía normal.
Nadie nos detuvo.
Ninguno de los guardias hizo preguntas.
La carretera estaba demasiado libre... demasiado silenciosa. Pero no me di cuenta. O tal vez sí me di cuenta y simplemente lo ignoré, porque la desesperación grita más fuerte que cualquier instinto de supervivencia.
Me quedé callada.
Mis manos estaban aferradas una a la otra en mi regazo, tan apretadas que empezaron a doler. Ni lo sentí bien. Mi cabeza estaba lejos, perdida en imágenes que no quería ver... Leon caído, Leon sangrando, Leon... no.
No.
Tragué en seco e intenté respirar hondo, pero el aire se sentía pesado.
Hasta que él habló.
— Mariposa.
Fue bajo. Calmado.
Pero aquello me atravesó como una cuchilla fina.
Mi cuerpo se paralizó.
No volteé de inmediato. Me quedé unos segundos mirando al frente, como si mi cerebro estuviera intentando alcanzar algo que ya era obvio.
— Calma, Mariposa — continuó, demasiado tranquilo. — Pronto llegas con tu marido.
Mariposa.
Nadie me llamaba así.
Nadie... excepto una persona.
Y fue como si alguien hubiera arrancado un recuerdo de dentro de mí y me lo hubiera aventado a la cara.
Escuela.
Pasillos largos.
Un chico que parecía demasiado amable... pero que siempre me hacía sentir incómoda por algún motivo que nunca supe explicar.
Giovanni.
El verdadero Giovanni.
El que me llamaba Mariposa con una sonrisa extraña, como si supiera cosas que yo no sabía.
Mi estómago se revolvió.
El dossier.
El rostro.
La voz.
Las piezas empezaron a encajar demasiado rápido, una tras otra, sin darme tiempo de negar.
Volteé despacio a mirarlo.
Observé cada detalle.
La línea de la mandíbula. La forma en que apretaba el volante. El perfil... tan familiar que me dio náuseas.
Era él.
Ya no había duda.
Y en ese instante, la desesperación cambió de forma.
Ya no era solo por Leon.
Era por mí.
Porque estaba dentro de un carro... con un hombre al que no conocía de verdad.
Y peor.
Él no sabía que yo sabía.
Eso... eso era lo único a mi favor.
Tragué el pánico con fuerza, sintiendo mi corazón latir en la garganta. Necesitaba pensar. Necesitaba actuar. ¿Hablar? No. No iba a funcionar. Yo conocía ese tipo de mirada... no había negociación ahí.
Entonces quedó lo obvio.
Huir.
De la manera más bruta posible.
Jalé el aire despacio, intentando que mi respiración no delatara nada. Miré al frente, como si todavía estuviera perdida en mis pensamientos.
Pero por dentro estaba contando.
Uno.
Mis manos empezaron a sudar.
Dos.
Mi cuerpo entero se tensó.
Tres.
Actué.
Jalé el freno de mano con todo.
El carro dio un sacudón violento, las llantas chillaron contra el asfalto y su cuerpo fue lanzado levemente hacia adelante. Antes de que pudiera reaccionar, volteé y le solté un puñetazo en la cara con toda la fuerza que tenía.
Sentí el impacto subir por mi brazo.
Pero no me detuve.
Otro.
Y otro.
Golpeé como si mi vida dependiera de ello.
Porque dependía.
Él intentó defenderse, pero yo ya estaba abriendo la puerta, el corazón desbocado, la esperanza encendiéndose dentro de mí como un fósforo en la oscuridad.
Lo logré.
La puerta se abrió.
El aire me golpeó el rostro.
Estaba saliendo—
Cuando lo sentí.
Un piquete.
Rápido.
Preciso.
En la nalga.
Mi cuerpo reaccionó al instante... o mejor dicho, dejó de reaccionar.
Mis piernas se aflojaron como si ya no fueran mías. La fuerza simplemente desapareció. Mis dedos perdieron el control, mi respiración se volvió extraña, pesada.
No.
No, no, no—
Él me jaló de vuelta.
Fuerte.
Demasiado fácil.
Como si yo no pesara nada.
La puerta se azotó de nuevo.
Intenté reaccionar.
Juro que intenté.
Pero mi cuerpo... no respondía.
Mis ojos estaban abiertos.
Podía ver.
Podía oír.
Pero no podía mover un solo músculo.
Ni hablar.
Ni gritar.
Nada.
Era como estar presa dentro de mí misma.
Y entonces escuché.
La risa.
Baja.
Arrastrada.
Enfermiza.
Eso ya no era el chico de la escuela.
Nunca lo fue.
Y yo ahí... inmóvil, consciente, atrapada en el sonido de esa risa diabólica... dándome cuenta demasiado tarde de que había entrado directo a la boca del infierno.
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