Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 32: El beso de la traición y el fuego
Salimos del Starlight Ballroom como dos tormentas chocando en un callejón estrecho. La lluvia de Manhattan, fría y persistente, nos golpeó apenas cruzamos la puerta trasera, pero yo no sentía el frío. Tenía la sangre hirviendo, quemándome las venas por la imagen de Natalia Genovese acariciando el pecho de Damián frente a todo el mundo.
Mijaíl intentó seguirnos, pero Damián lo detuvo con un brazo de acero y una mirada que prometía un entierro prematuro si daba un paso más.
—¡Espero que te hayas divertido con tu trofeo de plástico! —le grité, dándome la vuelta cuando llegamos a la sombra de un edificio de ladrillos. Mis tacones resonaron en el asfalto mojado como disparos—. ¿Eso es lo que necesitás, Damián? ¿Una mujer que te adule mientras el mundo se cae a pedazos? ¡Sos patético!
Damián me acorraló contra la pared húmeda antes de que pudiera terminar la frase. Sus manos se estrellaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome en su jaula de músculo y furia.
—¡No hables de ella cuando vos entraste de la mano de mi hermano para humillarme! —rugió, su rostro a milímetros del mío—. Querías jugar a ser la reina, Alessandra. Querías demostrar que tenés el control. Bueno, felicitaciones. Tenés la atención de toda la mafia de Nueva York. ¿Estás feliz ahora?
—¡Estoy feliz de que por fin todos vean que no te necesito! —le espeté, aunque mi voz me traicionó con un leve temblor.
Él se rió, una risa oscura y peligrosa que me erizó los pelos de la nuca.
—Mentís. Estás muriéndote de celos, Alessandra. Lo veo en tus ojos, lo veo en cómo apretás la mandíbula cuando Natalia me tocó. Te quema por dentro que otra mujer ponga sus manos en lo que todavía creés que te pertenece.
—¡No siento nada por vos más que desprecio! —le grité, intentando empujarlo, pero era como tratar de mover una montaña.
—Mentime de nuevo —susurró él, y antes de que pudiera responder, su boca se estrelló contra la mía.
No fue un beso de reconciliación. Fue una invasión.
Damián me besó con un hambre desesperada, con una pasión que no pedía permiso y un fuego que amenazaba con reducirnos a cenizas allí mismo, en medio de la lluvia. Sus labios sabían a whisky y a pecado, y sus manos se enredaron en mi cabello corto, tirando con una fuerza que me obligó a arquear el cuello.
Sentí el calor de su cuerpo atravesando mi vestido de seda, una descarga eléctrica que me recorrió la columna y me hizo olvidar el rencor, la guerra y el departamento de Queens. Por un segundo, el mundo desapareció. El fuego nos quemaba la piel, un incendio alimentado por tres años de ausencia y odio acumulado. Le devolví el beso con la misma violencia, mordiéndole el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre, aferrándome a sus hombros como si fuera mi única balsa en medio de un naufragio.
Era un beso que sabía a guerra, a traición y a una necesidad enfermiza que ninguno de los dos quería admitir. Era el incendio de dos almas condenadas que solo sabían amarse destruyéndose.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos jadeando, con los labios hinchados y los ojos empañados por el deseo y la rabia. Damián mantuvo su frente apoyada contra la mía, su respiración mezclándose con la mía en el aire frío de la noche.
—Decime ahora que no sentís nada —desafió él, con la voz rota.
Me aparté de él de un tirón, limpiándome la boca con el dorso de la mano, aunque el rastro de su fuego seguía quemándome. Miré hacia el suelo, tratando de recomponer mi máscara de hierro, y entonces, inesperadamente, solté una carcajada. Una risa seca, burlona, que rebotó en las paredes del callejón.
—¿De qué te reís? —preguntó él, confundido, con los puños todavía apretados.
—Me río de vos, Damián —le dije, mirándolo a los ojos con una sonrisa de suficiencia, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos—. ¿De verdad creés que un beso lo cambia todo? ¿Creés que porque todavía sé cómo reaccionar a tus manos podés borrar lo que hiciste?
—Alessandra...
—No te equivoques —lo corté, dándome la vuelta para caminar hacia el auto—. Si Natalia te quiere, que se quede con tus sobras. Yo no estoy celosa, Damián. Estoy entretenida. Entretenida viendo cómo te arrastrás buscando una emoción en mí que vos mismo mataste.
Me subí al asiento trasero del SUV antes de que pudiera ver cómo mis manos empezaban a temblar. Damián se quedó allí, bajo la lluvia, con la camisa pegada al cuerpo y el rostro sumergido en la sombra. Había ganado el beso, pero yo acababa de ganarle la guerra psicológica.
En ese callejón de Nueva York, la batalla más sangrienta la estábamos librando nosotros dos, y yo no iba a dejar que él viera ni una sola de mis heridas.
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te