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En Todo Mi Esplendor

En Todo Mi Esplendor

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Venganza / Completas
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.

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Capítulo 4: El espectro del pasado

La lluvia de noviembre tamborileaba con suavidad contra los cristales del departamento, creando una atmósfera de intimidad absoluta. En la cocina, una tarta de manzanas recién horneada desprendía un aroma dulce a canela y manteca tostada. Eric estaba sentado a la mesa de madera con los anteojos de lectura puestos, revisando un contrato de arrendamiento mientras Aurora, con un delantal a rayas y el pelo recogido en un moño desprolijo, servía dos tazas de té humeante.

—Si firmas esta cláusula de rescisión sin revisar los plazos de mora, el cliente va a querer ahorcarte el mes que viene —comentó ella, apoyando una de las tazas frente a él con una sonrisa pícara.

Eric levantó la mirada, se quitó los anteojos y la tomó suavemente de la muñeca para obligarla a sentarse sobre su regazo. Aurora soltó una pequeña risa de sorpresa mientras acomodaba sus brazos alrededor del cuello de su esposo.

—¿Y qué haría este humilde abogado sin su socia más implacable? —bromeó él, besándole la mejilla con un afecto tibio, casi reverente—. Creo que debería nombrarte co-titular del estudio la próxima semana. Ya es hora de que la placa de bronce tenga los dos nombres.

—No te apures, doctor. Primero veamos si logras ganar la apelación del jueves sin que te tiemble la voz frente al magistrado —le retrucó ella, divertida, acariciándole el cabello castaño con una ternura infinita.

El momento era perfecto. Era el retrato exacto de la estabilidad que habían forjado ladrillo a ladrillo, alejados de las tormentas, seguros dentro del refugio que llamaban hogar.

Hasta que el teléfono celular de Eric, apoyado sobre los expedientes en la mesa, vibró con violencia.

La pantalla se iluminó en la penumbra de la cocina, mostrando un número sin registrar. No era una llamada común: la vibración cesó tras varios timbrazos y, un segundo después, comenzó a sonar de nuevo con la insistencia desesperada de quien se niega a recibir una negativa.

Eric frunció el ceño, divertido aún por la conversación previa.

—¿Quién llama a las diez y media de la noche un martes? Debe ser Julián con algún drama de último minuto sobre el club de campo.

—Atiende, por las dudas —dijo Aurora, incorporándose con serenidad para dejarle espacio—. Puede ser una urgencia familiar o algún cliente retrasado.

Eric estiró la mano y deslizó el dedo por la pantalla para atender, poniéndose el aparato al oído con tono profesional y despreocupado:

—¿Hola? Habla el doctor Eric Méndez.

Del otro lado no hubo un saludo legal. Solo se escuchó una respiración entrecortada, casi asfixiada, y un sollozo quebrado que sonó demasiado íntimo para pertenecer a un cliente.

—¿Eric...? —la voz femenina sonó débil, temblorosa, cargada de una vulnerabilidad ensayada hasta el milímetro—. Eric, por favor... no me cortes. Te lo suplico.

El cuerpo de Eric se tensó como una cuerda a punto de romperse. La sonrisa desapareció de su rostro en una milésima de segundo; el color abandonó sus mejillas y sus dedos se crisparon sobre el armazón del teléfono con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Hacía más de tres años que no escuchaba ese tono, pero el eco de esa voz estaba grabado a fuego en la parte más oscura de su memoria.

—¿Quién es? —preguntó él, aunque su propia voz salió ronca, irreconocible, carente de cualquier seguridad.

—Soy yo... Patricia —dijo la voz entre lágrimas contenidas, utilizando la cadencia exacta que solía desarmarlo en su juventud—. Estoy en la guardia del Hospital Central. No tengo a nadie en esta ciudad, Eric... Nadie. Me asaltaron en la estación, me golpearon... no tengo dinero, ni mis documentos, y los médicos no quieren atenderme si no hay alguien que firme el ingreso. Recordé tu número... fue lo único que pude recordar en medio del pánico. Perdóname por llamarte, sé que no tengo derecho, sé que debes odiarme... pero me estoy muriendo de frío aquí sola y no sabía a quién más acudir.

Las palabras de Patricia golpearon la mente de Eric como una ráfaga helada. Durante años, la había imaginado triunfante, inalcanzable, riéndose de él desde un auto de lujo. Escucharla ahora reducida a la miseria, pidiendo auxilio como una criatura desamparada, activó un resorte perverso y latente en su psique: la necesidad primitiva de demostrarle que él ya no era el despojo que ella había dejado atrás.

—Eric, ¿qué pasa? ¿Quién es? —preguntó Aurora, dando un paso hacia él. Su instinto, agudo y despierto, captó de inmediato el abismo que acababa de abrirse en los ojos de su esposo.

Eric cubrió el micrófono del teléfono con la palma de la mano, esquivando deliberadamente la mirada de Aurora. Sus ojos bailaban de un lado a otro de la habitación, presas de un pánico confuso.

—Es... es un caso delicado. La prima de Marcos —mintió, y la falsedad sonó tan torpe en sus labios que casi le quemó la lengua—. Tuvo un accidente en la zona del centro, está en la guardia y Marcos no responde las llamadas. Necesita que alguien certifique su identidad con una credencial legal para que la asistan.

Aurora lo miró fijamente. En dos años de matrimonio, Eric jamás le había mentido; la transparencia había sido el pacto tácito sobre el que construyeron su vida. Sin embargo, en ese preciso segundo, Aurora sintió una punzada fría en el estómago. Eric no tenía la postura de un abogado solidario; tenía la rigidez culpable de un hombre que acaba de pisar una trampa y pretende fingir que nada ha ocurrido.

—¿Quieres que te acompañe? —ofreció ella con calma gélida, midiendo cada una de sus palabras—. El auto está afuera y puedo ayudarte con los trámites en la administración del hospital.

—¡No! —respondió Eric, demasiado rápido, casi con un sobresalto defensivo—. No, mi amor, no hace falta. Está lloviendo torrencialmente y mañana tienes que madrugar para la audiencia de familia. Yo voy, firmo lo necesario, me aseguro de que esté bien y regreso enseguida. No me tardo ni una hora.

Sin esperar respuesta, tomó su sobretodo del perchero con movimientos torpes y apurados, guardó el teléfono en el bolsillo y le dio a Aurora un beso fugaz en la frente, un roce frío y desprovisto del calor habitual.

—Vete a dormir, no me esperes levantada —dijo mientras abría la puerta del departamento.

—Eric —lo llamó ella, deteniéndolo en el umbral.

Él se giró con impaciencia disimulada.

—¿Sí?

Aurora lo contempló en silencio durante un segundo que pareció eterno. La luz del pasillo proyectaba una sombra alargada y extraña sobre la figura de su esposo.

—Maneja con cuidado. La lluvia hace que el asfalto sea traicionero.

—Siempre lo hago —respondió él antes de cerrar la puerta tras de sí.

El eco de los pasos apresurados de Eric bajando las escaleras resonó en el silencio del edificio.

Aurora se quedó de pie en medio de la cocina. El aroma a tarta de manzana caliente seguía en el aire, pero la calidez del hogar se había evaporado de golpe. Caminó lentamente hacia la mesa, levantó la taza de té de Eric —apenas probada y ya enfriándose— y observó la ventana empañada por la tormenta.

No sabía el nombre exacto de la amenaza, pero supo, con la infalible certeza de una mujer que había aprendido a leer el alma humana, que el pasado acababa de tocar a su puerta. Y que la fortaleza que había construido con tanta devoción estaba a punto de enfrentar su primera y más devastadora grieta.

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Wendy Borges
verdugo no pide clemencia
Wendy Borges
que hombre tan patético
Lilito_lili
Impecable..
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