Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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Un padre para mi
La noche había caído sobre el edificio abandonado.
El viento se colaba por las ventanas rotas mientras Genaro permanecía sentado sobre una pila de libros.
Arlen seguía escuchando.
Procesando cada palabra.
Cada recuerdo.
Cada herida.
Finalmente el anciano terminó de contar la historia de Sijer.
El silencio ocupó la habitación.
Genaro parecía más cansado que nunca.
Como si hubiera descargado años de dolor en una sola conversación.
Arlen permaneció pensativo.
Luego habló.
—Me ayudaste.
Genaro levantó la vista.
—¿Qué?
—Me diste comida.
Un lugar donde dormir.
Ropa.
Y me contaste la verdad.
Genaro sonrió levemente.
—No es para tanto.
—Para mí sí.
Arlen apoyó una mano sobre la montaña de libros.
—Voy a devolverte esa amabilidad.
El anciano soltó una pequeña risa.
—¿Y cómo pensás hacerlo?
Arlen permaneció callado unos segundos.
Pensando.
Midiendo cuánto debía decir.
Finalmente respondió.
—Voy a ser sincero contigo.
O al menos... sincero a medias.
Genaro arqueó una ceja.
—Eso no inspira mucha confianza.
—Por ahora tendrá que ser suficiente.
Arlen tomó aire.
—No soy de aquí.
Genaro parpadeó.
—¿Qué?
—Fui enviado.
—¿Por quién?
—Eso no importa todavía.
—¿Y para qué?
Arlen respondió sin dudar.
—Para observar al nuevo dios.
Genaro sintió un escalofrío.
—¿Azrakel?
Arlen soltó una carcajada inesperada.
—¿Ese es su nombre?
—Sí.
—Azrakel.
Repitió el nombre varias veces.
Luego volvió a reír.
—Suena menos impresionante de lo que esperaba.
—No digas eso muy fuerte.
—¿Por qué?
—Porque podrían matarte.
—Ah.
Arlen se encogió de hombros.
—Eso sería molesto.
Genaro lo observó fijamente.
—¿Y cuál es tu misión?
Arlen lo miró directamente.
Por primera vez sin bromas.
Sin inocencia.
Sin aquella sonrisa curiosa.
—Acabar con él.
El anciano quedó inmóvil.
El viento sopló entre las ventanas.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente Genaro rompió el silencio.
—Estás loco.
—Es posible.
—Azrakel gobierna el mundo entero.
—Lo sé.
—Tiene ejércitos.
—Lo sé.
—Millones de seguidores.
—También lo sé.
Genaro suspiró.
—Y aun así querés enfrentarlo.
—Sí.
El anciano comenzó a reír.
Una risa larga.
Cansada.
Pero sincera.
—Mis huesos ya son demasiado viejos para una escaramuza.
Arlen sonrió.
—No te estoy pidiendo que pelees.
—Menos mal.
—Necesito algo más importante.
—¿Qué cosa?
Arlen señaló su cabeza.
—Tu mente.
Y así comenzó todo.
Los días se transformaron en semanas.
Las semanas en meses.
Y Genaro comenzó a enseñar.
Historia.
Política.
Estrategia.
Guerras.
Imperios.
Religiones.
Idiomas.
Filosofía.
Todo lo que sabía.
Todo lo que había aprendido durante una vida entera.
Y Arlen absorbía cada palabra.
Como una esponja.
Al principio jugaban ajedrez.
Genaro ganaba siempre.
Sin excepción.
—Jaque mate.
—Otra vez.
—Jaque mate.
—Otra vez.
—Jaque mate.
—Otra vez.
Un mes después...
—Jaque mate.
—¿Cómo?
—No vi esa jugada.
Genaro sonrió.
—Bien hecho.
Dos meses después...
Las partidas duraban horas.
Ninguno cedía terreno.
Ninguno cometía errores.
Tres meses después...
Genaro comenzó a sudar.
Cuatro meses después...
Arlen empezó a anticipar estrategias que jamás le había enseñado.
Como si estuviera viendo varios movimientos por delante.
Mientras tanto también entrenaba.
Y aquello preocupaba profundamente a Genaro.
Porque ya no parecía humano.
Corría tan rápido que desaparecía entre los árboles.
Saltaba distancias imposibles.
Golpeaba el aire generando ondas de choque.
Movía su cuerpo con una precisión aterradora.
Pero lo más extraño...
Era que también entrenaba sentado.
Sin moverse.
Durante horas.
Con los ojos cerrados.
—¿Qué hacés?
—Entreno.
—No te estás moviendo.
—Estoy practicando.
—¿Qué?
—Miles de combates.
Genaro parpadeó.
—¿En tu cabeza?
—Sí.
—Eso no es normal.
—Me lo dicen seguido.
Arlen aprendía a una velocidad absurda.
Cómo moverse sin hacer ruido.
Cómo ocultar su presencia.
Cómo detectar peligros.
Cómo analizar personas.
Cómo sobrevivir.
Cómo matar.
Y también...
Cómo evitar hacerlo.
Porque Genaro insistía en enseñarle ambas cosas.
—La diferencia entre un monstruo y un hombre no es la fuerza.
—¿Cuál es entonces?
—Saber cuándo usarla.
Pasaron cinco meses.
Cinco meses de entrenamiento.
Cinco meses de aprendizaje.
Cinco meses de convivencia.
Y sin darse cuenta...
Algo cambió.
Una noche.
Mientras compartían una comida sencilla.
Arlen habló sin pensar.
—Gracias, padre.
El silencio llenó la habitación.
Genaro dejó lentamente la cuchara.
Sus ojos se humedecieron.
Apenas un poco.
—¿Qué dijiste?
Arlen pareció confundido.
—Padre.
Genaro bajó la mirada.
Y sonrió.
Una sonrisa rota.
Pero hermosa.
—Hace mucho que nadie me llama así.
Desde entonces ya no volvió a llamarlo Genaro.
Siempre era padre.
Y Genaro comenzó a llamarlo hijo.
Porque en algún momento entre las partidas de ajedrez.
Las clases de historia.
Y las conversaciones interminables...
Habían dejado de ser dos personas solitarias.
Y se habían convertido en una familia.
Cinco meses después.
La última partida comenzó.
El tablero estaba listo.
Las piezas acomodadas.
Genaro observaba en silencio.
Arlen hizo su primer movimiento.
Luego el segundo.
Luego el tercero.
La partida duró horas.
Hasta que finalmente...
Genaro observó el tablero.
Y sonrió.
—Lo lograste.
Arlen miró las piezas.
—¿Qué logré?
—Ganarme.
El silencio llenó la habitación.
Por primera vez.
Después de cinco meses.
Arlen había vencido a su maestro.
Genaro lo observó.
Y sintió algo que creía perdido para siempre.
Orgullo.
Un orgullo inmenso.
Como el de un padre viendo crecer a su hijo.
Y Arlen lo percibió.
No sabía cómo.
Pero lo sintió.
Y aquella sensación valía más que cualquier victoria.
Más tarde ambos salieron del edificio.
Se sentaron sobre una vieja cornisa.
Observando la ciudad.
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte.
Pintando el cielo de naranja y rojo.
Durante varios minutos ninguno habló.
No era necesario.
Simplemente contemplaban el atardecer.
Disfrutando de un raro momento de paz.
Después de tantos años de dolor para uno.
Y de tantos meses de descubrimiento para el otro.
—Padre.
—¿Sí, hijo?
—Creo que este mundo es hermoso.
Genaro sonrió.
Mirando el sol desaparecer.
—Sí.
A veces también lo creo.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Ambos descansaron.
Sin pensar en Azrakel.
Sin pensar en guerras.
Sin pensar en el destino.
Solo un padre y un hijo observando la puesta de sol.