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Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: Señales de alarma

Afuera, una camioneta negra encendió las luces al otro lado de la calle.

Santiago se quedó inmóvil en la banqueta con la tarjeta de León Villanueva todavía caliente en el bolsillo de su sudadera blanca.

Durante un segundo no escuchó la música del café ni las risas que salían por la puerta. Solo vio los faros encendidos, el vidrio polarizado y el reflejo de su propia cara en la ventana. Luego León apareció junto a la camioneta, como si hubiera salido de una sombra elegante.

—No quería asustarte —dijo.

Santiago tragó saliva.

—Pues no fue tu mejor intento.

León miró la camioneta, luego volvió a él. No sonrió. Eso, por alguna razón, lo hizo parecer más sincero.

—Tienes razón. Debí pedirle a mi chofer que esperara más lejos.

La palabra "chofer" cayó entre los dos con demasiado peso. Santiago pensó en las veces que había visto esa misma camioneta cerca de la facultad. Pensó en los pasos de la noche anterior. Pensó en Diego diciendo que llamaran a seguridad.

—¿Tu chofer ha estado en Ciudad Universitaria esta semana?

La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.

León no parpadeó.

—Sí.

El estómago de Santiago se apretó.

—¿Por qué?

—Porque después de verte en el campus quise saber si volvería a encontrarte.

Era una respuesta absurda. Demasiado directa. Tan descarada que Santiago tardó en decidir si sentirse halagado o alarmado.

—Eso suena peor de lo que crees.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo dices?

—Prefiero que pienses que fui torpe a que pienses que te estoy mintiendo.

Santiago sostuvo su mirada, buscando una grieta. León no apartó los ojos, pero tampoco se acercó. La distancia entre ambos seguía siendo correcta, casi cuidadosa.

—No deberías mandar camionetas detrás de gente que acabas de conocer.

—No debería —aceptó León.

La aceptación simple le quitó fuerza al reclamo. Santiago odió eso.

—Gracias por el café —dijo, aunque él había pagado el suyo—. Me voy.

—¿Quieres que te lleve?

—No.

—Está bien.

Otra vez esa retirada inmediata. Santiago esperaba insistencia, una frase de rico acostumbrado a salirse con la suya. León solo asintió.

—Buenas noches, Santiago.

Santiago caminó hacia el metro con el corazón demasiado rápido. No miró atrás.

Esa noche le contó a Diego.

No todo. No la parte en la que la voz de León le había parecido demasiado agradable. No la parte en la que el contacto de su mano seguía presente de una manera ridícula. Solo lo esencial: el CEO, la tarjeta, la camioneta, la explicación.

Diego escuchó en silencio hasta que Santiago terminó. Eso ya era mala señal.

—Güey —dijo al fin—, ese tipo da miedo.

Santiago estaba sentado en el borde de su cama, con el celular en altavoz y la tarjeta sobre la mesa pequeña.

—No exageres.

—¿Un CEO persiguiendo a un universitario? ¿Una camioneta siguiéndote en CU? ¿Un número personal escrito a mano como si esto fuera una novela de millonarios trastornados? Algo no cuadra.

—No me persiguió. Dijo que quería volver a verme.

—¿Y eso te parece normal?

Santiago no respondió.

Diego soltó un sonido de frustración.

—Santi, estás escuchándote, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y?

Santiago miró la tarjeta. El papel era grueso, caro, sobrio. León Villanueva Cortés. Director General. Grupo Villanueva. En la parte de atrás, el número directo parecía menos corporativo y más íntimo.

—Y también fue honesto.

—No, fue listo.

La frase se quedó flotando en el cuarto.

—Mira —continuó Diego, un poco menos duro—, yo no digo que no pueda gustarte. Está guapo, tiene dinero, habla bonito, lo que quieras. Pero la gente normal te pide Instagram. No manda a su chofer a estudiar tus horarios.

Santiago se pasó una mano por la cara.

—Lo sé.

—Entonces bloquéalo antes de que se ponga raro.

Santiago bajó la vista.

—Ni siquiera me ha escrito.

—Peor. Está dejando que tú pienses en él.

Santiago quiso reírse de la teoría, pero no pudo.

Porque estaba funcionando.

El lunes, un ramo de flores llegó a la entrada de su clase.

No eran rosas exageradas ni algo escandaloso. Eran alcatraces blancos, envueltos en papel kraft, con una tarjeta pequeña.

La profesora Claudia arqueó una ceja cuando el mensajero preguntó por Santiago Reyes Mendoza. El salón entero volteó.

Santiago sintió calor subirle por el cuello.

—¿Admirador secreto? —susurró su compañera.

—Cállate.

Abrió la tarjeta con los dedos tensos.

"Sin camionetas esta vez. Perdón por el susto. L."

El corazón le dio un golpe estúpido.

Diego, por supuesto, reaccionó como si el ramo fuera una amenaza diplomática.

—No mames —dijo en la cafetería, mirando las flores como si fueran a explotar—. Encima sabe pedir perdón con decoración.

—Son solo flores.

—Son flores enviadas a tu salón, Santi. Eso es bonito en una película y rarísimo en la vida real.

—La gente manda flores.

—La gente normal pregunta primero si no te va a dar pena que medio salón te mire.

Santiago no tuvo cómo defender eso.

El miércoles, León apareció a la salida de la biblioteca. No bajó de la camioneta hasta que Santiago lo vio. No mandó a nadie. No bloqueó el camino.

Solo estaba ahí, con una camisa blanca, el saco sobre el brazo y una expresión que parecía tranquila hasta que uno notaba la tensión en la mandíbula.

—Prometí no asustarte —dijo cuando Santiago se acercó, más por curiosidad que por prudencia—. Por eso vine yo.

—Eso no necesariamente ayuda.

—Puedo irme.

Santiago debería haber dicho que sí.

—¿Qué quieres?

—Invitarte a cenar.

—¿Hoy?

—El día que tú quieras.

—Tengo clases.

—Lo sé.

Santiago alzó una ceja.

León entendió el error al instante.

—Porque me lo dijiste en el café. Literatura, entregas, viernes imposibles. No por otra cosa.

Santiago lo miró con cuidado. Tal vez era mentira. Tal vez no. El problema era que León sabía mentir con la verdad alrededor, igual que el narrador de aquella clase.

—No puedo hoy —dijo.

—Entonces otro día.

—No dije que sí.

—Pero tampoco dijiste que no.

Santiago sintió la sonrisa antes de poder detenerla.

—Eres insistente.

—Solo cuando algo me importa.

La frase fue directa, demasiado limpia. No sonó como piropo barato. Sonó como una decisión.

Y eso fue lo peligroso.

El viernes por la tarde, después de otra ronda de advertencias de Diego, Santiago terminó sentado en la banca frente a la facultad con el celular en la mano y el número de León abierto en WhatsApp. Escribió "no creo que sea buena idea". Lo borró. Escribió "podemos vernos, pero nada raro". Lo borró también.

Diego se sentó a su lado con dos vasos de agua de jamaica.

—Dime que no le estás escribiendo.

—No le estoy escribiendo.

Diego miró la pantalla.

—Me estás mintiendo pésimo.

Santiago bloqueó el celular.

—Solo es una cena.

—Eso dicen todos antes de tomar malas decisiones.

—No soy un niño.

—No. Eres peor. Eres inteligente y aun así te haces tonto cuando alguien te gusta.

Santiago abrió la boca para negarlo.

No pudo.

Diego suspiró, cansado.

—Si vas a verlo, mándame ubicación en tiempo real. Y si algo se siente raro, te sales. Sin pena. Sin explicar. Te sales.

Santiago miró a su amigo. La molestia se le bajó de golpe.

—Está bien.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

Esa noche, Santiago escribió por fin.

Santiago:

Podemos cenar. Un lugar público.

La respuesta llegó menos de un minuto después.

León:

El lugar que tú elijas. Y si en cualquier momento quieres irte, te llevo o pido un carro para ti.

Santiago leyó el mensaje dos veces.

No era presión. No era una orden. Era una puerta abierta.

Eso lo hizo aceptar.

Santiago:

Mañana.

León:

Mañana entonces.

Santiago dejó el celular boca abajo, con el pulso acelerado y la sensación de haber cruzado una línea pequeña, casi invisible.

Al otro lado de la ciudad, en su oficina de Reforma, León miró la pantalla iluminada y sonrió por primera vez en todo el día.

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
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