Alina, una joven de diecinueve años que vive en Valdemorral, un pueblo ancestral envuelto en niebla perpetua y olvidado por el mundo. Criada por su abuela Elvira tras la misteriosa desaparición de sus padres, Alina pertenece a una familia marcada por un secreto ancestral: son las guardianas del equilibrio entre el mundo de los vivos y lo que habita en la oscuridad. Desde pequeña, Alina ha sentido que es diferente, y una noche ve desde su ventana una figura oscura que la observa. En lugar de miedo, siente una llamada profunda y un extraño reconocimiento.
Entonces, Elvira le revela la verdad que durante años le fue oculta: su linaje desciende de quienes sellaron un pacto ancestral para proteger al pueblo, un vínculo que une su sangre eternamente con las sombras. La madre de Alina también sintió esa misma llamada y eligió cruzar al otro lado, abandonando el mundo de los vivos. Ahora Alina debe enfrentar su propio destino: decidir si se queda como guardiana cumpliendo su deber.
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CApitulo 7: El despertar de las sombras I
Las horas siguientes transcurrieron entre preparativos y enseñanzas. Mi abuela me dio todo lo necesario para el viaje, objetos que habían pertenecido a generaciones anteriores y que tenían propiedades especiales: una pequeña piedra de color oscuro que siempre estaba fría al tacto y que servía para encontrar el camino cuando todo estuviera cubierto por la niebla; un frasco con un líquido plateado, extraído de la resina de árboles antiguos, que servía para repeler a las criaturas que habitaban en el bosque y que no eran amigables; y una daga pequeña, con la hoja de un metal negro y la empuñadura tallada con formas de sombras, que no servía para matar, sino para protegerse de las energías negativas y para marcar los caminos secretos.
Me explicó detalladamente cómo debía comportarme durante el trayecto: cómo debía escuchar las voces del bosque, cómo debía interpretar los movimientos de las sombras, cómo saber cuándo algo me llamaba para guiarme y cuándo algo intentaba confundirme. Me dijo que, en el mundo de la oscuridad, nada era lo que parecía a primera vista, que las apariencias podían engañar, pero que mi instinto, ese instinto que ahora se había despertado con fuerza, siempre me diría la verdad.
—Recuerda siempre esto, Alina —me dijo, mientras me ajustaba la capa oscura que cubría mi cuerpo—: Pertenecer a la oscuridad no significa hacer el mal, ni causar daño, ni disfrutar del sufrimiento. Significa comprender que la oscuridad es el refugio, el origen y el fin de todas las cosas. Significa saber que en la sombra hay sabiduría, paz y protección. Tu deber será proteger este equilibrio, ser el puente, la voz y la guardiana. Nunca olvides quién eres y por qué estás aquí.
Cuando cayó la noche, todo estaba listo. Salimos de la casa juntas, hasta el límite del jardín, justo donde empezaba el sendero que se adentraba en el bosque antiguo. La niebla estaba espesa esa noche, más que nunca, cubriendo todo con un manto blanco y húmedo que borraba los contornos de las cosas y hacía que el mundo pareciera reducirse a unos pocos metros a nuestro alrededor. El viento soplaba suavemente entre los árboles, produciendo ese sonido que parecía un susurro de mil voces hablando al mismo tiempo.
Mi abuela me abrazó con fuerza, un abrazo lleno de amor, de orgullo y de despedida.
—Ve, hija mía —me susurró al oído—. Sigue tu camino. Tu alma ya sabe el rumbo. Y recuerda… no estás sola nunca.
Me separé de ella y di el primer paso hacia el sendero. Al instante, sentí una presencia a mi alrededor, suave y protectora. El medallón sobre mi pecho se calentó ligeramente, como si me diera la bienvenida al camino. Al mirar hacia adelante, entre la niebla, vi que se abría un sendero claro, iluminado por esa luz plateada que ahora reconocía como la mía propia, una luz que solo yo podía ver.
Caminé durante horas, adentrándome cada vez más en el corazón del bosque. A medida que me alejaba de la casa y de Valdemorral, la vegetación se volvía más densa, los árboles más altos y antiguos, sus troncos enormes y retorcidos como columnas de un templo olvidado. La luz de la luna no lograba atravesar el techo de ramas y hojas que se cerraba sobre mí, pero yo no necesitaba luz externa; mis ojos veían perfectamente en la oscuridad, distinguiendo cada detalle, cada forma, cada movimiento.
A mi alrededor, la vida del bosque continuaba, pero ya no me parecía amenazante. Oía el canto de los búhos, el crujido de las ramas bajo el peso de pequeños animales, el fluir de algún arroyo oculto entre la vegetación. Y también oía otras cosas: susurros suaves que hablaban en un lenguaje antiguo que yo parecía comprender en lo más profundo de mi ser, risas bajas y amables, el sonido de pasos silenciosos que me seguían a poca distancia.
De vez en cuando, me detenía y miraba hacia los lados. Entre los troncos de los árboles, recortadas contra la niebla, veía las siluetas de esas entidades que antes me habían aterrorizado, esas formas altas y oscuras que ahora reconocía como mis compañeras y protectoras. No me acercaban, no me hablaban, solo me observaban con una especie de reverencia y afecto, asegurándose de que nada me hiciera daño. Y yo les devolvía la mirada con una sonrisa leve, sintiendo una conexión profunda con ellas, sabiendo que éramos parte de lo mismo, de ese todo que habita en la penumbra.
En cierto momento del camino, llegué a...
Siempre vemos la oscuridad como algo malo, pero realmente es como ver la vida de otra manera