Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Confesiones.
El comedor de la prisión de Blackstone volvió poco a poco a su ruido habitual, pero Valentino Rossi aún sentía las miradas sobre él.
Algunos presos lo observaban con curiosidad.
Otros con respeto.
Y algunos con evidente molestia.
Todo por una sola razón.
Estaba sentado frente a Salvatore Vitale.
El anciano comía con calma, como si nada hubiera ocurrido minutos antes.
Valentino todavía tenía el labio partido por el golpe que había recibido.
Se limpió la sangre con el dorso de la mano.
—Gracias —dijo finalmente.
Salvatore levantó la mirada.
Sus ojos grises parecían capaces de atravesar a cualquiera.
—Te dije que no lo hice por ti.
Valentino suspiró.
—Aun así me ayudó.
El anciano lo observó unos segundos más, como si estuviera evaluándolo.
Luego volvió a su comida.
—Eres nuevo —dijo.
—Sí.
—Se nota.
Valentino frunció el ceño.
—¿Por qué?
Salvatore soltó una pequeña sonrisa.
—Porque todavía crees que este lugar tiene reglas normales.
El ruido de los platos y las conversaciones llenaba el comedor.
Pero alrededor de la mesa de Salvatore había un pequeño espacio vacío.
Nadie se acercaba demasiado.
Valentino lo notó.
—Todos parecen tenerle respeto —comentó.
El anciano soltó una leve risa.
—Respeto… es una palabra bonita.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Aquí dentro la palabra correcta es miedo.
Valentino lo miró con curiosidad.
—¿Qué hizo para que le teman tanto?
Salvatore limpió sus manos con una servilleta.
—Sobrevivir.
La respuesta fue simple.
Pero había algo más detrás de ella.
Algo que Valentino todavía no comprendía.
El anciano lo observó nuevamente.
—Cuéntame algo, muchacho.
Valentino levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Mataste a ese hombre?
La pregunta fue directa.
Sin rodeos.
Valentino apretó los puños.
—No.
Salvatore lo miró fijamente.
El silencio se extendió durante unos segundos.
Luego asintió lentamente.
—Te creo.
Valentino levantó la vista, sorprendido.
—¿De verdad?
El anciano apoyó los codos sobre la mesa.
—He visto asesinos durante treinta años.
Sus ojos se clavaron en los de Valentino.
—Tú no tienes los ojos de uno.
Las palabras hicieron que Valentino sintiera algo extraño en el pecho.
Quizá alivio.
Quizá tristeza.
—Gracias —murmuró.
Salvatore tomó un sorbo de café.
—¿Qué pasó realmente?
Valentino dudó un momento.
Pero algo en la mirada del anciano lo hizo hablar.
Le contó todo.
El edificio.
Los dos hombres armados.
El disparo.
Las últimas palabras del hombre.
—Dijo algo antes de morir —añadió Valentino.
Salvatore levantó una ceja.
—¿Qué dijo?
Valentino dudó un momento.
—Los Pantera.
El efecto fue inmediato.
Por primera vez, el rostro del anciano cambió.
Muy poco.
Pero lo suficiente para que Valentino lo notara.
—¿Conoce ese nombre? —preguntó.
Salvatore permaneció en silencio unos segundos.
Luego negó con la cabeza.
—He escuchado muchas cosas en esta vida.
Pero su tono no sonaba convincente.
Valentino lo notó.
Pero decidió no insistir.
Cuando terminaron de comer, Salvatore se levantó lentamente.
A pesar de su edad, caminaba con seguridad, con energía.
—Ven conmigo —dijo.
Valentino dudó.
—¿A dónde?
—Si vas a sobrevivir aquí, hay algunas cosas que debes aprender.
Caminaron por uno de los pasillos del bloque.
Mientras avanzaban, varios presos apartaban la mirada o hacían un leve gesto de saludo hacia Salvatore.
Era evidente.
El anciano tenía poder.
Mucho poder.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Valentino.
—Treinta años.
Valentino abrió los ojos con sorpresa.
—¿Treinta?
—Y todavía me quedan treinta más.
El tono del anciano no mostraba emoción.
Como si ya hubiera aceptado su destino.
Llegaron a una pequeña área del patio donde algunos presos hacían ejercicio.
Salvatore se sentó en un banco de concreto.
Valentino hizo lo mismo.
Hubo un momento de silencio.
Luego el anciano habló.
—Hace muchos años tuve una hija muy hermosa, una bendición.
Valentino lo miró.
No esperaba una confesión.
—Era una niña buena, muy linda, inteligente y llena de sabiduría para su edad.
Sus ojos se suavizaron un poco.
—Tenía doce años cuando un hombre arruinó su vida.
Valentino sintió un escalofrío.
No necesitaba escuchar más para entender.
—Ese hombre tenía dinero —continuó Salvatore—. Poder.
La justicia nunca lo tocó.
El anciano bajó la mirada.
—Así que lo hice yo. Hice lo que tenía que hacer en ese momento. Liberé al mundo de una escoria.
Valentino guardó silencio.
—Lo maté.
La confesión salió tranquila.
Sin orgullo.
Sin arrepentimiento.
Solo como un hecho.
—¿Se arrepiente? —preguntó Valentino.
Salvatore lo miró.
—No. dijo el anciano sonando muy seguro.
Luego agregó en voz más baja:
—Pero mi hija nunca volvió a verme.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—Para ella… yo también me convertí en un monstruo.
Valentino no supo qué decir.
Después de unos segundos, Salvatore se levantó.
—Hay algo que debes entender, Valentino.
—¿Qué cosa?
El anciano lo miró fijamente.
—Blackstone tiene su propio mundo.
Señaló el patio.
—Aquí dentro hay líderes.
Bandas.
Alianzas.
Traiciones.
Y si no sabes moverte…
terminarás muerto.
Valentino tragó saliva.
—¿Y usted?
Salvatore sonrió levemente.
—Digamos que… yo soy quien mantiene el equilibrio.
Valentino lo miró con incredulidad.
—¿El jefe de la prisión?
El anciano se encogió de hombros.
—Algo así.
Entonces su expresión cambió.
Más seria.
Más intensa.
—Pero hay algo que debes saber.
Valentino sintió que la tensión volvía.
—¿Qué?
Salvatore se acercó un poco más.
—Si lo que dices es verdad…
hizo una pausa.
—si realmente escuchaste ese nombre antes de que el hombre muriera…
sus ojos se volvieron duros.
—entonces tu problema es mucho más grande que esta prisión. Este lugar será un paraíso en comparación a lo que te espera con ellos.
Valentino frunció el ceño.
—¿Por qué?
El anciano lo miró directamente.
Y por primera vez desde que lo conocía, su voz sonó grave.
—Porque nadie menciona a Los Pantera…
y sigue con vida por mucho tiempo.