El amor entra por el estómago y los ojos
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21
El local se convirtió en un campo de batalla en el instante en que el auricular tocó la base. Jazmín y Mirna se quedaron estáticas un segundo, procesando la sentencia de muerte (o de gloria) que acababan de recibir: veinte minutos. Veinte minutos para transformar sus fachadas de reposteras estresadas en algo digno de una mansión de lujo.
—¡Jazmín, muévete! ¡Veinte minutos! —gritó Mirna, rompiendo el hechizo—. ¡Tú empaca como si tu vida dependiera de ello y yo voy a intentar que mi cara no parezca un mapa de harina!
El caos fue absoluto. Jazmín corría por la cocina con la precisión de un cirujano bajo fuego. Colocaba los bizcochos de frambuesa en cajas con separadores de seda, asegurándose de que ni una sola migaja arruinara la estética. Sus manos temblaban mientras ataba los listones rosas; el recuerdo de los ojos azules de Sergei y la voz de "línea erótica" de Igor se repetían en su cabeza como un mantra perturbador.
—¡Mi pelo! ¡Jazmín, mi pelo huele a grasa de freidora! —chillaba Mirna desde el baño pequeño, vaciándose medio frasco de perfume sobre la blusa—. ¡Si ese hombre se me acerca, va a pensar que soy una dona glaseada!
—¡Peor sería que pensara que no te bañas! —le gritó Jazmín de vuelta, mientras metía los macarrones en estuches rígidos—. ¡Mirna, bájale al perfume, vas a intoxicar a los guardaespaldas!
A los quince minutos, el inventario estaba listo: tres cajas grandes, una tarta protegida y el preciado cargamento de besos de cereza. Jazmín se quitó el delantal, se sacudió la harina de los pantalones y trató de domar su cabello en una coleta rápida. Se miró al espejo: estaba pálida, con los ojos enormes por los nervios, pero no había tiempo para más. Mirna salió del baño luciendo como si hubiera pasado por un túnel de lavado de alta gama; se había retocado el labial rojo y sus ojos brillaban con una determinación casi predatoria.
—¿Lista para conocer la boca del lobo? —preguntó Mirna, ajustándose la chaqueta.
—Lista para que no se nos caiga la tarta, que es distinto —respondió Jazmín, aunque su estómago daba vueltas.
Justo en el minuto veinte, el sonido de neumáticos derrapando sobre el pavimento anunció la llegada. No fue un coche discreto. Una camioneta blindada, negra y brillante como el carbón, se estacionó justo frente a la puerta, bloqueando el paso de cualquier otro vehículo.
La puerta del copiloto se abrió y bajó él. Igor.
Llevaba un traje oscuro que parecía costar más que toda la cafetería, y sus inseparables gafas de sol ocultaban su mirada, pero su sonrisa... esa sonrisa sexy de quien sabe exactamente cuánto poder tiene sobre el género femenino, estaba allí. Caminó hacia la entrada con una elegancia que hacía que el asfalto pareciera una alfombra roja.
Entró en el local y el aire pareció succionarse hacia sus pulmones.
—Puntuales. Me gusta —dijo Igor, y su voz en persona era diez veces más profunda y peligrosa que por teléfono—. ¿Tienen todo, señoritas?
Mirna dio un paso al frente, recuperando su orgullo de dueña, aunque por dentro sus rodillas estaban a punto de colapsar.
—Todo listo, caballero. Pero le advierto que mi repostera es delicada con su mercancía, así que espero que su conducción sea mejor que su puntería.
Igor soltó una carcajada ronca, quitándose las gafas por un segundo para clavar sus ojos en Mirna. El impacto fue casi físico.
—No se preocupe, preciosa. Yo siempre cuido lo que me interesa. Neón, ayuda a las señoritas con las cajas.
Neón apareció de la nada, cargando las cajas con la facilidad de quien lleva plumas. Igor extendió un brazo, indicándoles el camino hacia la camioneta. Jazmín caminó hacia el vehículo sintiendo que cruzaba un portal sin retorno. Al subir, el aroma a cuero nuevo y a Sergei la envolvió de inmediato.
—¿El Pakhan nos espera? —preguntó Igor por la radio mientras arrancaba el motor.
—Está en el jardín con la pequeña —respondió una voz desde el otro lado—. Todo despejado.
Jazmín miró por la ventana, viendo cómo su pequeña cafetería se alejaba. El viaje hacia la mansión Románov había comenzado, y con él, el fin de su vida tal como la conocía.