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La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

La Número 11 Del CEO: Nunca Fue Solo Un Contrato.

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Época / Completas
Popularitas:7.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Diris Basto

Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.

NovelToon tiene autorización de Diris Basto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Recuerdos que en el café

El celular de Camilo iluminaba el interior de su bolsillo.

La música era tan fuerte y el ambiente tan animado que no se había percatado de las llamadas. Reía mientras jugaba billar con sus amigos cuando uno de ellos le señaló el bolsillo.

—Oye… creo que te están llamando.

Camilo sacó el móvil y miró la pantalla.

Siete llamadas perdidas.

Dos de su madre.

Las demás… de Sergio.

Frunció el ceño.

Salió del salón y se dirigió al baño. Allí el ruido era menor. Apoyó la espalda contra la pared y devolvió la llamada.

—¿Aló?

—respondió Sergio de inmediato—. Oye, llevo rato llamándote. No me contestas ni que fueras una de tus exnovias.

Camilo soltó una leve risa.

—¿Estás bien, amigo? No entiendo por qué llamas con tanta insistencia.

—No te preocupes, no es nada grave. Solo quería avisarte que los inversionistas extranjeros adelantaron su viaje. Nos pidieron mover la reunión.

Camilo se enderezó.

—¿Y qué les dijiste? No me digas que la cancelaste.

—Al contrario —respondió Sergio—. Su vuelo sale a las nueve de la mañana, así que adelanté la reunión para las seis y media.

Camilo guardó silencio unos segundos.

—Caramba… esa reunión estaba planeada para las dos de la tarde…

—Lo sé. Pero ya está todo listo. No será en la fábrica. Los invité a desayunar en el chalet de Guillermo Pérez. Ya hablé con él y estuvo de acuerdo. Reservé la mesa del balcón número seis. Pedí reunión cerrada.

Camilo asintió, aunque Sergio no podía verlo.

—Hiciste bien, amigo. Te lo agradezco. Me voy de inmediato a casa… necesito estar sobrio para mañana.

Sergio soltó una pequeña risa.

—Eso mismo pensaba. Te necesito despierto y lúcido.

Hubo un breve silencio.

—Amigo… ¿Ya le dijiste a tu padre sobre nuestra sociedad?

Camilo suspiró.

—No… aún no.

—Camilo…

—Lo sé, lo sé. Perdón. He estado mucho fuera de casa… apenas voy a dormir algunas horas. Pero mañana se lo diré. Además, tú recomendaste a los inversionistas. Si todo sale bien… será una gran sorpresa para mi padre.

Sergio guardó silencio un momento.

—Tengo algo más que contarte… pero te lo diré mañana. Después de la reunión.

Camilo frunció el ceño.

—Oye, espera… ¿Por qué no me lo dices ahora?

—No… prefiero decírtelo en persona.

—Sergio…

—Quédate con la curiosidad —respondió él riendo—. Duerme bien. Hasta mañana.

La llamada terminó.

Camilo bajó lentamente el teléfono.

—Este Sergio… ahora me deja más preocupado —murmuró—. Lo hizo a propósito. Sabe que la intriga no me dejará dormir.

Miró la hora.

—Debo irme.

Regresó al salón de billar solo para despedirse. Algunos insistieron en que se quedara, pero él se limitó a sonreír y negar con la cabeza.

Se retiró sin dar explicaciones. Ese era su estilo.

Bajó en el ascensor y afuera ya lo esperaba su chofer.

El trayecto a casa fue silencioso.

Al llegar, la empleada lo recibió en la puerta.

—Buenas noches, señor.

—Buenas noches.

—¿Desea que le sirva algo de comer?

Camilo negó.

—No, gracias. ¿Dónde están mis padres?

—Ya están en su habitación, señor.

Camilo asintió.

—No los molestaré. Por favor, tráeme algo para la resaca a mi habitación… y uno de esos tés que toma mi madre para dormir bien. Tengo que madrugar.

—Sí, señor. Enseguida.

La empleada se dirigió a la cocina mientras Camilo subía las escaleras en silencio. Caminó con cuidado para no hacer ruido y entró a su habitación.

En la habitación principal:

Guillermo y Laura estaban sentados en la cama.

Laura leía un libro sobre tés tradicionales mientras Guillermo intentaba descifrar la letra pequeña de un frasco de pastillas.

—¿Te ayudo, cariño? —preguntó Laura—. ¿Qué buscas en la etiqueta?

—Estas pastillas llevan rato en la mesa de noche. Creo que están vencidas.

—A ver… déjame ver.

Laura tomó el frasco.

Guillermo la miró en silencio.

—Cariño…

—¿Sí?

—¿Recuerdas cuando nos conocimos?

Laura sonrió.

—Claro… ¿cómo olvidarlo? Te estabas muriendo de hambre —bromeó ella.

—¿En serio eso es lo que recuerdas? No te culpo… debía parecer uno de esos indigentes de la calle.

Laura negó con la cabeza.

—No. Solo bromeaba. Eso no fue lo que vi en ti.

Sus miradas se cruzaron.

Y los recuerdos regresaron.

La cafetería estaba llena.

Laura, una joven de cabello castaño y ojos claros, bebía un capuchino mientras una pila de libros descansaba frente a ella. Su rostro mostraba cansancio. Los parciales de la universidad la tenían al límite.

Un joven entró al lugar. Miraba alrededor buscando dónde sentarse.

Finalmente, se acercó a su mesa.

—Disculpa… ¿este lugar está ocupado?

Laura levantó la mirada.

—No.

Notó la carpeta en sus manos.

Pensó que también era estudiante.

—Puedes sentarte —dijo—. Y dime… ¿Qué carrera estudias? ¿En qué semestre vas?

—Administración de empresas… sexto semestre… aunque… ahora mismo no estoy estudiando. Suspendí el semestre.

Laura se llevó la mano a la boca.

—Oh… perdón. Tengo la costumbre de preguntar demasiado. Espero no haberte ofendido.

El joven bajó la cabeza con timidez.

—No… no pasa nada.

—Empecemos de nuevo —dijo ella sonriendo—. Mi nombre es Laura López. Estudio diseño de modas. Voy en tercer semestre… y quiero renunciar.

El joven levantó la mirada.

—Guillermo. Guillermo Casadiego. Mucho gusto… pero ¿por qué quiere renunciar?

En ese momento llegó el mesero.

—¿Qué va a pedir, joven?

—Un café… por ahora.

—Está bien.

El mesero se retiró.

Laura suspiró.

—Estoy muy mal en la clase de medidas. No entiendo nada. Mira esto… dice que del punto A bajes dos pulgadas hasta el punto B… luego hasta el punto K… me abruma.

Guillermo tomó el libro.

—Está sencillo. En las páginas anteriores están las instrucciones para cada punto.

Laura abrió los ojos.

—¿En serio puedes entenderlo?

—Sí.

El mesero regresó.

—¿Ya sabe qué va a pedir, señorita?

—Sí. Tráigame una hamburguesa especial de pollo.

—Muy bien. ¿Y el joven?

Guillermo dudó.

—Solo el café…

Laura intervino:

—Tráigale una hamburguesa también.

Guillermo metió la mano en su bolsillo.

Ahora sí se acabaría su dinero.

—Yo invito —dijo Laura—. Pero a cambio me ayudas con esto. ¿Te parece?

Guillermo sonrió por primera vez en días.

—Me parece un trato justo.

Y por primera vez desde la muerte de su padre… sintió un poco de esperanza.

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