Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 4: La Madriguera
El callejón olía a orina, a basura podrida y a ese olor dulzón de la descomposición que Jessica conocía demasiado bien. Kaeil seguía apoyado contra la pared, jadeando, con la camiseta empapada en sudor y sangre —la suya, por fin se había dado cuenta, de un corte en la ceja que no sabía cuándo se había hecho—.
—Treinta segundos —repitió Jessica, pero no le quitaba ojo a las bocas del callejón. La pistola seguía en su mano, firme, lista—. Luego nos movemos.
—¿Adónde? —la voz de Kaeil era un hilillo ronco. Parecía a punto de desmayarse.
—A un sitio seguro. Tengo un par de opciones.
—¿La policía? Podríamos...
—No. —Jessica lo cortó sin miramientos—. La policía en esta ciudad es como una extensión del gobierno. Si ellos nos buscan, los polis ya tienen nuestra descripción. Además, el loft debe estar ardiendo ahora mismo. Habrá periodistas, bomberos, todo el circo. Nosotros no existimos.
Kaeil asintió débilmente. Se pasó la mano por la ceja y la miró manchada de sangre, como si no entendiera muy bien qué era eso.
—¿Estás bien? —preguntó Jessica. No era preocupación exactamente. Era evaluación táctica. Necesitaba saber si su activo podía seguir moviéndose.
—Sí... sí, creo. Solo un corte.
—Enséñamelo.
Kaeil se apartó el pelo de la frente y ella se acercó para examinar la herida. La luz de la farola era escasa, pero suficiente. Un tajo limpio, profundo pero no peligroso. Probablemente de un cristal al saltar.
—Necesita puntos, pero no tenemos tiempo para hospitales. Aguanta.
Sacó un pañuelo del bolsillo del vestido —Kaeil se preguntó cómo podía llevar tantas cosas en esa prenda tan ajustada— y se lo presionó contra la ceja.
—Sujeta. Fuerte.
Kaeil obedeció, haciendo una mueca de dolor. El pañuelo se empapó rápidamente de sangre.
—Vamos —dijo ella, levantándolo con un tirón—. Podrás quejarte cuando estemos a salvo.
Salieron del callejón con cautela. La calle estaba desierta, solo algún coche pasando de largo. Jessica conocía bien esa zona: almacenes, talleres mecánicos, naves industriales reconvertidas en estudios de artistas. El tipo de lugar donde la gente no hace preguntas y las cámaras de seguridad son escasas.
Caminaron pegados a las paredes, ella siempre medio paso por delante, la pistola oculta bajo el pliegue del vestido pero lista para salir. Kaeil la seguía como un perro herido, la mano en la ceja, la otra apretando la mochila contra el pecho. La mochila con las copias. Con la verdad.
—¿Adónde vamos? —preguntó al cabo de unas calles.
—A un sitio que usaba cuando trabajaba para la gente de Mason. Refugios seguros. Hay varios repartidos por la ciudad. Este es el más cercano.
—¿Y no los conocerán ellos? Si trabajabas para...
—No. Estos los pagué yo. Por si las moscas. Un soldado previsor vale por dos.
Kaeil guardó silencio. La admiración en su mirada era casi palpable, aunque Jessica no se volvió para verla.
Llegaron a una nave industrial de fachada oxidada, con un cartel descolorido que anunciaba algo de fontanería. Jessica sacó un llavero del clutch —ese clutch que parecía un abismo sin fondo— y abrió una puerta lateral que rechinó como si llevara décadas sin usarse.
—Adentro. Rápido.
El interior era oscuro y olía a humedad y a polvo. Kaeil apenas podía distinguir bultos, sombras más densas en la negrura. Luego Jessica accionó un interruptor y una luz tenue reveló un espacio sorprendentemente habitable. Había un sofá viejo, una mesa, una cocina pequeña, y al fondo lo que parecía una cama. Estanterías con latas de conserva, botellas de agua, y en una esquina, un generador.
—Bienvenido a mi casa de vacaciones —dijo Jessica con ironía—. No es el Ritz, pero tiene lo esencial. Agua corriente, electricidad si arrancamos el generador, y nadie sabe que existe.
Kaeil se dejó caer en el sofá, soltando un gemido de alivio y dolor. La sangre había dejado de manar, pero el pañuelo estaba hecho un desastre.
Jessica se movió con eficiencia: encendió un calentador de agua, sacó un botiquín de primeros auxilios de un armario, y se sentó a su lado en el brazo del sofá.
—Quita eso.
Kaeil se apartó el pañuelo y ella examinó la herida con manos firmes. Sacó alcohol, gasas, aguja e hilo de sutura.
—Esto va a doler —avisó.
—Espera, ¿vas a coserme tú? —Kaeil se incorporó, alarmado—. ¿Sabes hacer eso?
—He cosido heridas más feas que esta en lugares mucho peores. Y sin anestesia. Así que quéjate si quieres, pero no te muevas.
Kaeil contuvo el aliento cuando la aguja perforó su piel. Dolió, claro que dolió, pero menos de lo que esperaba. Jessica trabajaba con una precisión quirúrgica, sus dedos firmes y seguros, el rostro concentrado.
—¿Dónde aprendiste? —preguntó él para distraerse del dolor.
—En el ejército. Te enseñan de todo. A matar, a curar, a sobrevivir. A veces en ese orden.
—¿Y te gustaba?
—¿Matar? —Jessica levantó una ceja sin dejar de coser—. Nadie sensato disfruta matando. Pero es útil. Necesario, a veces.
—No me refería a eso. Me refería a... tu trabajo. Antes de todo.
Jessica guardó silencio un momento. Dio el último punto, cortó el hilo con los dientes y aplicó un antiséptico que hizo que Kaeil siseara de dolor.
—Era lo único que sabía hacer —dijo al fin—. Crecí en un pueblo pequeño, de esos donde las oportunidades son escasas. Mi padre trabajaba en una fábrica, mi madre limpiaba casas. El ejército era mi billete de salida. Y al principio... al principio me gustaba. La disciplina, el compañerismo, la sensación de formar parte de algo más grande. Luego llegó Siria, y luego Fénix, y luego... bueno. Ya sabes.
Kaeil la miró mientras guardaba el material en el botiquín. La luz tenue suavizaba sus rasgos, pero no podía ocultar la dureza de su mandíbula, la tensión en sus hombros.
—Lo siento —dijo él.
—¿Por qué lo sientes? No fue culpa tuya.
—Por lo que te hicieron. Por usarte así.
Jessica se encogió de hombros, pero el gesto no fue natural. Fue demasiado brusco, demasiado forzado.
—Es lo que hacen. Te usan, te exprimen, y cuando ya no sirves, te tiran. Aprendí la lección.
—Pero ahora sabes la verdad. Eso cambia las cosas, ¿no?
Ella se volvió hacia él, y por un momento Kaeil vio algo peligroso en sus ojos.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué vaya a por el senador? ¿Que mate a un hombre y pase el resto de mi vida en la cárcel o perseguida? Eso no me devolverá a mi equipo. No borrará lo que pasó.
—No, pero podría evitar que vuelva a pasar. Podrías pararlo.
—¿Pararlo? —Jessica soltó una risa amarga—. ¿Conoces Washington? ¿Sabes cómo funciona esto? Un tipo como ese tiene más poder del que puedas imaginar. Tiene contactos, dinero, ejércitos de abogados y asesores. Y yo solo soy una exsoldado con una pistola y un pasado sucio.
—No estás sola —dijo Kaeil en voz baja.
Ella lo miró, y esta vez no había dureza en sus ojos. Solo cansancio. Un cansancio inmenso, de años.
—Tú no entiendes —murmuró.
—Entiendo más de lo que crees. Mi padre también trabajó para el gobierno. Era ingeniero en un proyecto de defensa. Un día descubrió que estaban usando su trabajo para fabricar armas que violaban tratados internacionales. Denunció. ¿Sabes qué pasó?
Jessica negó con la cabeza.
—Lo declararon no apto para el servicio. Problemas psicológicos, dijeron. Le quitaron la pensión, la casa, todo. Mi madre lo dejó. Yo tenía doce años. Pasamos un año en la calle, durmiendo en albergues, hasta que un tío lejano nos acogió. Mi padre murió tres años después. Atropellado por un coche que nunca encontraron.
El silencio se instaló entre ellos, denso como el humo.
—Siento lo de tu padre —dijo Jessica al fin.
—No fue culpa tuya.
—Ya. Tampoco fue culpa tuya.
Kaeil sonrió débilmente. La sonrisa le tiró del punto de sutura y volvió a hacer una mueca.
—¿Crees que sobreviviremos a esto? —preguntó.
—Sobrevivir es fácil —respondió Jessica—. Lo difícil es vivir después.
Se levantó del brazo del sofá y fue hacia la cocina. Abrió un par de latas de conserva —sopa de tomate y judías verdes— y las puso a calentar en un fogón portátil.
—Come —dijo, sirviendo un plato humeante y poniéndolo frente a él—. Necesitas fuerzas.
—¿Y tú?
—Comeré luego.
Kaeil la observó mientras ella se apoyaba contra la encimera, con los brazos cruzados, la mirada perdida en algún punto de la pared. Por primera vez desde que la conocía, la vio vulnerable. No era una máquina de matar. Era una mujer rota, cargando con un peso que no merecía.
—Puedo ayudarte —dijo él—. Con lo del senador. Tengo los archivos. Conozco sus movimientos, sus contactos, sus cuentas offshore. Podemos destruirlo sin disparar un solo tiro.
Jessica lo miró, y esta vez sí, esta vez había algo de esperanza en sus ojos. Pero también miedo.
—¿Y si no funciona?
—Entonces probamos otra cosa. Pero no podemos quedarnos quietos. Si algo aprendí de mi padre es que el silencio mata. No física-mente, pero mata. Mata el alma.
Jessica se quedó callada. Luego, lentamente, asintió.
—Veremos. Primero sobrevivamos a esta noche.
El sonido llegó de repente. Un golpe metálico, lejano pero inconfundible. Alguien había movido algo en el exterior.
Jessica se puso tensa como un cable. La pistola apareció en su mano con la misma naturalidad con que otros encienden un interruptor.
—Quieto —susurró—. No te muevas.
Apagó la luz de un manotazo y la oscuridad los engulló. Kaeil contuvo la respiración, oyendo solo los latidos de su propio corazón, que parecían redobles de tambor.
Otro golpe. Más cerca. Y luego voces. Hombres. Dos, quizás tres.
—Han dado con nosotros —susurró Kaeil, aterrado.
—No. Si supieran que estamos aquí, no harían ruido. Están peinando la zona. Buscando.
—¿Qué hacemos?
Jessica se acercó a él en la oscuridad. Su voz fue un hilo casi imperceptible.
—Tú te quedas aquí. Pase lo que pase, no te muevas y no hagas ruido. Yo salgo a ver.
—¿Sola? ¿Y si son muchos?
—Entonces será su problema.
Antes de que Kaeil pudiera responder, sintió un roce en la mejilla. La mano de Jessica. Un gesto increíblemente tierno para una mujer que acababa de coserle la ceja sin anestesia.
—Vuelve —susurró él sin saber por qué lo decía.
Ella no respondió. Solo se deslizó hacia la puerta con la suavidad de una sombra y desapareció.
Kaeil se quedó solo en la oscuridad, escuchando su propio corazón y los ruidos del exterior. El plato de sopa se enfriaba en la mesa, olvidado.
El tiempo se estiró como un chicle. Minutos que fueron horas. Cada crujido, cada golpe lejano, le hacía encogerse. Pensó en los archivos, en Mateo Vásquez, en el senador con su sonrisa de político. Pensó en Jessica, en sus ojos verdes, en la dureza de sus manos y la ternura inesperada de su roce.
Y entonces, un disparo.
Solo uno. Seco, definitivo.
Kaeil se quedó helado. El silencio que siguió fue peor que cualquier ruido.
Pasaron más minutos. Una eternidad. Y luego la puerta se abrió y Jessica apareció, recortada contra la tenue luz de la calle.
—Ya puedes encender —dijo, y su voz sonaba normal. Demasiado normal.
Kaeil encendió la luz y la vio. Estaba manchada de sangre. No mucha, pero la suficiente para que el corazón se le parara.
—¿Estás herida?
—No es mía —respondió ella, y fue a la cocina a lavarse las manos—. Eran tres. Dos se han ido al otro lado de la calle. El que se quedó ya no molesta.
—¿Los... mataste?
—Solo al que nos encontró. Los otros ni se enteraron. Pero tenemos que irnos. Si no vuelven con su equipo, enviarán a más. Y esta vez vendrán preparados.
Kaeil se levantó, las piernas temblorosas.
—¿Adónde iremos ahora?
Jessica se secó las manos con un trapo y lo miró. En sus ojos ya no había cansancio. Había determinación. Llamas.
—A por ellos —dijo—. Pero primero, a buscar un lugar donde puedas enseñarme esos archivos. Quiero ver la cara del hijo de puta que destrozó mi vida.
Kaeil sintió un escalofrío que no era de miedo. Era otra cosa. Algo que no se atrevía a nombrar.
—De acuerdo —dijo—. Vamos.
Recogieron lo esencial —agua, comida, el botiquín— y salieron a la noche. Detrás quedaba el cuerpo del hombre, la nave oscura, la sopa fría. Delante, solo sombras y la promesa de una guerra que apenas empezaba.
Mientras caminaban pegados a las paredes, Kaeil sintió la mano de Jessica en la suya. Un instante apenas. Un roce. Pero suficiente para saber que no estaba solo.
Y eso, pensó, quizás era lo único que importaba.