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LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Amor-odio / Malentendidos / Completas
Popularitas:966
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 6

El Palacio de Justicia era un edificio gris y colosal que parecía diseñado para hacer que cualquiera que entrara en él se sintiera insignificante. Para mí, sin embargo, era el patíbulo. Me bajaron de la furgoneta celular rodeada de fotógrafos que gritaban mi nombre como si fuera un insulto. El flash de las cámaras me cegaba, un recordatorio metálico de que mi rostro ahora pertenecía a la crónica roja de los periódicos.

—Camine rápido, señorita. No dé declaraciones —me siseó el abogado Valerius, tomándome del brazo con una fuerza que no era protectora, sino controladora.

Entramos en la sala 4B. El aire olía a papel viejo, cera para madera y la ansiedad rancia de quienes esperan una sentencia. En la primera fila, sentados con una rectitud monárquica, estaban mis padres. Arturo no me miró; sus ojos estaban fijos en el estrado del juez, como si estuviera calculando el valor neto del hombre que iba a decidir mi futuro. Beatriz sostenía un rosario de plata, pero sus ojos estaban secos, vigilantes.

Isabella no estaba. "Demasiado afectada por la tragedia", había dicho la prensa. Yo sabía la verdad: estaba en un spa, preparándose para la gala de compromiso que se celebraría esa misma semana.

El teatro de la justicia

El fiscal comenzó su exposición con una agresividad que me sorprendió. Se suponía, según mi padre, que todo estaba "arreglado". Pero el fiscal hablaba de "desprecio por la vida humana", de "una joven privilegiada que creía que las calles eran su pista de carreras".

—Llamamos al estrado al primer testigo —anunció el fiscal—. El oficial de seguridad que llegó a la escena, el señor Méndez.

El hombre que me había visto aquella noche, el que había escuchado los gritos histéricos de Isabella, se sentó en el banquillo. Juró decir la verdad con una mano temblorosa.

—Señor Méndez —dijo el fiscal—, ¿qué vio usted cuando llegó al lugar del accidente?

Méndez me miró por un segundo. Vi miedo en sus ojos. Un miedo que solo el dinero o las amenazas de alguien como Arturo De la Vega pueden infundir.

—Vi el coche destrozado. Y vi a la señorita aquí presente, Marina De la Vega, fuera del vehículo. Estaba... estaba muy agresiva. Decía que no era su culpa, que la chica se había cruzado. Su hermana, la señorita Isabella, estaba en el asiento del copiloto, llorando, rogándole que se calmara.

—¿Está usted seguro de quién ocupaba cada asiento?

—Completamente —dijo el hombre, bajando la cabeza—. La señorita Marina estaba en el lado del conductor cuando intenté ayudarla a salir. Ella me empujó y dijo que sabía quién era su padre, que no la tocara.

Mentira. Una mentira perfecta y ensayada. Yo nunca lo empujé. Yo estaba en el suelo, llorando por Lucía. Pero la palabra de un guardia de seguridad "ejemplar" pesaba más que la de una acusada.

La estocada de la sangre

El desfile de testigos continuó como una pesadilla coreografiada. Apareció un perito que presentó un informe sobre la velocidad del vehículo. Según él, el deportivo iba a 140 kilómetros por hora, y no había rastros de frenado.

—La conductora no intentó evitar el impacto —sentenció el perito—. Fue un acto de negligencia absoluta.

Entonces, Valerius, mi propio abogado, se levantó. Yo esperaba que presentara pruebas de la niebla, del fallo mecánico que Arturo prometió inventar. Pero en lugar de eso, Valerius miró al juez con una expresión de resignada tristeza.

—Su señoría, mi cliente admite su culpabilidad. No queremos dilatar este doloroso proceso para la familia de la víctima. Solo pedimos clemencia debido a su inexperiencia y al choque emocional que ha sufrido.

Me quedé sin aliento. Me volví hacia mi padre, buscando una explicación. Él seguía mirando al frente, impasible. Me di cuenta de que Valerius no estaba allí para defenderme a mí; estaba allí para asegurar que el caso se cerrara lo más rápido posible, sin que nadie hiciera preguntas incómodas sobre Isabella o sobre el alcohol.

—Llamamos al último testigo de la fiscalía —dijo una voz que cortó el aire como una navaja—. El señor Julián Torres.

Un hombre joven, de unos veinticinco años, se levantó de los bancos traseros. Vestía un traje negro que le quedaba un poco grande, probablemente el único que tenía. Tenía el rostro demacrado y los ojos inyectados en sangre. Era el hermano de Lucía.

Caminó hacia el estrado con una dignidad que hacía que todos los diamantes de mi madre parecieran bisutería barata. Cuando pasó por mi lado, sentí un frío abrasador. No me miró con odio, sino con una justicia implacable que me dio más miedo que cualquier condena.

—Señor Torres —dijo el fiscal con un tono inusualmente suave—, ¿qué tiene que decir sobre la pérdida de su hermana?

Julián apretó los puños sobre el barandal.

—Lucía era todo lo que yo tenía —empezó su voz, profunda y cargada de un dolor que llenó la sala—. Ella volvía de su turno en la panadería para ayudarme con los gastos de la universidad. Era una niña llena de luz. Y esta mujer... —me señaló con un dedo que no temblaba— ...la apagó como si fuera una colilla de cigarrillo. No solo la mató; la dejó allí tirada como un animal. No me importa cuánto dinero tenga su apellido. Solo pido que la ley sea ciega ante su fortuna, porque mi hermana ya no puede ver el sol.

Un murmullo recorrió la sala. Vi a Beatriz removerse incómoda en su asiento. Arturo, por primera vez, frunció el ceño. Julián no era parte del plan; su dolor era real y estaba conmoviendo al jurado de una forma que el dinero no podía contrarrestar.

Julián me miró fijamente entonces. En sus ojos vi el reflejo de la persona que él creía que yo era: una niña rica, mimada y asesina. Y lo peor de todo es que yo no podía decirle la verdad. No podía decirle: "Tu hermana murió por culpa de una rubia ebria que ahora se ríe de nosotros". Mi silencio era mi sentencia.

La traición consumada

El juez pidió un receso antes de dictar la sentencia. Valerius me llevó a una pequeña habitación lateral.

—¿Qué estás haciendo? —le grité en cuanto se cerró la puerta—. ¡Dijiste que alegarías fallos mecánicos! ¡Ese guardia mintió! ¡Mi padre me prometió...!

—Tu padre te prometió que saldrías pronto, Marina —me interrumpió Valerius, limpiando sus gafas con un pañuelo de seda—. Y para eso, primero tienes que ser condenada. Si luchamos el caso y perdemos, la pena será máxima. Si aceptamos la culpa y mostramos arrepentimiento, el juez será indulgente. Confía en el proceso.

—¡Estás dejándome sola!

—Estoy salvando el nombre De la Vega —respondió él con una sonrisa gélida—. Ahora, vuelve allí y mantén la boca cerrada. Es lo mejor para todos.

Regresamos a la sala. El juez retomó su lugar. El silencio era tan denso que podía oír el tic-tac del reloj de pared, marcando los últimos segundos de mi vida como Marina, la hija recuperada.

—En vista de la confesión de la acusada y de las pruebas periciales presentadas —comenzó el juez—, este tribunal encuentra a Marina De la Vega culpable de homicidio imprudencial con el agravante de omisión de socorro.

Mi corazón se detuvo. Omisión de socorro. Isabella era la que no quería llamar a la ambulancia. Yo había intentado ayudar.

—Se le condena a una pena de cinco años de prisión efectiva en el centro penitenciario de mujeres de la capital. Se ordena su ingreso inmediato.

—¿Cinco años? —el grito escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo. Me volví hacia Arturo—. ¡Papá! ¡Dijiste seis meses! ¡Dijiste que me sacarías!

Arturo finalmente me miró. Pero no vi amor, ni arrepentimiento, ni siquiera lástima. Vi alivio. El alivio de un hombre que acaba de enterrar un problema bajo cinco años de cemento y rejas.

—Hiciste lo correcto por la familia, Marina —susurró él mientras los oficiales de policía se acercaban para ponerme las esposas—. Estarás bien. El dinero te llegará.

—¡Mentiroso! —le grité mientras me arrastraban—. ¡Me habéis vendido! ¡Isabella! ¡Isabella fue la que la mató!

Pero mi voz ya no importaba. El estruendo de los flashes y el murmullo de la gente ahogaron mis palabras. Beatriz se cubrió la cara con un pañuelo, fingiendo un llanto que no sentía, mientras Arturo la escoltaba hacia la salida, lejos del escándalo, hacia su vida perfecta.

Antes de salir de la sala, mis ojos se cruzaron por última vez con los de Julián Torres. Él estaba allí, de pie, viendo cómo se llevaban a la asesina de su hermana. En ese momento, juré que si alguna vez salía de ese infierno, no descansaría hasta que él supiera la verdad. No para pedir su perdón, que sabía imposible, sino para que su odio encontrara el objetivo correcto.

El cierre de la puerta

Me sacaron por la puerta trasera, directamente a un furgón blindado. El metal de las esposas me quemaba las muñecas. Mientras el vehículo se alejaba del Palacio de Justicia, vi por la ventanilla empañada un cartel publicitario gigante. Era Isabella. Estaba anunciando una marca de joyas, sonriendo con una pureza virginal, bajo el lema: "La belleza es eterna".

Sentí un sabor amargo en la boca. No era el sabor del miedo, sino el de la bilis y el odio. Mi padre me había sacrificado como a un peón. Mi madre me había mirado como a una extraña. Y mi hermana... mi hermana estaba celebrando su libertad sobre mi tumba.

Había entrado en la mansión De la Vega buscando un hogar y salía de ella con un número de presa y un corazón que empezaba a petrificarse. Cinco años. Cinco años de mi juventud entregados a cambio de una mentira.

—Bienvenida al sistema, niña rica —dijo uno de los guardias del furgón, dándome un empujón con la porra—. Espero que te guste el color naranja, porque va a ser tu nueva piel.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra el metal frío del furgón. En la oscuridad de mis párpados, empecé a tachar nombres. Arturo. Beatriz. Federico. E Isabella... sobre todo Isabella.

El juicio exprés había terminado. El mundo creía que la justicia se había cumplido. Pero lo que realmente había sucedido era el nacimiento de algo que ninguno de ellos podía prever. Marina De la Vega, la chica ingenua y hambrienta de afecto, acababa de morir en esa sala 4B.

La mujer que saldría de la cárcel cinco años después no buscaría amor. Buscaría equilibrio. Y en su balanza, la sangre de los De la Vega pesaría más que todo el oro del mundo.

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Hope Mag Vasquez
Wuaoooo!!!! hasta cuándo el tablero va a dejar de moverse /Frown//Frown/
Hope Mag Vasquez
Unas joyitas los de la Vegas..... se hicieron millonarios sobre bases de algodón
Hope Mag Vasquez
Quien sabe... a lo mejor sigue siendo estúpida.....
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Muy bonita la novela, muchas felicidades escritora y gracias por compartirla 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Wow mas mentiras, quien es realmente el padre del niño, y que pasara con Julian y Marina?
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay tantos secretos entre todos que ya me late que son todos unos desgraciados infelices peleando como buitres
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Cuantas cosas ocultas mas tendrán que salir a la luz, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay cuantas cosas mas saldrán a la luz 😭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Chuta, de quien eres hija Marina? 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Esta muy buena e intrigante 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
No entiendo porque Sebastian es su nieto, si Federico es el esposo de Isabella, pero el niño es con otra mujer 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Ese hijo a de ser la recluta que escribía cartas que nunca se enviaron 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Viejo desgraciado se a de están quemando en el infierno, nunca quisieron a nadie, ya que la vieja sabía todo igual 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Al fin estas haciendo justicia, por ti, por Lucía y todos los que han sido estafados 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que pasara ahora, se mataran, oh Julian intervendra
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Trabajando juntos lo lograron, falta la zorra de Usabelja y su madre 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que desgraciado este viejo de Arturo, cree que hará tonta a Elena 🤣🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bien Elena aprendiste con la mejor Maestra que jamas te unieras imaginado y con Julian de apoyo hará un gran equipo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Que bueno que Julian acepto aliarse con ella, asi se dará cuenta realmente quienes son esos desgraciados sin escrúpulos 🤭👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Yo creo que Julian ya sabía eso, ojalá se unan para acabar con esos desgraciados y también porque no enamorarse 🤭👏👏👏
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