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El Velo Del Crepúsculo

El Velo Del Crepúsculo

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mundo de fantasía / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Darany Jimenez

El equilibrio del mundo se fractura cuando fuerzas antiguas despiertan desde el Velo que separa las realidades.
Silvan y Amara no confían el uno en el otro, pero el destino los obliga a luchar juntos mientras los reinos los señalan como una amenaza.
Cuanto más intentan separarlos, más evidente se vuelve que su vínculo no es casualidad, sino parte de un diseño prohibido que podría salvar el mundo… o destruirlo.
Perseguidos, marcados y temidos, deberán decidir entre huir solos o permanecer juntos y enfrentar una convergencia que cambiará la realidad para siempre.
El mundo teme su poder.
Ellos temen lo que empieza a nacer entre ambos.
Y el Velo observa.

NovelToon tiene autorización de Darany Jimenez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 — Ecos bajo la luna roja

La noche descendió sobre el Bosque Luminoso como un manto de terciopelo, pero aquella oscuridad no era tranquila. El aire parecía contener un susurro extraño, una advertencia que Silvan no lograba descifrar. Los árboles, que siempre cantaban con la brisa, permanecen inquietamente silenciosos, como si observaran.

Silvan avanzaba entre las raíces antiguas con pasos ligeros, su arco descansando en la espalda. No estaba cazando. Seguía una sensación… una presencia que le erizaba la piel. Cada crujido parecía demasiado fuerte, cada sombra estaba demasiado viva.

Entonces la vio.

Amara emergió entre la neblina como si la noche misma la hubiera moldeado. Sus ojos reflejaban preocupación, pero también determinación. Su vestido oscuro se movía suavemente, ajeno al viento.

La noche cayó sobre el valle con una quietud antinatural.

Silvan y Amara avanzaban en silencio, siguiendo el cauce del río que serpenteaba entre rocas antiguas cubiertas de musgo plateado. El aire estaba cargado de algo más que humedad: una vibración sutil, como si el bosque contuviera la respiración. Incluso los insectos parecían haber abandonado su canto.

Silvan fue el primero en detenerse.

—¿Lo sientes? —preguntó en voz baja.

Amara no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron la espesura con atención felina. Finalmente asintió.

—No es magia común —dijo—. Es… memoria.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Frente a ambos, el bosque se abría hacia un claro que no parecía pertenecer al mundo natural. El suelo estaba cubierto por símbolos tallados en piedra, tan antiguos que parecían haber sido moldeados por el tiempo mismo. En el centro, un monolito negro se alzaba como una herida vertical en la tierra.

Y la luna…

La luna había cambiado.

Su luz era rojiza, como si sangrara sobre el cielo.

Silvan sintió un peso en el pecho. No era miedo —era reconocimiento. Su mano se tensó sobre el arco mientras avanzaba un paso.

—Esto no estaba aquí —susurró.

—Siempre estuvo —corrigió Amara—. Solo que dormido.

Al acercarse, los símbolos comenzaron a brillar con una luz tenue. Silvan sintió que algo respondía dentro de él, una resonancia que le erizó la piel. Imágenes fragmentadas cruzaron su mente: un bosque en llamas, voces antiguas, juramentos rotos.

Amara retrocedió un paso.

—No deberías tocar eso —advirtió.

Pero ya era tarde.

Silvan extendió la mano y sus dedos rozaron la superficie del monolito.

El mundo se quebró.

Un pulso de energía atravesó el claro. El aire se volvió espeso, y durante un instante la realidad pareció sobreponerse con otra versión de sí misma: sombras caminando donde no había cuerpos, ecos de gritos que no pertenecían al presente.

Silvan cayó de rodillas, respirando con dificultad. No estaba herido… pero algo había cambiado.

Amara se arrodilló junto a él.

—¿Qué viste?

Silvan tardó en responder. Sus ojos, normalmente claros, parecían reflejar la luna roja.

—El bosque… no siempre fue nuestro hogar —murmuró—. Fue una prisión.

El silencio que siguió fue más inquietante que cualquier ruido.

Amara lo ayudó a ponerse de pie. El monolito ya no brillaba, pero la sensación persistía, como una advertencia grabada en el aire.

—Entonces despertaste algo —dijo ella.

Silvan miró el horizonte. A lo lejos, una bandada de aves nocturnas se dispersó en pánico.

—No —respondió—. Creo que algo despertó… y nos estaba esperando.

El viento volvió a soplar.

Y esta vez, el bosque respondió.

Las raíces bajo sus pies vibraron con un pulso profundo, casi orgánico. No era un terremoto, sino algo más… como un latido. El claro entero pareció inclinarse hacia el monolito, como si escuchara.

Amara giró lentamente, alerta.

—Nos sintió —susurró.

—¿Quién? —preguntó Silvan.

Ella dudó, y ese pequeño silencio fue más revelador que cualquier respuesta.

Las sombras alrededor del claro comenzaron a alargarse, moviéndose contra la dirección de la luna roja. No eran figuras definidas, pero sí demasiado deliberadas para ser simples juegos de luz.

Silvan levantó su arco por instinto. No apuntó. Solo sostuvo la cuerda tensada, preparada.

El aire se volvió más frío.

Un murmullo emergió de ninguna parte y de todas a la vez. No eran palabras comprensibles, sino ecos antiguos, como voces atrapadas entre el pasado y el presente. Silvan sintió que cada susurro intentaba deslizarse dentro de su mente.

Amara dio un paso hacia él, su presencia firme.

—No escuches —dijo—. Quiere que recordemos… lo que no debemos.

Las sombras se acercaron un poco más… y se detuvieron.

El monolito emitió un resplandor tenue, como una advertencia silenciosa. Las figuras retrocedieron lentamente, disolviéndose en la oscuridad del bosque.

El claro recuperó su quietud.

Pero ya no era la misma.

Silvan bajó el arco, respirando con cuidado.

—Eso no fue una ilusión —dijo.

—No —respondió Amara—. Fue una bienvenida.

Ambos comprendieron la magnitud de lo ocurrido sin necesidad de explicarlo. El bosque no solo había despertado… había reconocido su presencia.

Y algo más también lo había hecho.

La luna roja comenzó a desvanecerse gradualmente, recuperando su brillo pálido habitual. Sin embargo, la sensación permaneció: una certeza silenciosa de que habían cruzado un umbral invisible.

Silvan observó el monolito por última vez.

—Esto no termina aquí.

Amara sostuvo su mirada.

—No… apenas comienza.

Y mientras abandonaban el claro, el bosque volvió a respirar.

Pero ahora su canto era distinto.

Más profundo.

Más antiguo.

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Mónica viviana Motta
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