Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 3: Las reglas que no conozco
Desperté por segunda vez con menos miedo… y más preguntas.
La habitación era amplia, luminosa, demasiado elegante para ser un hospital. Las cortinas se movían apenas con la brisa y el olor a hierbas suaves flotaba en el aire. Me incorporé despacio, atento a cada reacción del cuerpo.
Respondió sin dolor.
Demasiado bien.
Miré mis manos. Delgadas. Pálidas. Hermosas de una forma que me incomodó. No porque fueran ajenas —eso ya lo sabía—, sino porque sentían distinto. Todo parecía más intenso: el roce de la tela, el aire sobre la piel, incluso el latido en el pecho.
—Despertaste antes de lo esperado.
La voz llegó desde la puerta. El delta de mirada firme entró con pasos medidos, como si no quisiera sobresaltarme.
—Soy Ardent —dijo—. Tu padre.
Padre.
La palabra volvió a golpearme, pero esta vez no me derrumbó. La sostuve con cuidado, como algo frágil que aún no sabía dónde guardar.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Pensé en mentir. Decir bien. Decir normal. Pero ninguna palabra encajaba.
—Confundido —respondí al fin.
Ardent asintió, como si esa fuera la respuesta correcta.
—Es normal. Has pasado por un shock fuerte.
No pregunté cuál. No quería respuestas que no pudiera procesar.
Se acercó lo justo para que su presencia se sintiera sin imponerse. Noté entonces algo extraño: mi cuerpo se relajó un poco. No por confianza racional. Por instinto.
Eso me inquietó.
—Hay cosas que debes saber —continuó—. Pero iremos despacio.
Gracias, pensé.
—Eres un omega —dijo con naturalidad—. Y este ducado es tu hogar.
El mundo se inclinó un poco.
Lo sabía.
Lo había sentido.
Aun así, oírlo en voz alta hizo que algo se acomodara… y algo más se tensara.
—No entiendo lo que eso implica —admití.
Ardent me observó con atención.
—No necesitas entenderlo todo hoy —respondió—. Solo recordar esto: aquí no estás solo.
La puerta volvió a abrirse y el omega masculino de rasgos suaves entró con una bandeja entre las manos. Sus ojos se iluminaron al verme despierto.
—Mi cielo… —susurró—. Soy Elien. Tu padre omega.
Padres.
Dos.
Elien dejó la bandeja y se acercó despacio, como si temiera asustarme. Cuando tomó mi mano, una oleada de calor me recorrió el cuerpo, intensa, inesperada. Tuve que reprimir el impulso de apartarme.
No es deseo, me dije.
Es… respuesta.
—No te fuerces —dijo Elien, interpretando mal mi rigidez—. Tu cuerpo aún se está recuperando.
Si supiera.
Mientras bebía el líquido tibio que me ofreció, escuché fragmentos sueltos: médicos, descanso, protección, discreción. Palabras que parecían importantes, pero cuyo peso real aún no alcanzaba a medir.
—Hay algo más —añadió Ardent—. Tus hermanos vendrán más tarde.
Los gemelos.
Recordé sus miradas protectoras y sentí una presión extraña en el pecho. No miedo. Expectativa.
—¿Siempre… se siente así? —pregunté sin pensar.
Ambos me miraron.
—¿Así cómo? —preguntó Elien con suavidad.
Busqué las palabras.
—Como si mi cuerpo supiera cosas que yo no.
El silencio fue breve, pero significativo.
—Esa es la parte más difícil de ser omega —respondió Ardent al fin—. Aprender a escucharte sin perderte.
Sus palabras se me quedaron grabadas.
Escuchar sin perderme.
Cuando quedé solo otra vez, apoyé la espalda contra las almohadas y cerré los ojos. El cansancio regresó, pero antes de dormir, esa presencia volvió a rozar mi conciencia.
Brazos fuertes.
Calor conocido.
Una calma que no pedía permiso.
No era un recuerdo.
Era una promesa.
Y por primera vez desde que desperté en este mundo, algo dentro de mí lo entendió con claridad inquietante:
Este cuerpo no solo había renacido.
Estaba esperando.