Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 3
Nanami tenía el cabello desalineado y enredado, obviamente descuidado después de su mini-depresión matutina. Las hebras caían sobre su rostro como cortinas que intentaban ocultarla del mundo. Kai la observó un momento, suspiró y, sin decir palabra, se dirigió a su bolso.
Regresó con una liga para el cabello.
—Siéntate —ordenó, pero su voz no tenía el filo de siempre.
—¿Qué? —Nanami frunció el ceño—. ¿Para qué?
Pero él ya estaba detrás de ella, tomando mechones de su cabello con una delicadeza que contrastaba con sus manos grandes y callosas. Nanami se quedó paralizada, sintiendo cómo sus dedos peinaban con suavidad las madejas enredadas, deshaciendo nudos sin tirones, con una paciencia que no sabía que él poseía.
Cuando terminó, le hizo una coleta alta que le despejó por completo el rostro. El aire fresco le dio en la nuca y se sintió extrañamente... liviana.
—Así está mucho mejor —dijo Kai, dando la vuelta para mirarla—. Te ves muy bonita cuando no te escondes del mundo.
Y sonrió.
Una sonrisa increíble. Sincera. Cálida.
El corazón de Nanami dio un vuelco tan brusco que pensó que se le iba a salir del pecho. Las mejillas le ardieron como si tuviera fiebre.
—¿Eres una especie de pervertido? —soltó, a la defensiva, cruzando los brazos para protegerse de... ¿De qué? ¿De él? ¿De ella misma?—. ¡Ya te dije que no eres mi tipo y me caes mal!
Kai arqueó una ceja, divertido.
—Tú tampoco eres mi tipo —respondió con calma—. No me gustan las gruñonas.
Nanami abrió la boca para replicar, pero no le salieron palabras. ¿Gruñona? ¿Él la llamaba gruñona? ¡El colmo! Se quedó con el gesto fruncido, más enojada que antes, aunque en el fondo no sabía bien por qué le molestaba tanto que dijera que no era su tipo.
Debería alegrarme, pensó. Es justo lo que quiero.
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Comenzó el entrenamiento. Como siempre, Kai le asignaba menos ejercicios que a los demás. Nanami lo notaba, aunque nunca lo mencionaba. Flexiones más cortas, menos repeticiones, descansos más largos. Era como si la tratara con... ¿cuidado?
Al terminar la clase, Nanami estaba tirada en el tatami, de mal humor, sin ganas de moverse.
—Ya terminó el entrenamiento —dijo Kai, acercándose—. Vete a casa.
Ella levantó la cabeza con una mueca ofendida.
—¿Me estás echando?
—Son las seis de la tarde. La clase terminó.
—¡Dame cinco minutos más! —protestó, señalándose el cuerpo—. Me duele todo y aún no vienen por mí.
Kai suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho. Esa pose que hacía que sus bíceps se marcaran de una forma que Nanami notaba más de lo que debería.
—Tu mansión está a solo cinco cuadras —señaló él—. Ven, te voy a llevar. Levántate.
Nanami se levantó con esfuerzo, y para su sorpresa, Kai se agachó frente a ella, dándole la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó ella, parpadeando.
—Súbete. Te llevo a tu casa.
Ella se quedó muda. La sangre le subió a las mejillas otra vez. Ese hombre quería cargarla. En su espalda. Como si fuera... como si fuera...
—No me voy a subir a tu espalda —dijo, cruzando los brazos con firmeza.
—Vamos, no seas terca —insistió él, sin moverse—. Ya es tarde y estás agotada.
Nanami dudó. Pero luego, una sonrisa se escapó sin permiso en sus labios. Una sonrisa pequeña, casi infantil, que escondió rápidamente.
—Solo porque me insistes —murmuró, y se subió a su espalda.
Sus brazos rodearon el cuello de Kai. Sus piernas se engancharon en su cintura. Su pecho se pegó a su espalda. Y su cabeza, casi sin querer, terminó apoyada en su hombro.
—Tus músculos son muy incómodos —mintió, mientras sus dedos comenzaban a toquetearlos con una curiosidad que no podía disimular.
Kai caminaba en silencio, sintiendo esas manos pequeñas recorriendo sus hombros, su espalda, sus brazos. Ella palpaba cada músculo como si estuviera estudiando una escultura. Con concentración. Con atención. Con una inocencia que...
—¡Oye! —exclamó Kai, deteniéndose en seco—. Deja de tocarme así.
Nanami levantó la vista, confundida.
—¿Por qué? Solo estoy tocando tus...
Se detuvo.
Porque sintió algo. Justo debajo de ella. Algo que no debería estar ahí. Algo que...
—Soy hombre, ¿sabes? —la voz de Kai sonó tensa, casi avergonzada—. Los hombres reaccionamos al tacto.
Nanami entendió. Sus ojos se abrieron como platos y un color escarlata le cubrió todo el rostro, desde la frente hasta el cuello.
—¡Eres un pervertido de primera! —gritó, comenzando a patalear con desesperación para bajarse de su espalda—. ¡Bájame, bájame ahora mismo!
Kai se tambaleó por los movimientos bruscos, intentando no caerse mientras ella forcejeaba.
—¡La culpa es tuya, no debes tocar así a un hombre! —exclamó él, sonrojado—. ¡No lo vuelvas a hacer!
apenas logró bajarla al suelo, Nanami salió corriendo como si su vida dependiera de ello. Sus piernas, que antes estaban agotadas, ahora parecían tener energía de sobra para huir de la vergüenza.
—¡Espera! —gritó Kai, pero ella ya doblaba la esquina.
Maya justo salía de la mansión para ir a buscar a su señora cuando la vio entrar por la puerta principal como una exhalación, con el rostro encendido como un tomate.
—Señorita, justo iba a...
No pudo terminar la frase. Nanami pasó de largo y subió las escaleras corriendo, despavorida, sin mirar atrás.
Maya frunció el ceño y se asomó a la vereda. A lo lejos, vio la figura de Kai alejándose, con las manos en los bolsillos y una postura que... ¿estaba encorvada? ¿Avergonzada?
—¿Será que pasó algo entre ellos? —murmuró Maya, llevándose una mano al mentón—. Mmm...
Sus ojos brillaron con picardía.
—Interesante. Muy interesante.
Mientras tanto, en su habitación, Nanami daba vueltas en la cama como un trompo loco. Las sábanas se enredaban en sus piernas mientras ella se revolcaba, incapaz de encontrar una posición que la calmara.
—¡Ese maldito pervertido! —mascullaba contra la almohada.
Pero su mente traicionera no la dejaba en paz.
Aunque tiene buen cuerpo, pensó, y sus manos comenzaron a moverse en el aire, trazando formas imaginarias. Son tan grandes que apenas entran en mis manos. Su piel es suave, a pesar de todo lo que entrena. Y me gustan los hombres morenos, siempre me han gustado, desde la secundaria, y él es moreno, muy moreno, y tiene esos ojos oscuros y esa sonrisa y...
—¡¿QUÉ DEMONIOS ESTOY DICIENDO?! —gritó, sentándose en la cama y jalándose el cabello con ambas manos.
Respiró hondo. Intentó calmarse.
—Él no es mi tipo —se dijo en voz alta, como un mantra—. Es un pervertido. Olvídalo, Nanami. Ya te enamoraste una vez y mira cómo terminó todo. Soy la burla nacional ahora. La modelo plantada. La abandonada. La que esperó tres horas en el altar como una estúpida.
Se dejó caer de espaldas en la cama, mirando el techo.
—No puedo volver a pasar por eso —susurró—. No puedo.
Pero en su pecho, algo latía con fuerza. Algo que no quería escuchar.
Takumi le había roto el corazón en mil pedazos. Pero Kai, sin quererlo, estaba encontrando la manera de pegarlos de nuevo.
Y eso era lo que más miedo le daba.