Dylan es un chico misterioso de 17 años, con un corazón que parecía estar hecho de hielo. Había llegado a la ciudad de Italia hace apenas una semana, y ya había causado un revuelo entre las estudiantes del colegio local.
Su llegada había sido silenciosa, sin anuncios ni fanfarrias. Simplemente, un día apareció en el colegio, con su mochila en la espalda y una mirada intensa en sus ojos. Los estudiantes se sintieron intrigados por su presencia, y pronto comenzaron a circular rumores sobre su persona.
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El mundo contra nuestro amor
Emily intenta decir algo, pero las palabras se le quiebran en la garganta; su voz sale entrecortada, apenas un susurro del nombre de Alessandro.
Dylan, con el rostro tenso, da un paso atrás y se aparta del umbral, dejándoles espacio. Se queda a un lado, mirando al suelo, como si su presencia fuera un peso que no quiere aplastarlos.
Alessandro no dice nada. No hay reproche, no hay reclamo, solo un dolor mudo que le encoge el pecho.
Baja la mirada, se gira y se aleja bajo la lluvia, paso a paso, sin volver la vista atrás.
Emily se derrumba en la puerta, las lágrimas se le escapan sin control y un sollozo se le rompe en la garganta. Siente que no hay nada que pueda hacer, que cualquier palabra llegaría tarde.
Dylan la rodea con los brazos, la atrae contra su pecho y la sostiene mientras ella llora, acariciándole la espalda en silencio, intentando sostenerla cuando todo se le viene abajo.
Días después, la calma llega, pero no es ligera.
Entre Emily y Dylan quedan cicatrices, miradas que todavía pesan y silencios que saben a lo que casi se pierde. Aun así, eligen quedarse. Hablan con una honestidad cruda, se aferran el uno al otro y, con cada día que pasa, su relación se vuelve más sólida, como si hubieran atravesado el fuego y salido más unidos, con un amor que ahora carga el peso de todo lo que sobrevivió.
Sin embargo; el destino no les da respiro.
El padre de Dylan aparece en la mansión al anochecer, con el porte de quien no pide, si no más uno que exige.
Su voz es baja pero afilada como cuchilla: “Renunciaste a la corona, renunciaste a Sofía, pero no renunciaste a mi palabra. Si no regresas ahora, Emily pagará el precio. Su familia lo pagará.” Cada sílaba es una sentencia; no es una petición, es un ultimátum respaldado por años de poder y contactos que pueden destruir vidas en minutos.
Dylan se queda inmóvil. Había tirado la corona al suelo, había mirado a Sofía a los ojos y le había dicho que su corazón pertenecía a Emily. Había elegido el amor por encima del linaje, del deber y del nombre que lleva. Y ahora ese mismo nombre se vuelve una soga.
El aire en la sala se espesa. Emily, de pie a su lado, siente cómo la sangre se le hiela; entiende que no están discutiendo un viaje, están discutiendo si su amor sobrevive o si será aplastado por la voluntad de un hombre que no acepta un no.
Dylan aprieta los puños, la mirada oscura y rasgada entre el amor que eligió y la amenaza que lo arrastra de vuelta.
Dylan se planta frente a su padre, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos.
“No,” dice, y la palabra sale rasgada, cortando el silencio de la sala. “No voy a volver. Ya renuncié a la corona, ya miré a Sofía a la cara y le dije que mi corazón no le pertenece. No voy a dejar que la uses a ella como ficha para arrastrarme de regreso.”
Su voz tiembla de rabia contenida, pero no se quiebra. Da un paso adelante, como escudando a Emily con su cuerpo, y añade, más bajo pero con una ferocidad que retumba: “Puedes quitarme el título, puedes cortar todo lo que me une a tu nombre, pero no voy a sacrificarla. Si quieres destruirme, hazlo; yo no voy a ser tu peón.”
El padre lo observa con frialdad glacial, la amenaza vibrando entre ambos, mientras Dylan respira pesado, aferrado a la única cosa que no está dispuesto a entregar.
De pronto retumba una risa seca, sin humor en la mansión Salvatore.
“Emily no es amor, Dylan. Es una obsesión, y las obsesiones se queman. Y escúchame bien: ella jamás será la reina Salvatore. Nunca llevará ese nombre, nunca pisará ese trono. Si te quedas con ella, lo pierdes todo — título, familia, protección. Eliges a una mujer que el mundo Salvatore nunca aceptará.”
Sus palabras caen como un veredicto, frías y definitivas, dejando a Dylan con el corazón golpeando contra el pecho y la certeza de que cualquier camino que elija tendrá un precio brutal.
Dylan se endereza, el pecho subiendo y bajando, la mirada clavada en la de su padre sin un ápice de duda.
“Entonces que se queme todo,” dice, la voz baja pero cortante como acero. “Renuncio. Renuncio a la corona. Renuncio al nombre Salvatore. Renuncio a cada privilegio, a cada obligación, a cada puerta que ese apellido me abre.”
Se gira hacia Emily, le toma la mano y entrelaza sus dedos con fuerza, como si al soltarla el mundo se viniera abajo.
“Y elijo a Emily. La elijo a ella, no al trono. La elijo a ella, no a Sofía. La elijo a ella por encima de tu poder, de tu orgullo y de tus amenazas. Si eso significa perderlo todo, que así sea. Mi lugar está con ella, y nada —ni tu corona ni tus castigos— va a cambiarlo.”
Las palabras caen pesadas en la sala, definitivas, sellando su decisión con una intensidad que deja el aire cargado y el futuro pendiendo de un hilo.