Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 9
Narrado por: Alexander
El frío del acero contra mi costado es lo único que me mantiene despierto mientras el coche derrapa sobre la grava del camino de entrada. La adrenalina, esa vieja amiga traicionera, está empezando a abandonar mi cuerpo, dejando en su lugar un dolor sordo y punzante que nace debajo de mis costillas y se extiende como veneno por mi abdomen.
Maldita sea. Los hombres de Varga se están volviendo descuidados, o demasiado valientes. Intentar asaltar mi perímetro norte mientras cenaba... mientras la tenía a ella sobre mis piernas...
Aprieto los dientes para no soltar un gruñido cuando Miller detiene el vehículo frente a la escalinata principal. La herida no es profunda, una bala me rozó el flanco izquierdo al flanquear el bosque, pero la pérdida de sangre me está mareando. Mi camisa negra, esa que Isabella acarició con dedos curiosos hace apenas una hora, ahora está empapada de un líquido caliente y pegajoso que huele a muerte y a hierro.
—Señor, deje que llame al doctor Vane —dice Miller, bajando del coche con urgencia.
—No —le corto, mi voz saliendo como un susurro áspero—. No quiero a nadie más en esta propiedad esta noche. Solo ha sido un rasguño. Despeja el área, dobla las patrullas en el bosque y no dejes que nadie se acerque a la casa principal. Es una orden.
Camino hacia la entrada con paso vacilante, apoyándome en las columnas de mármol que tanto desprecio. El silencio de la mansión ahora se siente como un peso físico. Subo las escaleras, cada escalón es una batalla contra la negrura que amenaza con cerrar mis ojos. Mi mente, sin embargo, no está en los hombres que acabo de abatir en la oscuridad. Está en la habitación del ala este.
Llego a mi despacho, pero antes de entrar, me detengo frente a su puerta. Escucho un sollozo ahogado. O tal vez es mi imaginación jugándome una mala pasada por la anemia. Saco la llave de mi bolsillo, mis dedos temblando ligeramente, y abro la cerradura.
La luz de la luna entra por la ventana, bañando la habitación en un resplandor plateado. Isabella no está en la cama. Está sentada en el suelo, junto a la ventana, con el vestido terracota todavía puesto, abrazándose las rodillas. Al verme entrar, se pone de pie de un salto, sus ojos azules brillando con una mezcla de terror y alivio.
—¡Alexander! —su grito es un susurro desesperado. Corre hacia mí, pero se detiene en seco cuando percibe el olor—. Estás... estás sangrando.
—Estoy bien, Isabella —miento, tropezando hacia el sillón más cercano—. Solo... necesito un momento.
No puedo evitarlo. Mis piernas ceden y caigo pesadamente sobre el terciopelo azul. La cabeza me da vueltas y el calor de la habitación me asfixia. Siento sus manos pequeñas y cálidas sobre mis hombros, tratando de mantenerme erguido. Su perfume a jazmín vuelve a invadir mis sentidos, mezclándose con el olor metálico de mi propia sangre de una forma que me resulta embriagadora y dolorosa a la vez.
—No estás bien —dice ella, su voz ahora firme, cargada de una autoridad que no le conocía—. Quítate la camisa. Ahora.
—Isabella, vete a la cama...
—¡He dicho que te la quites! —me grita, y por un segundo, la Bestia en mi interior se somete ante la fuerza de su voluntad—. Perdiste a mi padre porque no pudiste protegerlo. No voy a dejar que te desangres en mi alfombra por tu maldito orgullo.
Me quedo en silencio, demasiado débil para seguir discutiendo. Con dedos temblorosos, empiezo a desabotonar la camisa, pero ella aparta mis manos y lo hace por mí. Siento el roce de sus yemas contra mi pecho, un contraste de fuego sobre mi piel helada. Cuando finalmente retira la tela empapada, deja escapar un jadeo ahogado.
—Es solo un roce —insisto, aunque sé que es algo más.
Isabella sale de la habitación y regresa en segundos con un botiquín médico que siempre guardamos en el pasillo. Se arrodilla entre mis piernas, con el vestido subido hasta los muslos, ignorando que se está manchando de sangre. Su cercanía es una tortura sensual que compite con el dolor de mi costado. Puedo ver el nacimiento de sus pechos mientras se inclina sobre la herida, y la intensidad de su concentración me resulta fascinante.
—Va a doler —me advierte, tomando un algodón empapado en alcohol.
—He sentido cosas peores —respondo, apretando los brazos del sillón.
Cuando el alcohol toca la carne abierta, todo mi cuerpo se tensa. Suelto un gemido ronco que sale de lo más profundo de mi garganta. Isabella, en lugar de alejarse, pone una mano sobre mi muslo para darme equilibrio. El calor de su palma atraviesa mi pantalón, quemándome de una forma que no tiene nada que ver con la medicina.
—Mírame, Alexander —pide ella en un susurro—. Mírame a mí, no a la herida.
Hago lo que me pide. Sus ojos azules están fijos en los míos, llenos de una determinación feroz. Por primera vez, no veo a la niña risuena que llegó hace días; veo a la mujer que está empezando a domar el caos que soy. Su rostro está a centímetros del mío, y puedo sentir su aliento acelerado.
Ella empieza a limpiar la sangre con movimientos lentos, casi caricias. Cada toque es una provocación. Sus dedos rozan los bordes de la herida, y luego se deslizan por la piel sana de mi abdomen, trazando las líneas de mis músculos tensos. La atmósfera en la habitación se vuelve densa, cargada de una tensión sexual que el dolor no puede apagar.
—Tienes tantas marcas... —murmura ella, pasando el algodón por una vieja cicatriz de bala en mi hombro—. Cada una cuenta una historia de violencia.
—Y cada una es un recordatorio de por qué no debí dejarte entrar en esta casa —le digo, mi voz volviéndose más profunda—. Mira lo que ha pasado hoy. Vinieron por ti, Isabella. Porque eres mía.
Ella se detiene y me mira intensamente. El término "mía" queda flotando entre nosotros, denso y posesivo. Sus dedos abandonan el botiquín y suben por mi torso desnudo, recorriendo el camino de vello que baja hacia mi vientre. El roce es eléctrico, una caricia prohibida que me hace contener el aliento.
—No tengo miedo de que me quieran usar —dice ella, su voz cargada de una sensualidad repentina—. Tengo miedo de que tú uses esta herida como excusa para volver a encerrarte en tu hielo.
Isabella se inclina más, y antes de que pueda reaccionar, presiona sus labios contra la piel sana de mi hombro, justo al lado de la venda que acaba de colocar. El beso es suave, húmedo, y me provoca un estremecimiento que me recorre la columna. Mi mano sube por instinto y se enreda en su cabello castaño, tirando ligeramente hacia atrás para que me mire.
—Isabella... detente —le pido, pero mi cuerpo está diciendo todo lo contrario.
—No quiero detenerme —responde ella. Sus ojos están nublados por el deseo—. La Bestia está herida, Alexander. Y yo soy la única que puede curarla.
Se sube sobre mis rodillas, rodeando mi cintura con sus piernas. El vestido de satén se desliza, revelando la suavidad de su piel contra la rudeza de mis pantalones. Siento su peso, su calor, y el aroma a jazmín se vuelve sofocante de la mejor manera posible. Mis manos bajan a sus caderas, apretándola contra mí, olvidando por un momento el dolor del costado.
La beso con una desesperación que nace de la debilidad y la necesidad. Sabe a hierro, a vino y a vida. Ella responde con la misma intensidad, sus manos recorriendo mi espalda desnuda, arañando suavemente mi piel. El dolor de la herida se mezcla con el placer de su contacto en una sinfonía caótica que me hace perder el juicio.
En esta habitación plateada por la luna, el hombre frío y reservado ha muerto. Solo queda la necesidad básica de sentirla, de poseerla, de demostrarle que, a pesar de la sangre, sigo vivo. Mis labios bajan a su cuello, mordisqueando la piel sensible, mientras ella suelta un gemido que es música para mis oídos.
— Alexander... —susurra ella, su cuerpo temblando contra el mío.
Me separo apenas unos milímetros, jadeando, mi frente apoyada contra la suya. La herida me punza, recordándome mi mortalidad, pero su presencia me hace sentir invencible. La miro a los ojos, viendo el fuego que he intentado apagar con mis reglas.
—Si sigo... si permito que esto pase... no habrá vuelta atrás, Isabella —le advierto, mi voz apenas un gruñido—. Te devoraré. Te haré parte de esta oscuridad.
—Entonces devórame —responde ella, su mano bajando hacia la hebilla de mi cinturón—. Porque prefiero arder contigo que morir de frío sola.
El clic de la cerradura mental que me quedaba se rompe. La atraigo hacia mí para un último beso antes de que el agotamiento físico y la pérdida de sangre me pasen factura. El mundo exterior puede estar lleno de enemigos, pero aquí, en el ala este, la Bestia finalmente ha encontrado su paz en los brazos de su domadora.
Me quedo dormido con ella abrazada a mi pecho, su calor filtrándose en mis heridas, y por primera vez en quince años, no sueño con el fuego del callejón. Sueño con el azul de sus ojos y la promesa de un mañana que ya no me parece tan oscuro.