Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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gestos en silencio
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia. En la escuela, cumplí mi palabra: me volví un fantasma. Ignoraba a Julián con una disciplina feroz, aunque sentía su mirada quemándome la nuca en cada clase. Él intentó acercarse un par de veces, pero yo siempre encontraba un refugio en la biblioteca o me perdía entre la multitud con Valentina.
Sin embargo, algo extraño empezó a suceder en el club.
El miércoles por la noche, cuando el encargado me entregó el sobre con mis propinas semanales, noté que era inusualmente grueso.
—Aquí hay un error, jefe —dije, contando los billetes—. Hay casi el doble de lo normal.
El hombre, un tipo rudo que rara vez me miraba a los ojos, simplemente se encogió de hombros mientras limpiaba la barra.
—Un cliente dejó un sobre específico para "la mesera que lee libros". Dijo que era una compensación por un mal rato. No hizo preguntas, solo dejó el dinero y se fue antes de que empezara tu turno.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía perfectamente quién era. Julián estaba tratando de comprar mi perdón, o peor, sentía lástima por mi situación económica. La rabia volvió a encenderse en mi pecho; no quería su caridad, quería su respeto.
Pero la verdadera sorpresa llegó el viernes. Al regresar a casa después de una jornada agotadora, encontré a mi padre, Luis, sentado en el porche. Por primera vez en meses, no estaba mirando al vacío con los ojos empañados. Tenía una pequeña caja de madera en el regazo y herramientas de jardinería a sus pies.
—Luciana, mira —me dijo con una voz que no sonaba tan quebrada—. Alguien dejó esto en la puerta esta tarde.
Dentro de la caja había bulbos de tulipanes y margaritas, exactamente iguales a los que mamá plantaba. También había una nota escrita a mano, con una letra apresurada y elegante que reconocí de inmediato de los apuntes de literatura:
"Las flores no deberían marchitarse solo porque el mundo es ruidoso. Espero que estas ayuden a que el jardín vuelva a ser lo que era. Perdón por ser un cobarde cuando debí ser un amigo".
Me quedé sin aliento. Julián no había enviado dinero esta vez; había enviado un pedazo de mi pasado, una razón para que mi padre volviera a tocar la tierra.
Al día siguiente en la escuela, lo busqué. Él estaba con Mateo y los demás, pero cuando me vio venir, se puso tenso, esperando quizás un reclamo. Me detuve a unos metros, sin decir una palabra. Solo asentí levemente una vez, un gesto casi imperceptible de tregua.
Vi cómo Julián soltaba un suspiro de alivio y una pequeña sonrisa, real y sin máscaras, asomaba en su rostro antes de que Mateo lo llamara para volver a sus burlas. Él seguía siendo un cobarde frente a los demás, pero en la oscuridad de mi jardín, había plantado una semilla de esperanza
Miro los bulbos de las flores sobre la mesa y siento una opresión en el pecho. Por un lado, quiero devolverlos; no quiero que su lástima sea el abono de mi jardín. Pero por otro... veo a mi padre tocando la madera de la caja con una chispa de vida en sus ojos, y mi orgullo se desmorona.
¿Quién te crees que eres, Julián?, pienso mientras me recuesto en mi cama, abrazando mi libro de fantasía. Me duele que sea capaz de tener un detalle tan profundo en la oscuridad, pero que me niegue el saludo bajo el sol. Me hace sentir como si yo fuera un secreto vergonzoso, algo que solo se puede apreciar cuando nadie más está mirando. Me pregunto si alguna vez alguien me verá completa: con mi uniforme del club, mi tristeza por mamá y mi amor por los libros, sin que ninguna de esas piezas le cause rechazo.
Julián:
Me río de un chiste estúpido que hace Mateo, pero mis ojos siguen fijos en la puerta del salón. Me odio. Odio el sonido de mi propia risa forzada. Cada vez que Luciana pasa por mi lado y finge que soy aire, siento un golpe en el estómago que me merezco totalmente.
La veo tan pequeña con su mochila gastada, pero con una dignidad que ninguno de mis amigos podría comprar con todo el dinero de sus padres. Cuando la vi en el club, no sentí burla; sentí una admiración que me asustó. Ella está cargando el mundo sobre sus hombros mientras yo solo me preocupo por qué marca de zapatillas usar. Le envié esas flores porque no sabía cómo decirle que la veo, que realmente la veo, y que me muero de miedo de que si la defiendo, yo también me convierta en un blanco de burlas. Soy un cobarde que la quiere en silencio, y sé que, tarde o temprano, ese silencio la va a alejar para siempre si no aprendo a gritar.
(Recuerdo)
Sucedió hace seis meses, en el rincón más alejado de la biblioteca municipal, donde la luz del atardecer apenas lograba filtrarse entre los estantes de madera vieja. Yo estaba allí, intentando ocultar mis ojos hinchados tras la muerte de mamá, sumergida en un libro de poesía que no lograba entender porque el dolor me nublaba la vista.
—Ese poema es mejor si lo lees en voz alta —dijo una voz suave a mis espaldas.
Era Julián. En ese entonces, él no estaba rodeado de sus amigos ruidosos. Llevaba un suéter gris y una expresión de timidez que nunca le había visto en clase. Se sentó en la silla de enfrente, dejando su propio libro sobre la mesa.
—No quiero despertar a la bibliotecaria —respondí, intentando limpiar mis mejillas con la manga de mi blusa.
Él no me miró con lástima, sino con algo parecido al reconocimiento. Se acercó un poco y, sin pedir permiso, tomó el libro y leyó un verso sobre las estaciones y la pérdida. Su voz era cálida, como el chocolate que mamá solía prepararme. Durante casi una hora, nos olvidamos de quiénes éramos en la escuela. Me habló de cómo se sentía asfixiado por las expectativas de su padre y yo, por primera vez, le hablé del jardín que se estaba marchitando en mi casa.
Antes de irse, me entregó un marca-páginas hecho a mano. Sus dedos rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica que me recorrió el alma.
—Eres diferente a todos, Luciana —susurró, mirándome con una intensidad que me detuvo el corazón—. Me gustaría... me gustaría que pudiéramos ser nosotros siempre, sin que el resto del mundo importe.
En ese momento, él no era el chico popular y yo no era la mesera invisible. Éramos simplemente dos almas buscando refugio. Me enamoré de ese Julián, el de la biblioteca, el que me veía de verdad.
Por eso me dolió tanto cuando, semanas después, al cruzarnos en el pasillo frente a Mateo y los demás, él bajó la cabeza y pasó de largo como si yo fuera un trozo de madera. Ese fue el día en que entendí que Julián tenía dos caras, y que la que me gustaba solo aparecía cuando nadie más estaba mirando.
!𝐌𝐄𝐑𝐄𝐂𝐄𝐒 𝐀𝐌𝐎𝐑 𝐃𝐄 𝐒𝐎𝐁𝐑𝐀!
"𝐌𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐚, 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐦𝐨𝐫. 𝐌𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐚 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞 𝐞𝐥𝐢𝐣𝐚 𝐬𝐢𝐧 𝐝𝐮𝐝𝐚𝐬, 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐦𝐢𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐧̃𝐨 𝐧𝐢 𝐭𝐞 𝐡𝐚𝐠𝐚 𝐬𝐞𝐧𝐭𝐢𝐫 𝐨𝐩𝐜𝐢𝐨́𝐧. 𝐄𝐥 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝𝐞𝐫𝐨 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐝𝐚 𝐚 𝐫𝐚𝐭𝐨𝐬, 𝐧𝐨 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐞𝐧𝐞, 𝐧𝐢 𝐬𝐞 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐚 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨. 𝐌𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐛𝐫𝐚𝐜𝐞𝐧, 𝐚𝐜𝐭𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐠𝐚𝐧 𝐲 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐳𝐜𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐥𝐚 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚𝐬"