En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capitulo 3
El silencio en el estudio de Alessandra Volkov no era un vacío; era una entidad que pesaba. Fabiana se quedó inmóvil, escuchando el eco de los tacones de la Alpha alejándose por el pasillo de mármol. El frío del ventanal todavía calaba en su espalda desnuda, pero el fuego de la curiosidad era más fuerte que el escalofrío.
Sus dedos, aún temblorosos por la descarga de feromonas, se extendieron hacia la carpeta sobre el escritorio de ébano. Sabía que estaba cruzando una línea de la que no se vuelve. Si los guardias entraban, estaba muerta. Si Alessandra regresaba y la encontraba hurgando, su destino sería peor que la muerte. Pero Fabiana Lagos no había nacido para seguir las reglas de los que la pisoteaban.
Abrió la carpeta.
Lo primero que vio fue la fotografía. Sus pulmones se olvidaron de cómo respirar. Era una imagen analógica, desgastada por los años, pero la nitidez del sentimiento en ella era dolorosa. En la foto, una Alessandra de apenas veinte años, con una mirada que aún conservaba un rastro de humanidad, rodeaba con el brazo la cintura de una mujer joven. La mujer sonreía con una luz que Fabiana solo había visto en sueños: era su madre, Elena Lagos. Pero no la Elena que ella conocía, la mujer marchita por la pobreza y el olor a detergente barato. Esta Elena era una Omega de una belleza radiante, vestida con lino blanco, mirando a Alessandra como si fuera el centro de su universo.
—¿Mamá? —susurró Fabiana, su voz quebrándose en la penumbra.
Debajo de la foto, una nota escrita a mano con una caligrafía elegante pero errática decía: “El aroma de la lavanda es lo único que me mantiene cuerda en este infierno de poder. Si tan solo no hubieras huido...”
El corazón de Fabiana dio un vuelco. ¿Su madre y la Viuda de Hierro? ¿La mujer que limpiaba pisos en el Cinturón fue el gran amor de la mujer más poderosa del mundo? Antes de que pudiera procesar la magnitud del secreto, un ruido metálico en el pasillo la devolvió a la realidad. Pasos rápidos. Alessandra estaba volviendo.
Con una agilidad felina, Fabiana cerró la carpeta, la deslizó exactamente a la posición original y se alejó del escritorio, envolviéndose en su bata de seda justo cuando la puerta se abría de golpe.
Alessandra entró, pero no venía sola. Su asistente personal, un hombre de rostro inexpresivo llamado Ivanov, la seguía con una tableta en la mano. La Alpha irradiaba una furia contenida que hacía que las luces de la habitación parecieran parpadear.
—Te dije que no te movieras —dijo Alessandra, sus ojos grises clavándose en Fabiana como puñales.
—Y no lo he hecho. Solo estaba admirando la vista... de su imperio —mintió Fabiana, sosteniéndole la mirada con una insolencia que rozaba el suicidio.
Alessandra se acercó a ella en dos zancadas. El deseo que había quedado interrumpido minutos antes regresó, pero mezclado con una irritación salvaje. Agarró a Fabiana por la nuca, sus dedos enredándose en su cabello húmedo, y la atrajo hacia sí con una fuerza bruta.
—Mañana seguiremos donde lo dejamos, pequeña rata —susurró Alessandra contra sus labios. Sin previo aviso, la Alpha reclamó su boca en un beso que no tenía nada de romántico. Era una invasión. Lenguas húmedas se entrelazaron en una lucha de poder; Alessandra mordió el labio inferior de Fabiana hasta que el sabor metálico de la sangre llenó la boca de ambas. Fue un beso de propiedad, de advertencia.
Alessandra bajó una mano y propinó una nalgada firme y sonora sobre la seda de la bata de Fabiana, marcando su territorio antes de soltarla abruptamente.
—Ivanov, llévala a su habitación. Asegúrate de que no salga hasta el amanecer —ordenó Alessandra sin volver a mirarla—. Mañana tengo una reunión con Victoria.
Fabiana fue escoltada fuera, sintiendo el ardor en sus labios y el peso del secreto en su mente. Alessandra no la quería por quién era ella. La quería porque era el reflejo de un fantasma que aún la perseguía.
A la mañana siguiente, la oficina principal de la Corporación Volkov en el centro de la ciudad era un hervidero de actividad. Alessandra estaba sentada tras su escritorio de cristal cuando la puerta se abrió sin llamar.
Entró una mujer cuya presencia rivalizaba con la de Alessandra. Victoria Thorne, una Alpha Pura de elegancia letal y ojos color esmeralda, arrojó un periódico sobre el escritorio. En la portada, una foto granulada mostraba a Alessandra y Fabiana en la gala de la noche anterior, sus rostros a milímetros de distancia.
—¿Una Omega recesiva del Cinturón, Alessandra? Realmente has caído bajo —dijo Victoria con una sonrisa coqueta pero peligrosa. Era la mejor amiga de Alessandra, la única persona en el mundo que se atrevía a bromear con ella—. Los tabloides dicen que es tu nueva favorita. O tu nueva víctima.
Alessandra ni siquiera levantó la vista de sus informes.
—Es solo una herramienta, Victoria. Un experimento de compatibilidad.
Victoria se sentó en el borde del escritorio, cruzando sus largas piernas.
—No me mientas. Vi la foto. Se parece a ella. Se parece a Elena. Todavía no puedes olvidar a esa mujer, ¿verdad? Todavía la amas después de veinte años de silencio.
La mano de Alessandra se tensó sobre su pluma estilográfica, rompiéndola en dos. La tinta negra manchó sus dedos, pareciendo sangre oscura.
—Elena es pasado. Esta chica, Fabiana, solo tiene una estructura ósea similar. Nada más. No he investigado su familia porque no me interesa su origen, solo su resistencia a mi marca.
—Ten cuidado, Ale —advirtió Victoria, su tono volviéndose serio—. Jugar con fantasmas suele terminar en incendios. Por cierto, tengo que irme. He prometido dar un discurso en la Facultad de Derecho. Dicen que hay una nueva generación de "tiburones" que necesita ser puesta en su lugar.
Horas más tarde, en la Universidad Central, Victoria Thorne caminaba por los pasillos con la arrogancia de quien sabe que es dueña del mundo. Los estudiantes se apartaban a su paso, intimidados por su aura de Alpha dominante.
Sin embargo, en la biblioteca, una joven no se apartó. Lucía Lagos estaba sentada en una mesa rodeada de libros de derecho constitucional, tan absorta en sus notas que ni siquiera notó la presencia de la mujer más rica de la industria legal.
Victoria se detuvo, intrigada. El aroma de Lucía, ese jazmín puro y fresco, cortó el aire pesado de la biblioteca. Victoria se acercó y golpeó ligeramente la mesa con sus nudillos.
—Es mala educación no saludar a un invitado de honor, pequeña Omega —dijo Victoria, inclinándose para ver el nombre en el carnet de estudiante.
Lucía levantó la vista. Sus ojos eran claros, decididos, y no mostraron ni un ápice de la sumisión que Victoria estaba acostumbrada a recibir.
—El honor es para quienes lo ganan, no para quienes lo compran con su apellido —respondió Lucía con voz firme—. Y estoy estudiando para un examen final. Si no va a decir nada relevante sobre el Código Penal, por favor, déjeme trabajar.
Victoria soltó una carcajada genuina. Estaba acostumbrada a que las Omegas cayeran a sus pies buscando protección o dinero. Esta chica la miraba como si fuera un estorbo.
—Eres valiente. O muy tonta. ¿Sabes quién soy?
—Sé perfectamente quién es, Señora Thorne —dijo Lucía, cerrando su libro con un golpe seco—. Es una de esos Alphas de la alta sociedad que vienen aquí a dar discursos sobre meritocracia mientras buscan su próximo juguete entre las estudiantes pobres. Yo no soy un juguete. Y no tengo tiempo para juegos de seducción de élite.
Lucía se levantó, recogió sus cosas y se marchó, dejando a Victoria Thorne con una expresión de absoluto asombro y un interés creciente que quemaba en su pecho.
Mientras tanto, de vuelta en la mansión, Fabiana estaba encerrada en su habitación, mirando por la ventana hacia el horizonte donde se encontraba su casa. Tenía la información. Sabía que su madre y Alessandra tenían un pasado.
Pero justo en ese momento, la puerta se abrió. No era un guardia. Era Alessandra. Venía vestida de negro, su aroma a tormenta llenando la habitación como una advertencia.
—Se acabó el tiempo de espera, Fabiana —dijo Alessandra, cerrando la puerta con llave—. Tu prueba comienza ahora. Si logras que mi marca no te destruya los sentidos esta noche, tendrás tu dinero. Pero si mencionas el nombre de Elena Lagos una vez más... te aseguro que no verás el amanecer.
Fabiana retrocedió un paso, dándose cuenta de que Alessandra sabía que ella había visto los documentos en el estudio. El juego de seducción se había convertido en una guerra fría, y la primera batalla estaba a punto de estallar en esa cama.
Continuará ...✨