Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°4
—Ya me dio sueño —dijo Isabella, frotándose los ojos con suavidad.
—Vamos a dormir. Mañana llegaremos a Estados Unidos y, si quieres, puedes usar mi celular para llamar a la señora Luci, ¿sí?
—¿En serio? —preguntó sorprendida, con una chispa de ilusión en los ojos.
Samuel rió con ternura y volvió a acariciarle su hermoso cabello castaño.
—¿No necesitas ir al baño? —preguntó con cariño, inclinándose un poco hacia ella.
—Nop —respondió Isabella con una pequeña sonrisa.
Samuel tomó una manta que estaba guardada bajo el asiento y la extendió con cuidado sobre Isabella. Luego, le puso su tuto de pingüino entre los brazos y le acarició una vez más el cabello, con esa delicadeza que solo se tiene con alguien que uno quiere proteger.
Después de asegurarse de que estuviera cómoda, Samuel se recostó en su asiento, cerró los ojos y trató de dormir, sabiendo que tenía una misión... pero también un lazo que no había previsto.
Al darse cuenta de que estaba creando un lazo que no debía, comenzó a preocuparse. Sabía que tenía que hablar con su jefe pronto, así que decidió enfrentarlo en cuanto saliera el sol. A primera hora de la mañana iría a hablar con él, sin falta.
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Durante la noche, todo transcurrió con normalidad. No hubo problemas. Fue simplemente una noche pacífica y tranquila.
A la mañana siguiente…
Samuel despertó con el recuerdo firme de que debía hablar con Ricardo. El enojo lo impulsaba a actuar sin demora, así que se levantó decidido a enfrentarlo. No pensó en que Isabella aún dormía, ni en que su ausencia podría asustarla si despertaba sola.
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Samuel caminaba con determinación por el pasillo del avión, sus pasos firmes y su mirada fría fija en los asientos VIP. No apartó la vista hasta que lo vio. Sin decir palabra, se acercó a Ricardo y le tocó el hombro.
—Jefe, tenemos que hablar —dijo Samuel con voz seria, contenida, pero tensa.
—¿Pasó algo? ¿Isabella está bien? ¿Hay algún problema? —respondió Ricardo con aparente preocupación, sin moverse de su asiento.
—Ese es el problema, jefe —respondió Samuel con decisión.
Ricardo frunció el ceño, confundido.
—Nada de esto está bien. ¡Usted no lo entiende! —exclamó Samuel, alzando la voz, visiblemente alterado.
Ricardo, sorprendido pero sin demostrarlo, se incorporó con calma, intentando controlar la situación.
—¿Qué crees que estás haciendo? Teníamos un plan y lo sabes —dijo con un tono molesto, intentando mantener el control.
Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de Ricardo.
—No me digas que te encariñaste… ¿otra vez?
—No es eso —respondió Samuel con firmeza—. Solo creo que nada de esto está bien. Deberíamos volver a Roma y dejarla en su casa. Es su hija, señor. No puede hacerle esto.
Ricardo se acercó más, con una expresión cargada de frialdad.
—¿Quieres que le pase lo mismo que le pasó a la otra niña? ¿Solo porque no hiciste tu trabajo? ¿Lo recuerdas, Samuel?
Samuel bajó la cabeza. Su voz se quebró al responder, apenas audible:
—Lo recuerdo… Por eso no quiero que vuelva a pasar.
—Repítelo en voz alta —ordenó Ricardo, tajante.
—Sé lo que pasó… pero no quiero que le pase a Isabella. Es su hija. ¿Ni siquiera por eso siente compasión? —preguntó Samuel, angustiado.
—No —respondió Ricardo con frialdad, cortante como una cuchilla—. No la considero mi hija. Y si no haces tu trabajo, el que va a terminar muerto no serás tú… será Leo. ¿Eso quieres?
La voz de Ricardo se alzó casi en un grito. Justo entonces, un par de azafatas se acercaron, alarmadas por el alboroto. Intentaron calmar la situación, pero fue inútil: Ricardo desenfundó un arma y apuntó directamente a una de ellas.
—¡Salgan de aquí si no quieren tener mala suerte! —ordenó con rabia.
Las azafatas retrocedieron, aterradas. Samuel, conteniendo su furia, intervino:
—Solo salgan. No va a pasar nada. Lo prometo.
Una de las azafatas, temblando, habló con valentía:
—Solo guarde el arma… y haremos como si nada hubiera pasado.
Ricardo obedeció, no por respeto, sino por conveniencia. Bajó el arma con fastidio, mascullando por lo bajo.
—Samuel, ya te perdoné una vez. No te perdonaré otra. Haz tu trabajo… y punto —dijo cortante.
—Pero jefe, es su hi—…
Samuel no alcanzó a terminar la frase. Ricardo sacó su celular y le mostró la pantalla. Una fotografía de Leo, su hijo.
—Y él es tu hijo… ¿o no? ¿A cuál prefieres? —preguntó con una sonrisa cruel en el rostro.
Samuel quedó en silencio. Entre la tristeza y la rabia, solo asintió. Apretó el puño con fuerza, conteniendo el impulso de enfrentarlo.
Entonces lo recordó.
Isabella seguía sola...
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