Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 24
Vera
Saber que la mamá de Dante no era Sonia me desarmó por dentro.
Saber que se fue de su casa a los dieciocho años a Suiza porque sus abuelos maternos lograron contactarlo después de trece años buscándolo… fue desgarrador.
Pero lo que realmente me rompió fue imaginarlo con cinco años, solo en una casa, esperando a que su mamá regresara.
Una semana.
Siete días.
Un niño esperando.
Y luego entendí muchas cosas.
Entendí su silencio.
Entendí su calma exagerada.
Entendí esa forma de procesarlo todo sin dramatizar, como si las emociones fuertes fueran un lujo innecesario.
Porque cuando has estado solo de verdad… aprendes a no hacer ruido.
Sin embargo, ahora no estábamos hablando del pasado.
Estábamos en medio de la finca.
Con una puerta metálica enterrada bajo tierra.
La vegetación la había cubierto, sí, pero no lo suficiente como para ocultar que llevaba tiempo ahí. No estaba oxidada. No era antigua.
Dante se subió al caballo con esa serenidad que a veces me dan ganas de sacudirle.
Acercó el animal a un árbol cercano, se puso de pie sobre la silla de montar y dio un pequeño salto para trepar.
—¡¿Estás loco?! —gritó Claudia.
Mi madre murmuró algo sobre pólizas de seguro.
Yo lo miraba.
Ese hombre no tenía miedo. O lo ocultaba demasiado bien.
—Vera —me llamó desde arriba.
Se quitó el collar y me lo lanzó.
Lo atrapé por reflejo.
Me lo puse rápidamente antes de que mi madre y Claudia notaran el anillo colgando.
Prioridades.
Al levantar la vista, vi que algo brillaba entre las ramas.
Dante se movió con cuidado, se inclinó y empujó algo.
Yo retrocedí instintivamente.
Una estructura metálica cayó al suelo.
Y con ella… una cámara.
Mi hermana soltó un pequeño grito. Mi madre me tomó del brazo.
Dante bajó con calma, como si hubiera recogido una manzana.
—Debe haber más —dijo—. Esperemos a que llegue el jefe de seguridad y la policía.
Habló como si acabáramos de encontrar una herramienta olvidada.
Yo estaba a dos pasos de hiperventilar.
Cuando llegó la policía, el comandante nos miró con sospecha.
—¿Y no lo enterraron ustedes?
Lo miré fijamente.
—No, comandante. Si lo hubiéramos enterrado nosotros, créame que no lo habríamos llamado.
Claudia tosió para disimular la risa.
La policía comenzó a trabajar mientras Dante y algunos hombres de seguridad se dispersaban buscando más cámaras ocultas.
Mi madre me tomó la mano.
—Hija, esto me asusta mucho. Que se queden aquí solos…
—Mamá, no somos niños.
—Para mí sí son niños —dijo con voz firme—. Y estoy asustada, Vera. Muy asustada.
La abracé un segundo.
Porque, aunque yo intentara actuar fuerte… también tenía miedo.
Abrieron la puerta.
El metal chirrió.
El jefe de policía bajó primero.
Luego nosotras.
Lo que vi abajo me dejó helada.
Canecas.
Llenas de dinero.
Computadoras.
Pantallas conectadas a múltiples cámaras que los hombres estaban desinstalando arriba.
—Eso es grave —dijo el oficial.
Dante apareció detrás de nosotros.
—De haber sabido que era dinero, no hubiéramos llamado.
Claudia soltó una carcajada nerviosa.
—Pensé que estabas quitando cámaras.
—Lo estaba —respondió él—. Pero vi que abrieron.
El oficial nos tomó declaración. Fotografías. Procedimientos. Cintas amarillas.
Mi madre susurró:
—¿De quién era esta finca antes?
—No lo sé, mamá.
Claudia murmuró:
—¿Y si es de un narco?
La miré.
—Gracias por tranquilizarnos.
Regresamos a la casa con la policía.
Dante se quedó con los hombres de seguridad revisando cada centímetro del terreno.
Cada árbol.
Cada poste.
Cada rincón.
Cuando llegamos, mi madre y Claudia me bombardearon de preguntas.
—¿Siempre es así de tranquilo?
—¿Nunca pierde el control?
—¿Eso de treparse a árboles es normal en él?
—¿Tú estás segura de esto?
Suspiré.
—Sí, es así.
—Sí, es desesperantemente tranquilo.
—Y sí, estoy segura.
Aunque en ese momento no estaba segura de nada.
La tarde cayó.
La noche llegó.
Y Dante apareció finalmente, entrada la noche, junto con los hombres de seguridad.
Se veían cansados. Cubiertos de tierra. Traían bolsas con equipos desinstalados.
Dante dio instrucciones con voz firme. Organizó todo en minutos.
Entró a la casa.
Y las tres lo rodeamos como si fuera una rueda de prensa.
—¿Qué encontraron?
—¿Cuántas cámaras?
—¿Quién pudo hacer eso?
—¿Estamos en peligro?
Nos miró.
—Bien.
Las tres al mismo tiempo:
—¿Bien a qué?
—A todo. Pero una a la vez.
Claudia levantó la mano como en el colegio.
Yo rodé los ojos.
—Encontramos más cámaras —dijo—. Varias estratégicamente ubicadas. Pero ninguna activa al momento de desinstalarlas.
—¿Eso es bueno? —pregunté.
—Es… interesante.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Y el dinero?
—Eso ya es asunto federal.
Esa noche dormimos.
Sin mensajes.
Sin vibraciones de teléfono.
Sin sobresaltos.
Demasiado silencio.
Me acomodé junto a Dante.
—¿Crees que esto terminó? —pregunté en la oscuridad.
Sentí su respiración volverse más lenta.
—No.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Por qué?
Hubo un pequeño silencio.
—Porque alguien no instala un centro de monitoreo clandestino para luego abandonarlo por error.