Sin spoiled
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Capitulo 7
Narrador: Leo Ubicación: Casa de Clara / Club "La Caldera"
—Si te mueves, te saco un ojo. Y créeme, un parche no te va a quedar tan sexy como crees.
Clara sostenía el lápiz de ojos negro como si fuera un bisturí. Estábamos en su habitación, un caos de ropa vintage, posters de activismo político y luces de navidad colgadas del techo que parpadeaban con un ritmo epiléptico.
—Clara, en serio, esto es demasiado —protesté, intentando echar la cabeza hacia atrás, pero Mateo me tenía sujeto por los hombros, inmovilizándome en la silla giratoria.
—Quieto, Leo —dijo Mateo, su voz sonando justo en mi oreja. Olía a colonia y a algo nuevo, algo cítrico—. No es maquillaje, es... pintura de guerra. Si vamos a ir a La Caldera, tienes que parecer que perteneces a la tribu. No puedes ir con tu cara de "perdón por existir".
—¿La Caldera? —pregunté, sintiendo el lápiz rozar la línea de mis pestañas inferiores—. Suena a nombre de sauna del infierno.
—Es un poco el infierno, pero del bueno —dijo Clara, terminando el trazo y dando un paso atrás para admirar su obra—. Listo. Mírate.
Me giré hacia el espejo de cuerpo entero.
El chico que me devolvía la mirada seguía siendo yo, pero había algo distinto. Mateo me había prestado una camisa negra de botones, un poco grande, que dejaba ver mis clavículas. Clara me había delineado los ojos de una forma sutil, difuminada, que hacía que mi mirada pareciera más profunda, más cansada y a la vez más peligrosa. Y mis vaqueros... bueno, Clara les había hecho un par de cortes estratégicos en las rodillas con unas tijeras de cocina hace diez minutos.
—No parezco yo —murmuré.
—Ese es el punto —dijo Mateo, apoyándose en el marco del espejo. Él llevaba una camiseta de rejilla debajo de una chaqueta vaquera y se veía insultantemente guapo. Tenía ese aire de estrella de rock decadente que parecía natural en él—. Esta noche no eres Leo el invisible. Esta noche eres Leo, el amigo del chico nuevo, el que va a conquistar la noche.
—Yo no quiero conquistar nada, solo quiero no vomitar —dije, sintiendo un nudo en el estómago.
—Tomad —Clara nos pasó dos vasos de plástico con un líquido transparente—. Vodka con zumo de piña. Para el valor.
Bebí un trago largo. Quemaba al bajar, pero el calor se asentó en mi estómago y, extrañamente, ayudó a que mis manos dejaran de temblar.
—Vámonos —dijo Clara, cogiendo su bolso—. El Uber está abajo. Y recordad: si alguien pregunta, sois mis primos de la capital. Y si os ofrecen pastillas azules, decid que no. Si son rosas... preguntadme a mí primero.
—¿Es broma, no? —pregunté, alarmado.
—Tú solo sígueme y no te sueltes de la mano de Mateo —dijo ella, guiñándome un ojo.
El trayecto en el coche fue un borrón de luces de la ciudad pasando a toda velocidad. Mateo iba en el asiento del medio, con su pierna pegada a la mía. Su calor corporal era una constante que me impedía entrar en pánico. Hablaba con el conductor sobre fútbol con una naturalidad pasmosa, mientras Clara tarareaba una canción tecno que sonaba en sus auriculares.
El coche nos dejó en una zona industrial, lejos del centro, donde los almacenes viejos se mezclaban con talleres mecánicos cerrados. No había letreros. Solo una puerta de metal negro con un gorila de seguridad delante y una fila de gente que parecía salida de una revista de moda alternativa.
—Manteneos cerca —ordenó Clara. Se saltó la cola con un descaro impresionante y saludó al gorila con dos besos—. ¡Tigre! ¿Cómo está la familia?
—Clarita, mi amor. Pasa, pasa. ¿Estos son contigo? —El gorila nos miró a Mateo y a mí. Su mirada se detuvo un segundo en mi delineador—. Tienen cara de asustados.
—Son vírgenes de la noche, trátalos bien —dijo Clara riendo, y nos empujó hacia dentro.
El golpe fue físico.
El sonido no se escuchaba, se sentía. El bajo retumbaba en el suelo, subía por las suelas de mis zapatillas y hacía vibrar mis costillas. El aire era caliente, húmedo, con olor a hielo seco, perfume barato y sudor.
Estaba oscuro, salvo por los haces de luz láser verde y violeta que cortaban el humo.
Y había gente. Mucha gente.
Pero no era como en el instituto. Aquí, vi a dos chicos besándose contra una columna, con una pasión que me hizo apartar la mirada por instinto. Vi a chicas con el pelo rapado bailando en topless. Vi a personas que no sabía si eran chicos o chicas y a quienes no les importaba en absoluto que yo lo supiera.
Me quedé paralizado en la entrada. Era como haber aterrizado en otro planeta. Un planeta donde las reglas de mi vida diaria no aplicaban.
—¡Respira, Leo! —me gritó Mateo al oído para hacerse oír sobre la música—. ¡Si te desmayas te dejo aquí tirado!
Me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia la barra. La multitud era un organismo vivo, sudoroso y apretado. Cuerpos chocando contra cuerpos. Sentí codos, caderas, espaldas mojadas. Mateo se movía como un pez en el agua, deslizándose por los huecos, abriéndome camino.
Llegamos a la barra.
—¡Tres cervezas! —pidió Mateo al camarero, un tipo con tatuajes hasta en el cuello.
Me pasó una botella fría. Me la bebí casi de un trago. Necesitaba apagar el incendio de mis nervios.
—¿Qué te parece? —me gritó Mateo, con una sonrisa que brillaba bajo la luz negra. Sus dientes parecían fluorescentes.
—¡Es... mucho! —grité de vuelta—. ¡Nunca había visto nada así!
—¡Bienvenido al mundo real, Leo! —Mateo levantó su cerveza y chocó la mía—. ¡A la mierda el San Lorenzo! ¡A la mierda Bruno!
—¡A la mierda! —repetí, y decirlo en voz alta, en medio de ese caos, se sintió increíblemente liberador.
Clara apareció de la nada, bailando. Nos agarró a los dos y nos arrastró a la pista.
—¡Dejad de beber y moved el culo! —gritó.
Bailar. Yo no sabía bailar. Mi cuerpo era rígido, torpe. Me quedé quieto en medio de la marea humana, sintiéndome ridículo.
Pero entonces Mateo se puso frente a mí. No me tocó. Solo empezó a moverse. Cerró los ojos y dejó que la música le llevara. Se movía con una sensualidad que no era actuada, era innata. Movía las caderas, los hombros, la cabeza.
Abrió los ojos y me miró.
—No pienses, Leo —me dijo, acercándose un paso más—. Nadie te está juzgando. Aquí nadie mira a nadie para juzgar. Miran para disfrutar. Sígueme.
Puso sus manos en mis hombros. Sentí el peso, el ancla. Empecé a moverme. Tímidamente al principio. Un pie, luego el otro. Mateo sonrió y asintió, animándome.
Poco a poco, el alcohol y la música hicieron su trabajo. Dejé de pensar en mis manos. Dejé de pensar en si parecía estúpido. Empecé a sentir el ritmo.
Mateo se acercó más. Mucho más. Se giró, dándome la espalda, y rozó su espalda contra mi pecho. Bailamos así, pegados, en un roce constante y eléctrico. Podía sentir el calor de su piel a través de la camiseta de rejilla. Podía oler su sudor mezclado con la colonia.
Era embriagador. Era más fuerte que cualquier droga. Estaba bailando con Mateo Velázquez en un sótano lleno de gente queer y el mundo no se había acabado.
De repente, sentí una mano en mi hombro. Me giré, pensando que era Clara.
Pero no era Clara.
Era un chico. Alto, mayor que nosotros, quizás de unos veintitantos. Tenía el pelo engominado hacia atrás y llevaba una camisa de seda abierta hasta la mitad del pecho. Era guapo de una forma agresiva, de revista.
—Perdona —dijo, gritándome al oído pero mirando a Mateo—. ¿Tu amigo tiene nombre o es mudo?
Me quedé helado. El hechizo se rompió.
Mateo se giró al notar que yo había dejado de bailar. Vio al chico.
—Tiene nombre —respondió Mateo, poniéndose a mi lado y pasando un brazo por mi cintura. Un gesto posesivo que me hizo temblar—. Y habla. Pero está ocupado.
El chico de la camisa de seda sonrió. Una sonrisa de depredador que me recordó, vagamente, a Bruno, pero más sofisticada.
—Vaya, qué lástima —dijo el tipo, ignorándome completamente y clavando sus ojos en Mateo—. Porque tú bailas increíble, chaval. Llevo un rato mirándote. Me recuerdas a un chico que conocí en Ibiza. ¿Eres de aquí? Tienes acento.
—Soy de donde me da la gana —dijo Mateo, seco, pero con esa sonrisa coqueta que no podía evitar—. Y ahora estamos bailando.
—Bueno, si te aburres del baile escolar... —el tipo sacó una tarjeta de su bolsillo y se la deslizó a Mateo en el bolsillo trasero del pantalón, rozándole el culo con descaro—. Estaré en la zona VIP. Tengo vodka del bueno, no esta mierda de grifo.
El tipo me guiñó un ojo (un gesto de desprecio, como diciendo "tú no eres competencia") y se alejó entre la multitud.
Me quedé quieto. La música seguía sonando, pero de repente me sentí pequeño. Minúsculo.
Ese tipo era guapo. Era mayor. Tenía dinero (zona VIP). Y había visto en Mateo lo que todo el mundo veía: luz.
Y yo... yo era Leo. El chico de los dibujos tristes. El proyecto de caridad de Mateo.
Me solté del brazo de Mateo.
—Voy al baño —dije. Mi voz sonó patética incluso para mis propios oídos.
—Leo, espera —Mateo intentó agarrarme, pero me escurrí.
Me abrí paso a empujones entre la gente. Necesitaba aire. El calor se había vuelto asfixiante. No fui al baño. Busqué la señal de "Salida de Emergencia".
Salí a un callejón trasero. El aire de la noche era húmedo y olía a basura, pero estaba fresco comparado con el horno de dentro. Me apoyé contra la pared de ladrillo, jadeando.
Sentía una punzada horrible en el pecho. Celos. Eran celos. Puros, verdes y viscosos. No tenía derecho a sentirlos. Mateo no era mi novio. Mateo era mi amigo. Un amigo que era demasiado grande para mi mundo pequeño.
—¿Vas a huir cada vez que algo se pone intenso?
La voz de Mateo sonó detrás de mí junto con el ruido de la puerta metálica cerrándose.
Me giré. Estaba allí, iluminado por la luz naranja de una farola lejana. Se veía preocupado, pero también un poco molesto.
—No estoy huyendo —mentí, cruzándome de brazos—. Solo quería aire.
—Mentira —Mateo se acercó. Sacó un paquete de cigarrillos, sacó uno y lo encendió con manos temblorosas. Dio una calada profunda y soltó el humo hacia el cielo—. Te has largado porque el idiota de la camisa de seda se me ha acercado.
—No me importa quién se te acerque, Mateo. Eres libre. Puedes irte a la zona VIP si quieres. Seguro que tiene mejor vodka.
Mateo soltó una risa incrédula y tiró el cigarrillo al suelo, pisándolo con fuerza.
—¿Eres idiota o te lo haces? —Dio dos pasos rápidos y se plantó frente a mí, invadiendo mi espacio personal—. ¿Crees que me importa el vodka? ¿Crees que me importa ese tipo?
—Es guapo —murmuré, mirando mis zapatillas—. Y encaja contigo. Él... él brilla. Yo solo soy... esto.
Mateo me agarró de la camisa, tirando de mí hasta que nuestros pechos chocaron contra la pared. Fue un movimiento brusco, casi violento.
—Mírame, Leonardo —ordenó.
Levanté la vista. Sus ojos estaban oscuros, dilatados.
—Llevo toda la noche bailando contigo. Llevo toda la noche intentando que entiendas que no estoy aquí por la música, ni por Clara, ni por la fiesta. Estoy aquí porque quería verte a ti en este lugar. Quería ver cómo te quedaba la libertad.
—¿Y cómo me queda? —pregunté, mi voz temblando.
—Te queda jodidamente bien —susurró Mateo. Bajó la voz, volviéndola ronca—. Ese tipo me miraba a mí, sí. Pero yo te estaba mirando a ti. Todo el puto rato. ¿No te das cuenta? ¿Tengo que ponerlo en un cartel de neón?
El corazón me latía tan fuerte que dolía. Estábamos solos en el callejón. La música llegaba amortiguada a través de las paredes.
—No soy valiente como tú, Mateo —dije, casi en una súplica—. Tengo miedo de que te des cuenta de que soy aburrido. De que te canses.
—No eres aburrido. Eres complicado. Y me encantan las cosas complicadas.
Mateo levantó la mano y trazó la línea de mi mandíbula con el pulgar. Su tacto quemaba. Se inclinó lentamente. Yo dejé de respirar. Cerré los ojos, esperando. Anticipando.
Sentí su aliento en mis labios. Olía a tabaco y menta.
—Leo... —susurró contra mi boca.
Pero no me besó.
Se detuvo a un milímetro. Fue una tortura exquisita. Apoyó su frente contra la mía, respirando agitadamente.
—No aquí —dijo, con voz estrangulada—. No así, en un callejón lleno de basura, borrachos y con miedo. Te mereces algo mejor que un beso robado detrás de una discoteca.
Abrí los ojos, confundido y, a la vez, aliviado.
—¿Mateo?
Él se apartó un poco, pasándose la mano por el pelo rizado, frustrado consigo mismo.
—Quiero besarte, Leo. Joder, me muero por besarte desde que te vi en el aeropuerto. Pero si lo hago ahora, pensaras que es el alcohol, o la euforia del momento. Y quiero que sepas que es real.
Me quedé mirándolo, atónito. Este chico, que parecía devorar la vida a bocados, se estaba frenando por mí. Por cuidarme.
—Gracias —dije, y lo decía en serio.
Mateo sonrió, una sonrisa torcida y cansada.
—No me des las gracias, que me está costando horrores controlarme. Vámonos. Clara debe estar preguntándose si nos han secuestrado.
—¿Nos vamos a casa?
—Sí. Se acabó la fiesta por hoy. Mañana volvemos al infierno del San Lorenzo. Y necesito dormir al menos cuatro horas si quiero enfrentarme a Bruno sin cometer un homicidio.
Volvimos a entrar para buscar a Clara. La encontramos subida a un altavoz, bailando como si fuera la reina del mundo. Nos costó diez minutos convencerla de bajar.
El viaje de vuelta en el taxi fue silencioso. Clara se quedó dormida en el hombro de Mateo. Yo iba al otro lado, mirando por la ventana.
Mateo buscó mi mano en la oscuridad del asiento trasero. Enlazó sus dedos con los míos. Apretó fuerte.
No nos miramos. No dijimos nada. Pero ahí, en ese coche que olía a ambientador de pino, con nuestras manos unidas como un nudo marinero, sentí algo mucho más potente que lo que había sentido en la discoteca.
Sentí que el nombre que él estaba escribiendo en mi piel ya no era tinta superficial. Estaba empezando a tatuarse en el hueso.
El coche paró frente a mi casa. Eran las cuatro de la mañana.
—Nos vemos mañana —susurró Mateo, soltándome la mano a regañadientes.
—Hasta mañana —respondí.
Bajé del coche y caminé hacia la puerta sin mirar atrás, porque sabía que si miraba, no entraría en casa. Me quedaría con él. Y eso, por ahora, era demasiado peligroso.
Entré en mi habitación, me quité la ropa que olía a humo y me tumbé en la cama mirando al techo.