Una noche en Berlín lo cambió todo.
Tania, vendida por su propia familia a un viejo repugnante, logra escapar de la habitación de hotel, solo para caer en otra trampa: la suite de un desconocido que también ha sido drogado. Ambos son víctimas; ninguno de los dos recuerda lo que ocurrió.
Siete años después, Tania vive como madre soltera de dos gemelos extraordinarios: Renzo, un niño de mirada helada y mente implacable, y Renzi, un pequeño hacker prodigio con el corazón más grande del mundo. Juntos son su razón de vivir, su secreto más peligroso y la prueba viva de aquella noche que juró olvidar.
Pero los secretos no permanecen enterrados para siempre.
Alex Roman Vasillo —heredero de la familia mafiosa más temida de Europa, el hombre de aquella noche— descubre la existencia de los gemelos. Y un Vasillo jamás deja que le arrebaten lo que es suyo.
Lo que comienza como una guerra por la custodia se transforma en un matrimonio forzado, una alianza imposible y, poco a poco, en algo que ninguno de los dos esperaba: un amor real nacido del caos. Pero el pasado tiene garras. Enemigos antiguos, traiciones familiares y una venganza que lleva décadas gestándose amenazan con destruir todo lo que Tania y Alex intentan construir.
En esta historia donde la mafia se encuentra con la maternidad, donde dos niños genios superan a ejércitos de adultos y donde el amor más oscuro puede ser también el más verdadero, solo una pregunta importa: ¿podrán los herederos secretos de los Vasillo sobrevivir a la guerra que su propia existencia desató?
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Episodio 30
En el momento en que el coche negro de Alex se detuvo frente al edificio de su empresa, el ambiente del lugar cambió de golpe. Los empleados que lo vieron se apresuraron a inclinar la cabeza en señal de saludo.
Alex entró sin mirar a los lados. Sus pasos eran largos y rápidos. Mario lo seguía unos pasos atrás y ya podía adivinar que el humor de su jefe no era bueno.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Minutos después llegaron al último piso.
La oficina de Alex se encontraba al fondo del pasillo: una estancia amplia con altas paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad.
Al entrar, Alex se quitó la chaqueta de inmediato y la arrojó sobre la silla. Se quedó de pie frente al ventanal con las manos en los bolsillos del pantalón.
Durante unos segundos la sala permaneció en silencio. Luego Alex habló sin girarse.
—Mario.
—Sí, señor.
—Dame toda la información sobre Diego.
Mario ya lo había presentido. Alex continuó con tono frío:
—De los últimos años. Su relación con Tania.
Por fin se giró.
—Y… quién es Tania realmente para Diego.
Mario asintió.
—Entendido, señor.
Abrió la tablet que llevaba consigo y comenzó a explicar.
—Diego Valverde —dijo Mario—.
—Hijo único de la familia Valverde. Una familia importante en los sectores inmobiliario y de inversiones en el país.
Alex ya lo sabía; la familia Valverde era bastante conocida.
Mario prosiguió:
—En los últimos años Diego ha pasado mucho tiempo fuera del país. Terminó sus estudios de negocios y desarrolló varios proyectos de inversión en Europa y Singapur.
Alex continuó escuchando en silencio.
—En cuanto a Tania…
Mario hizo una pausa y luego siguió.
—Son amigos de la infancia.
La mirada de Alex se agudizó de inmediato. Mario añadió:
—Se podría decir que muy cercanos.
—Antes solían estar juntos con frecuencia, antes de que Diego se fuera al extranjero.
Alex no dijo nada, pero su mandíbula se tensó visiblemente.
Mario continuó con cuidado.
—Algunas personas que los conocían en aquel entonces… incluso creían que Diego sentía algo por Tania.
Esa frase hizo que Alex entrecerrase los ojos.
—¿Sentía algo?
—Sí, señor.
Mario se inclinó levemente.
—Pero nunca hubo ninguna relación oficial.
Alex volvió a mirar hacia la ciudad a través del cristal; durante unos segundos no habló. Pero en su cabeza solo había una cosa que seguía resonando: la manera en que Diego había mirado a Tania. La mirada de un hombre que claramente todavía tenía sentimientos.
Alex dijo al fin en voz baja, pero cargada de peso:
—Ahora ha vuelto.
Mario asintió.
—Y se ha incorporado directamente como director en el Grupo Ocean Blue.
Alex soltó una pequeña carcajada, aunque ese sonido resultaba frío.
—Qué interesante.
Se giró para enfrentarse a Mario.
—La segunda empresa del país, después de la nuestra.
Alex se cruzó de brazos.
—Y ahora… su director es el hombre que tiene una historia pasada con la madre de mis hijos.
La mirada de Alex se oscureció.
—No me gustan estas coincidencias.
Mario entendió al instante lo que eso significaba. Alex volvió a su escritorio.
—¡Vigílalo!
La orden fue breve; Mario asintió.
—Sí, señor.
Sin embargo, antes de que Mario saliera, Alex añadió:
—Y una cosa más.
Mario se detuvo. Alex miró fijo al frente.
—Si Diego cree que puede acercarse a Tania…
Una sonrisa leve asomó en el rostro de Alex.
—Pronto lo sabrá.
El ambiente en la sala se tornó repentinamente helado.
—Que hay cosas que no puede tocar.
—Incluyendo… —Alex hizo una pausa—. A la madre de mis hijos.
Mario, que seguía de pie frente al escritorio, abrió los ojos de par en par. Las palabras de Alex le daban vueltas en la cabeza.
«La madre de mis hijos.»
Mario contempló la espalda de Alex, que estaba de pie frente a la ventana.
En su interior pensó:
«¿Qué quiso decir el señor Alex con eso? ¿Estará… celoso?»
Mario casi no podía creer lo que pensaba.
Durante años de trabajar con Alex, nunca había visto al hombre preocuparse por mujer alguna. Pero ahora, solo porque un hombre llamado Diego se había puesto junto a Tania, Alex exigía toda la información sobre él.
Mario todavía estaba sumido en sus pensamientos cuando la voz de Alex volvió a escucharse.
—Envía flores.
Mario reaccionó al instante.
—¿Perdón, señor?
Alex se giró levemente.
—Rosas rojas.
Mario parpadeó.
—Envíalas al Grupo Ocean Blue. —Hizo una pausa antes de continuar—. Para Tania.
En un segundo, los ojos de Mario se abrieron del todo.
—¿Señor?
No podía ocultar su asombro. Mario dudó antes de preguntar:
—¿Eso… no va a generar rumores?
Alex se limitó a levantar una ceja. Mario continuó con cautela:
—El Grupo Ocean Blue y Vasillo son rivales.
—Si llegan flores de parte suya allí…
Mario exhaló con suavidad.
—Eso se va a convertir inmediatamente en la comidilla de toda la oficina.
Alex esbozó una leve sonrisa, aunque no era una sonrisa cálida. Al contrario, parecía peligrosa.
—No me importa. —Su respuesta fue fría.
Alex caminó despacio hacia su escritorio.
—Que Ocean Blue sea nuestra rival o no…
Encogió un hombro con ligereza.
—Eso no tiene nada que ver con este asunto.
Mario calló. Alex lo miró directamente a los ojos.
—Hay una sola cosa que importa. —Su voz era baja, pero llena de presión—. Nadie… nadie tiene permitido acercarse a la madre de mis hijos.
Mario tragó saliva. Alex prosiguió con calma.
—Eso incluye a Diego.
La sala quedó en silencio durante unos segundos. Mario finalmente asintió.
—Entendido, señor.
Se giró para salir. Pero antes de abrir la puerta, Mario no pudo evitar pensar una vez más.
La tarde era tranquila.
Un viento suave soplaba por el jardín, mientras desde dentro de la casa llegaba el sonido de dos niños debatiendo sin tregua.
Renzo y Renzi estaban sentados en el suelo del salón rodeados de varios juguetes esparcidos a su alrededor. Pero su atención no estaba en los juguetes, sino en el mismo nombre.
—Yo sigo queriendo que sea nuestro papá.
Renzi lo dijo con cara seria. Renzo rodó los ojos con hastío.
—¡No! —Respondió tajante—. No lo necesitamos.
Renzi resopló en voz baja.
—Ni siquiera le das una oportunidad.
Renzo lo miró con dureza.
—¿Por qué te gusta tanto? —preguntó con desconfianza—. Dame una sola razón.
Pero Renzi se irguió como si llevara tiempo preparando la respuesta.
—Bien.
Levantó un dedo.
—Primer punto: el señor Alex es impresionante.
Renzo arqueó las cejas. Renzi continuó con plena convicción:
—Todo el mundo lo respeta. No solo en el país. También en Berlín.
Renzi levantó un segundo dedo.
—Tiene activos de valor incalculable. Podríamos vivir prosperamente para siempre.
Renzo resopló de inmediato.
—Eso es ser interesado.
Pero Renzi lo ignoró y levantó un tercer dedo.
—También tiene un lado compasivo.
Renzo lo miró incrédulo. Renzi habló con seriedad:
—Lo he observado. No es tan malo como la gente dice. Hay algo tierno detrás de esa cara feroz.
Hizo una pausa antes de decir en voz baja:
—Le importamos… y le importa mamá.
Renzo no respondió de inmediato, pero Renzi no había terminado.
Levantó otro dedo.
—Y lo más importante. —Su voz bajó un poco—. No me dejó morir cuando me dio la alergia.
Renzo se quedó callado. Renzi miró a su hermano con toda la seriedad que tenía.
—En ese momento ni siquiera sabía que éramos sus hijos. —Continuó con su lógica inocente—. Si hubiera querido… podría habernos hecho daño. Más siendo de la mafia. —Renzi se encogió de hombros—. Pero no lo hizo.
Durante unos segundos la habitación quedó en silencio. Luego Renzi preguntó:
—Hermano… ¿por qué lo odias tanto? —Renzo exhaló profundo. Se recostó en el sofá con cara aburrida.
—La razón es simple. —Renzo respondió sin rodeos:
—Me molesta con mamá.
Renzi arrugó el entrecejo.
Renzo continuó con tono serio.
—Nadie… nadie tiene derecho a poner triste a mamá. Ni a causarle problemas. —Miró a su hermano con expresión fría—. Y una cosa más. —Renzo se cruzó de brazos—. Solo yo tengo derecho a querer a mamá.
Renzi lo miró con cara de fastidio.
—Ah, ya veo.
Esbozó una sonrisilla.
—Eso significa que estás celoso.
Renzo frunció el ceño.
—Eres posesivo con mamá. —Renzi lo añadió con tranquilidad. Renzo se limitó a encogerse de hombros. No parecía importarle en lo más mínimo.
—Sí. —Dijo sin inflexión—. ¿Y qué?
Renzi se puso de pie desde el suelo con cara de fastidio. Miró a su hermano, que seguía sentado con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Hermano… —Su voz ya no tenía tono de broma—. Deja de mantener a mamá sola toda su vida.
Renzo levantó un poco las cejas pero no respondió.
Renzi prosiguió con una seriedad poco habitual en un niño de su edad.
—Mamá necesita vivir tranquila. —Miró a su hermano con firmeza—. Mamá también necesita una pareja.
Esa frase hizo que Renzo desviara la mirada un momento. Pero Renzi ya no quería seguir discutiendo.
Exhaló con suavidad.
—Estoy cansado de pelear contigo. —Después de decirlo, Renzi se dio la vuelta. Sus pequeños pasos hacia el cuarto resonaron suavemente en el suelo de la casa.
Pocos segundos después desapareció detrás de la puerta.
Renzo se quedó solo en el salón. El rostro del niño seguía viéndose frío. Pero su mirada estaba vacía, clavada en el suelo. Pasado un momento murmuró en voz baja.
—Mamá no necesita a nadie… —Su tono era bajo—. Mientras yo esté aquí. —Renzo se recostó entonces en el sofá.