El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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Resina
Gabriele
Contesto el teléfono con un gruñido. Mi papá es una de las últimas personas con las que quiero hablar hoy.
–Estarás feliz de saber que Angelo perdió la sensibilidad en tres dedos –masculla.
–Feliz, no. Satisfecho, sí.
–¿Qué hiciste, Gabriele?
–Creo que está claro lo que hice, le corté la mano por tocar lo que no debía.
–Por una puta sirvienta, ¿en serio? –sisea.
–Es la niñera de mi hija, no es una sirvienta. Y es la hija de Leonardo Palermo.
–Ah, Leonardo. Ahora entiendo tanto alboroto, siempre sentiste una tonta admiración por él.
–Él me enseñó todo lo que sé.
–¿Y qué hay de mí? –pregunta ofendido.
–No me enseñaste nada.
Comienza a maldecir en italiano y a tirar cosas, imagino por el estruendo que escucho. Cuando era pequeño y hacía eso me sentía aterrado y corría hacia mamá o Anna por protección, aunque era infructuoso, siempre me alcanzaba y me golpeaba. Ahora al escucharlo no siento nada, solo lástima.
–Deberías aprender a controlarte –sugiero.
–¡Tú deberías aprender a respetar! –sisea–. Si quiero que esa muchacha o cualquier otra atienda a mis amigos, lo harán. Esa es la única función de la mujer; entretener a un hombre.
–Sofía no lo hará.
Papá ríe. –Ahora entiendo. Así que es tu puta personal. Deberías haberlo dicho, Angelo podía esperar hasta que te aburrieras de ella.
–Cuida tus palabras, Alessandro –siseo–. Recuerda con quien estás hablando. No me des más razones para desaparecerte, tú sabes que ya tengo más que suficientes.
–¿Vas a seguir con lo mismo?
–Mamá murió por tu culpa, la intercambiaste por tu vida.
–No repitas eso. Nadie puede saberlo.
Me rio. –¿Tienes miedo de que todos conozcan lo cobarde que es el gran Alessandro Saviano? Un puto cobarde que ofreció a su mujer para salvarse.
–¡No lo harías!
–Oh, haré más que eso. Tú espera y verás –digo y cuelgo furioso.
Maldito viejo.
Si no fuera porque estoy en medio de una guerra con La Cosa Nostra ya me hubiese vengado de ese maldito viejo. Pero primero voy a eliminar a los asesinos de mamá, luego seguiré con el autor intelectual del crimen.
Miro la puerta de mi habitación y maldigo. De nuevo Sofía no vino.
Han pasado dos semanas desde que la follé y aún no ha vuelto a mi habitación. No creí en sus palabras, pero ahora comienzo a pensar que me estaba diciendo la verdad cuando me dijo que no se volvería a repetir.
Ella no conoce lo persuasivo que puedo ser.
Camino furioso hacia su habitación y abro la puerta de un golpe. Sofía no está en su cama, ni en el baño, ni en ningún lado.
No pienso dormirme de nuevo con una erección.
Voy a la habitación de Mía y ahí está ella, en el suelo con la mano en la cuna de Mía. Me doy cuenta de inmediato que algo no está bien. Mi hija está llorando y Sofía no reacciona.
Me acerco a su lado y cojo su rostro. Mierda, está ardiendo.
–Sofía –la llamo, pero no reacciona–. Sofi –insisto.
Murmura palabras sin sentido, pero no despierta. Toda su ropa está mojada por el sudor.
–¡Anna! –grito con todas mis fuerzas–. ¡Anna, ven ahora mismo!
Sé que me escuchará, es la única empleada que duerme en el segundo piso.
Acaricio su bello rostro, intentando que despierte. –Sofí, despierta. ¡Anna! –sigo gritando.
Algo va muy mal.
La tomo en brazos y camino hacia la puerta, donde aparece Anna por fin.
–¿Qué pasa? –pregunta asustada.
–No lo sé. La llevaré al médico, cuida a Mía.
–Sí, señor.
En el camino llamo a Matteo, quien me responde al segundo tono.
–¿Señor?
–Vamos a la Clínica ahora.
–Sí –dice antes de cortar.
Me giro al escuchar a alguien a mi espalda. –La niña Sofía no quiso comer hoy, me dijo que no se sentía muy bien.
–¿Por qué mierda nadie me dijo? –pregunto furioso.
–Lo siento, señor, no pensé que fuera de su interés conocer sobre la salud de los empleados –devuelve.
–Olvídalo –digo y me apresuro en salir–. Vigila a Mía, si la niña tiene fiebre puede que tenga lo mismo que Sofi.
–No tiene fiebre, señor. Tiene hambre.
Me relajo. Por lo menos mi hija está bien.
Salgo al jardín y me tranquilizo al ver un auto acelerando hacia mí, para luego detenerse bruscamente.
Abro la puerta y me siento en la parte de atrás con Sofi.
–No te preocupes por la velocidad. Si te sigue la policía no desaceleres. Es una orden.
–Sí, señor –responde y el auto se mueve con brusquedad hacia delante.
Mi ropa comienza a mojarse con el sudor de Sofía, pero no me importa. Ya he tenido su cuerpo sudado junto al mío, claro que fue en una situación distinta y mucho más agradable.
–¿Por qué no me dijiste que te sentías mal? –le pregunto.
Maldita sea, debería haberme dicho.
Beso sus labios que arden contra los míos y luego descanso mi cabeza en su frente.
Quema. Todo su cuerpo quema.
–Vas a estar bien, Sofi. Te lo juro.
–Señor –me llama Matteo y solo entonces me doy cuenta que ya estamos en la Clínica.
Salgo del auto y entro con ella en brazos.
–¡Un médico, es una urgencia! –pido a gritos.
Se acerca personal y antes de poder entender qué está pasando, me quitan a Sofi y la llevan lejos de mí. Los sigo por el pasillo, pero me detienen.
–No puede pasar –dice una enfermera de unos sesenta años–. Lo mantendremos informado –agrega antes de cerrar la puerta.
Golpeo la puerta con furia, sintiéndome impotente.
Por el bien de este lugar espero que me entreguen a Sofi a salvo. De lo contrario lo reduciré a cenizas. Al edificio y a la gente que hay en él.
*****
–¿Envenenada? –pregunto sin poder creer lo que estoy escuchando.
–Sí, con resina. Le dimos aviso a las autoridades… –sigue parloteando, pero mi cabeza ya está corriendo.
–Las autoridades no serán necesarias.
–Me temo que sí.
–No –insisto. Muestro el tatuaje en mi muñeca, que todos en esta ciudad conocen, y el doctor palidece–. Soy Gabriele Saviano, ¿necesito agregar algo más?
Niega con la cabeza de inmediato, mirándome con terror.
–¿Se sabe cómo llegó el veneno a su organismo? –pregunto.
–Sí, lo ingirió. Su sistema digestivo está dañado, tiene sangrado intestinal, daños de magnitud en su garganta, esófago y estómago. También tiene un edema pulmonar agudo que estamos tratando. Intentaremos salvarla, pero en este momento no podemos asegurarle nada.
Lo cojo por el cuello. –Vas a salvarla. Si ella vive tú vives, si ella muere, tú y toda persona que signifique algo para ti morirá, ¿capisci?
Asiente.
–Sofía se va a salvar, así tenga que matar a alguien para conseguir un pulmón y un estómago nuevo. Ve a hacer tu trabajo –siseo y lo suelto.
El doctor cae al suelo y corre hacia la sala donde están atendiendo a Sofi.
Tomo mi teléfono y llamo a Anna.
–¿Cómo está la niña Sofía?
–¿Qué comió Sofía hoy?
–Nada, señor. Como le expliqué me dijo que se sentía mal.
–Piensa, Anna, tuvo que haber comido algo hoy, ayer estaba bien.
–Lo único que la vi tomar fue una de las nuevas fórmulas de la niña, pero apenas la probó botó el contenido del biberón, dijo que sabía horrible y no le daría eso a Mía.
–¿Dónde lo compró?
–No lo sé, siempre compra en esas aplicaciones que tiene en su celular.
–¿El tarro está en la cocina?
–No lo sé –dice y la escucho caminar–. Sí, señor, aquí está.
–Voy para allá. No le des nada de comer a mi hija hasta que yo lo autorice.
–Sí, señor –me asegura.
Aunque no quisiera dejar a Sofía, tengo que hacerlo. Voy a averiguar cómo llegó ese veneno a la casa, y quién lo envió. Y sea quien haya sido no encontrará un lugar donde esconderse. Lo atraparé y lo mataré lentamente. Muchas imágenes se cruzan por mi mente. Podré probar técnicas de tortura que he querido perfeccionar hace tiempo.
Si iré al infierno por esto, lo haré feliz.
Nadie se mete con lo que es mío.