Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 28
...Val....
Me fui.
Esperé a que Seb saliera a correr — lo hacía todas las mañanas a las seis, veinticinco minutos, la misma ruta— y recogí todo.
Mi cepillo de dientes del baño. La liga del pelo que dejé en su mesita de noche. La sudadera que me prestó y que había dejado de devolver. Los aretes que se me cayeron debajo de su cama la primera noche. Todo lo que era mío en su departamento, cada rastro de mi presencia, lo metí en una bolsa de plástico y me lo llevé.
No dejé nota. No dejé explicación. Solo un departamento limpio, como si nunca hubiera estado ahí.
Me subí al taxi que pedí con una calma que parecía ensayada. Porque lo era. Ya lo había hecho antes. Con Luciano, con amigos, con cualquiera que se acercara demasiado. La mecánica era siempre la misma: cuando alguien cruzaba la línea, cuando la intimidad dejaba de ser algo que yo controlaba y se convertía en algo que me controlaba a mí, me iba.
Era lo más cobarde que sabía hacer. Y era lo único que me mantenía a salvo.
En el taxi, saqué mi teléfono. Busqué el archivo del estudio médico que me hice la semana pasada. Resultados de laboratorio completos: sangre, orina, pruebas de ETS. Todo negativo. Todo limpio.
Se lo mandé a Seb por mensaje.
«Adjunto mis resultados médicos. Todo limpio. Puedes hacerte los tuyos si quieres.»
Después lo bloqueé. En WhatsApp, en llamadas, en todo. Borré su número de mis contactos. Y sentí que algo dentro de mí se arrancaba como una tirita de la piel, dejando la carne viva abajo.
Llegué a mi departamento. Dejé la bolsa con mis cosas en el piso de la entrada. Me senté en el sofá. Miré el techo.
El departamento estaba en silencio. No olía a ajo ni a chipotle ni a suavizante de sábanas. No sonaba la cafetera ni había pasos en el pasillo. Solo silencio y las paredes que yo conocía de memoria y la soledad a la que estaba acostumbrada.
Es mejor así, me dije.
Si me quedo, va a descubrir lo de papá. Va a descubrir lo de mamá. Va a ver las partes de mí que ni yo puedo mirar. Y cuando las vea, se va a ir. Todos se van. Es mejor irme yo primero.
Es mejor así.
No me lo creí.
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...Seb....
Abrí la puerta de mi departamento a las seis y veintisiete de la mañana, con la camiseta empapada de sudor y la respiración todavía alta, y supe que algo estaba mal antes de dar tres pasos.
Olía diferente.
No el olor del café que Val preparaba cuando se despertaba antes que yo. No su champú en el baño ni el residuo de perfume que dejaba en la almohada. Olía a departamento vacío. A aire que no se ha movido. A nadie.
Caminé al baño. Su cepillo de dientes no estaba. Su liga del pelo no estaba. El frasco de crema que dejaba junto al lavabo no estaba.
Fui al cuarto. Su ropa no estaba. Los aretes no estaban. La sudadera que era mía pero que ya era suya no estaba.
Revisé el teléfono. Un mensaje de Val. Resultados de laboratorio. Y después: número bloqueado. Todas las plataformas.
Me senté en la cama.
Miré el espacio donde ella durmió anoche. La sábana todavía tenía la marca de su cuerpo, la hendidura de su cabeza en la almohada. Anoche me contó que su madre olía a gardenias. Anoche me abrazó cuando yo temblaba. Anoche me besó las cicatrices que nadie había besado.
Y esta mañana se fue como si nada de eso hubiera pasado.
Sentí algo subir por mi pecho. No era tristeza. Era algo más caliente, más rojo. Me ardió la cara y me apretó la mandíbula y me hizo levantar del colchón con una energía que no era buena.
Vi el peluche de Pikachu que estaba en la repisa de la sala. Se lo gané en una feria hace tres semanas, cuando fuimos a una kermés cerca del aeropuerto. Val lo vio, dijo que era "ridículo", y después lo abrazó durante toda la noche de película como si fuera un niño. Yo lo guardé en la repisa porque verlo ahí me recordaba su cara cuando pensaba que nadie la veía: suave, sin defensas, real.
Agarré el Pikachu. Lo miré un segundo.
Lo estrellé contra la pared.
El peluche rebotó y cayó al piso con un sonido blando que me dio más rabia. Quería que se rompiera. Quería que algo se rompiera como yo me estaba rompiendo. Lo agarré otra vez y lo azoté contra el piso, una, dos, tres veces, hasta que la costura del costado se reventó y le salió el relleno blanco por un lado.
Me quedé ahí. De rodillas en la sala. Con un Pikachu destripado en las manos. Respirando como si hubiera corrido diez kilómetros más.
No estaba enojado con el peluche. No estaba enojado con Val, aunque quería estarlo. Estaba enojado conmigo. Porque sabía que esto iba a pasar. Cada vez que nos acercábamos, ella corría. Cada vez que yo le mostraba algo real, ella huía. Era su patrón. Su refugio. Su forma de sobrevivir.
Y yo seguía cayendo.
Solté el Pikachu. Lo miré en el piso, con la panza abierta y el relleno saliendo como tripas de algodón. Después de un rato largo, lo recogí. Le metí el relleno adentro. Lo puse en la repisa, con la costura rota mirando hacia la pared para que no se viera.
Me senté frente a la computadora. Abrí el navegador.
Escribí: "Valentina Mendoza".
Aparecieron resultados. Un perfil profesional. Una nota antigua de un periódico local sobre una joven controladora de tráfico aéreo que ganó un reconocimiento de la autoridad de aviación civil. Una foto borrosa de una cena empresarial donde salía al fondo, junto a un hombre canoso que debía ser su padre.
No era suficiente.
Escribí: "Fernando Mendoza empresario".
Más resultados. Grupo Mendoza. Negocios inmobiliarios. Socios con apellidos que reconocí del mundo de los negocios. Una nota sobre una investigación fiscal que se cerró "sin hallazgos". Otra sobre una donación a una fundación infantil que parecía más lavado de imagen que filantropía.
Escribí: "Elena Aranda Mendoza".
Y ahí estaba.
Una nota de hacía diez años. Un párrafo corto en la sección de sucesos de un periódico local. "La señora Elena Aranda de Mendoza, de 45 años, fue trasladada de urgencia al Hospital Central tras sufrir una caída en su domicilio. Su estado es reportado como grave."
Una caída.
Diez años en coma por una caída.
Cerré la computadora. Me quedé mirando la pantalla negra.
Val no solo estaba cargando con su padre, con Luciano, con Camila. Estaba cargando con diez años de una madre que no despertaba y un secreto que olía a algo mucho más oscuro que un accidente doméstico.
No iba a esperar más. No iba a contar hasta diez. No iba a respetar sus muros ni sus bloqueos ni sus huidas.
Iba a averiguar qué le estaba haciendo pedazos.
Y después iba a ir por ella.
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