Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 28 CLARIDAD.
Esa noche, Maya no pudo dormir.
Dio vueltas en la cama, miró el techo, contó ovejas imaginarias, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Dante diciendo "si eso es querer, entonces la quiero". Y su corazón se aceleraba.
Se levantó pasada la medianoche, se puso la bata sobre el camisón y bajó las escaleras con paso silencioso. No sabía adónde iba. Sus pies la llevaron a la biblioteca, como tantas otras noches.
La puerta estaba abierta.
Dante estaba allí, sentado en el sillón de cuero junto a la chimenea. Pero esta vez no había fuego. Solo una lámpara de pie, encendida, que proyectaba sombras bailarinas en las paredes forradas de libros. Tenía una copa de whisky en la mano, pero apenas había bebido. Sus ojos grises estaban fijos en el vacío, perdidos en algún pensamiento que Maya no podía adivinar.
—Otra vez tú —dijo, sin volverse—. ¿Tampoco puedes dormir?
—No —respondió Maya, entrando y cerrando la puerta detrás de ella.
—¿Quieres un whisky?
—No bebo.
—Yo tampoco. Pero me ayuda a fingir que sí.
Maya se acercó a él. No se sentó en el sillón de enfrente, como otras veces. Se sentó en el brazo del suyo, igual que aquella noche después del ataque. Dante no se movió, pero su cuerpo se relajó ligeramente.
—Hablé con tu madre —dijo, después de un momento.
—Lo sé.
—¿Escuchaste?
Maya vaciló.
—Parte.
Dante cerró los ojos.
—Entonces sabes que soy un idiota.
—No —respondió Maya, con una ternura que la sorprendió a sí misma—. Sabes que eres humano. Y eso da más miedo que todas las historias que cuentan de ti.
Dante abrió los ojos y la miró. Por primera vez, no había máscara. No había frialdad. No había cálculo. Solo un hombre cansado, roto, que había pasado toda su vida construyendo murallas y que de repente se daba cuenta de que alguien había encontrado la puerta trasera.
—Maya —dijo, y su voz era apenas un susurro—. ¿Qué estamos haciendo?
—No lo sé —respondió ella, con honestidad—. Pero no quiero que pare.
El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo. Era íntimo, cargado de una electricidad que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.
Dante levantó una mano y le tocó la mejilla. Sus dedos, ásperos por los callos, recorrían la piel suave de Maya con una lentitud que dolía de lo hermosa que era.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Sí —admitió Maya—. Pero no de ti. De mí. De lo que siento cuando estoy contigo.
—¿Y qué sientes?
Maya bajó la mirada. Sus manos, apoyadas en las rodillas, temblaban ligeramente.
—Que no quiero estar en ningún otro lado —susurró—. Que cuando te vas, cuento los minutos hasta que vuelves. Que cuando me miras, siento que soy la única persona en el mundo. Que cuando me besaste en la frente, antes del rescate, sentí algo que no había sentido nunca. Y eso me aterra, Dante. Porque no sé si es real. No sé si es el contrato, o el miedo, o la costumbre. No sé si te quiero a ti o a la idea de que alguien me proteja.
Dante no respondió de inmediato. Sus dedos siguieron acariciándole la mejilla, el borde de la mandíbula, el lóbulo de la oreja.
—Yo tampoco lo sé —dijo al final—. Nunca he querido a nadie. No sé cómo se hace. No sé si lo estoy haciendo bien. Pero sé que cuando no estás, la casa se siente vacía. Y sé que cuando sonríes, se me para el corazón. Y sé que si alguien intentara hacerte daño, lo mataría con mis propias manos. Y no me importarían las consecuencias.
Maya levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
—Eso suena como amor —dijo.
—No sé cómo se llama —respondió Dante—. Pero quiero descubrirlo. Contigo.
Y entonces, sin saber quién se movió primero, sus labios se encontraron.
No fue como el beso de la boda civil. No fue seco, ni protocolario, ni frío. Fue un beso lento, profundo, que empezó como una pregunta y terminó como una respuesta. Los labios de Dante eran firmes, pero se movían con una suavidad que contrastaba con todo lo que sabían de él. Los de Maya temblaban al principio, pero poco a poco se fueron adaptando, encontrando el ritmo, perdiéndose en la sensación.
Cuando se separaron, los dos estaban sin aliento.
—Eso no fue ensayado —susurró Maya.
—No —respondió Dante, con una sonrisa que Maya nunca le había visto. Era una sonrisa pequeña, casi tímida, completamente diferente de la sonrisa afilada y peligrosa que mostraba al mundo—. Eso no fue ensayado.
Maya apoyó la frente en la suya. Cerró los ojos.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dijo Dante, rodeándola con los brazos y atrayéndola hacia él—, ahora podemos quedarnos aquí. O podemos subir a tu habitación. O podemos seguir como hasta ahora, fingiendo que no pasa nada. Tú decides.
Maya abrió los ojos y lo miró.
—No quiero fingir —dijo—. Ya no.
Dante asintió.
—Entonces no finjamos.
Se quedaron en la biblioteca, abrazados, hasta que el fuego de la chimenea se apagó del todo. Hablaron de cosas pequeñas: de los libros que Dante guardaba en las estanterías (descubrió que tenía una primera edición de Cien años de soledad que le había costado una fortuna), de las canciones que Maya tarareaba cuando creía que nadie la escuchaba (boleros viejos que le había enseñado su abuela), de los sueños que cada uno había enterrado para sobrevivir.
Dante le contó que de niño quería ser médico. Que quería curar a la gente, no matarla. Que esa idea había muerto la noche que mató al cuidador.
Maya le contó que soñaba con abrir una galería de arte. Un espacio pequeño, íntimo, donde mostrar artistas locales que nadie conocía. Que esa idea había muerto el domingo que todo cambió.
—Quizá no tenga que morir —dijo Dante—. Quizá puedas hacerlo igual.
—¿Aquí? ¿En esta ciudad? ¿Siendo la esposa de Dante Carusso?
—Sobre todo por eso. La esposa de Dante Carusso puede hacer lo que quiera. Nadie se atreverá a decirle que no.
Maya rió. Una risa sincera, limpia, que hacía semanas que no salía de su boca.
—¿Estás usando tu poder para ayudarme a cumplir mis sueños?
—Eso es lo que hace la gente que se quiere, ¿no? Ayudarse mutuamente.
—No sé —respondió Maya, con una sonrisa cómplice—. Nunca he querido a nadie. Pero quiero aprender. Contigo.
Dante la besó otra vez.
Esta vez, el beso duró más.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias