Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.
"Me da asco con solo mirarla."
Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.
Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.
Y hay alguien que lo nota.
César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."
Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.
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Capítulo 28
Leya permaneció unos segundos en su lugar, abrió de nuevo la tablet que tenía en la mano y se alejó caminando como si la conversación anterior no significara gran cosa para ella.
Sin embargo, apenas había dado unos pasos cuando una voz familiar se escuchó a sus espaldas.
—Vaya... no sabía que podías ser tan despiadada cuando te pones seria.
Leya volteó. César estaba recargado contra la pared del pasillo con ambas manos metidas en los bolsillos de su pantalón de piloto. Al parecer, el hombre llevaba ahí un buen rato.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Leya.
César se encogió de hombros con desenfado.
—Lo suficiente para escucharte casi arrastrar a alguien a un tribunal.
—Es un hecho; si yo quisiera... ella podría ir a la cárcel —Leya bufó con suavidad.
César sonrió levemente y caminó hacia Leya. Su mirada se desvió un instante hacia la puerta de la oficina de Recursos Humanos donde Vanessa había entrado.
—¿Estás bien? —preguntó en voz más baja.
Leya asintió.
—Para mí, todo eso ya quedó atrás. A menos que ella vuelva a causar problemas.
César observó el rostro de la mujer durante unos segundos, asegurándose de que Leya de verdad no estuviera afectada.
—En ese caso... ya que el drama terminó, ¿qué te parece si esta noche celebramos algo?
Leya frunció el ceño.
—¿Celebrar qué?
César se inclinó hacia ella y susurró con tono juguetón:
—Celebrar el hecho de que la futura cuñada de mi hermana... logró darle un giro a su vida.
—¡De acuerdo! En mi casa. Invita a Doña Carmen y también a Valentina —respondió Leya con naturalidad.
César se sorprendió de golpe; esperaba que Leya se negara. Los ojos le brillaron.
—¿Las dos familias cenando juntas? ¿Hablas en serio?
Leya asintió.
—Solo una cena como muestra de gratitud. ¿Qué estabas pensando? No me digas que creías que era una cena para celebrar que somos novios.
—¿Y no lo es? —preguntó César.
—Claro que no —respondió Leya de inmediato—. Todavía estoy en mi período de espera legal, así que no puedo tener una relación con otro hombre. Si de verdad quieres estar conmigo, espera a que termine ese plazo.
Leya soltó una risita por haber logrado jugarle una broma a César. Acto seguido, dio media vuelta y se alejó.
—¡Leya! ¡Lo hiciste a propósito! —refunfuñó César.
Aun así, César caminó tras ella entre risas contenidas.
* * *
Esa noche, el ambiente en la casa de los padres de Leya se sentía más animado de lo habitual.
En el comedor, las dos familias se sentaron alrededor de la mesa larga. Doña Sofía se veía atareada acomodando los platos, mientras Don Eduardo conversaba tranquilamente con Doña Carmen. Al otro lado de la mesa, Valentina ya había empezado a charlar con Mateo, que lucía de lo más entusiasmado.
—Mateo, si algún día te subes al avión que pilotea tu mamá... ¿quieres sentarte adelante con el tío César o atrás con la tía Vale? —preguntó Valentina.
—¡Adelante! —respondió Mateo sin dudar.
Valentina se rio.
—O sea, con tu futuro papá. ¿A Mateo también le gustan los aviones?
Mateo asintió con orgullo.
—¿Y el tío César, te cae bien? —volvió a preguntar Valentina.
—¡Claro que sí! ¡El tío César es genial! —respondió el niño.
—Mira, todos ya están de acuerdo. Solo falta que pase el tiempo... —Valentina sonrió con picardía.
Mientras tanto, en la cabecera de la mesa, Leya estaba sentada al lado de César. La mujer echaba miradas de vez en cuando hacia su familia, que se veía tan unida. El ambiente era demasiado cálido, tanto que Leya llegó a sentirse un poco incómoda.
César se inclinó ligeramente hacia ella.
—Se te nota tensa.
—No estoy tensa... —respondió Leya en voz baja.
César solo sonrió con sutileza.
—Mentirosa.
Leya bufó, pero al final terminó sonriendo también.
La cena se prolongó bastante. Las carcajadas estallaron varias veces en la mesa, sobre todo por culpa de Valentina, que no paraba de molestar a su hermano.
—Mi hermano siempre fue así —dijo Valentina señalando a César—. Cuando le gusta alguien, se pone terco como una mula.
—Valentina —murmuró César a modo de advertencia.
—¿Qué? Solo estoy siendo honesta.
Varios de los presentes se rieron. Leya se limitó a bajar la mirada mientras removía su comida con suavidad.
Cuando la cena terminó, parte de la familia se trasladó a la sala. Mateo ya se había quedado dormido en su cuarto, agotado de tanto jugar.
Mientras tanto, en la terraza, Leya estaba de pie contemplando el jardín. La brisa nocturna soplaba con suavidad. Unos segundos después, César llegó y se paró a su lado.
—¿Cansada? —preguntó.
—Un poco.
Permanecieron en silencio unos instantes.
Leya aspiró despacio.
—César...
—¿Hmm?
Leya volteó hacia él; su mirada esta vez era más serena que de costumbre.
—Ya no voy a negarlo.
César arrugó ligeramente el ceño.
—¿Negar qué?
—Que siento algo por ti.
Esas palabras hicieron que César girara la cabeza hacia ella con una expresión de incredulidad.
Sin embargo, Leya se apresuró a continuar:
—Pero todavía no puedo casarme ahora. Como te dije esta tarde... mi período de espera legal aún dura dos meses más.
Leya hizo una pausa.
—Y mientras dure ese plazo, tampoco puedes pedirme matrimonio.
—Lo sé —César exhaló despacio y esbozó una sonrisa discreta.
Leya lo miró, un poco sorprendida.
—¿Lo sabías?
—¿Crees que no me informé?
Entonces la miró con seriedad.
—Dos meses... no es tanto tiempo. Ya te esperé hasta aquí; dos meses más no son ningún problema. Voy a preparar todo para pedirte matrimonio formalmente cuando llegue el momento. Pero tienes que prometerme una cosa: nunca voltees a ver a otro hombre. Porque tú... eres mía.
Leya contempló al hombre con los ojos vidriosos; algo cálido se expandió en su pecho. Pero antes de que el momento se pusiera demasiado solemne, la voz de Valentina se escuchó de pronto desde el interior de la casa.
—¡Hermano! ¡No te quedes tanto rato afuera! ¡El sereno de la noche se va a llevar a Leya!
César se llevó los dedos a la sien al instante.
—¿Ves...? Ya empezó otra vez.
Leya soltó una risita.
César tomó la mano de Leya, y ella no la retiró. Para César, eso ya era más que suficiente por ahora.