Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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El reencuentro
Arabella alzó la vista hacia Samuel, que le sonreía, y sus labios dibujaron también una sonrisa.
—Tienes razón. Está Amara, a quien tengo que hacer feliz.
—Sí, ¡tienes que echarle ganas por tu hija! —Samuel le dio unas palmaditas suaves en la cabeza, como acostumbraba a hacer.
Pero para Mateo, ardiendo de celos, aquel gesto era insoportable. El pecho le dolía tanto que le entraron ganas de molerlo a golpes.
Arabella y Samuel se dirigieron a la mesa que tenían asignada, una de esas mesas con el nombre de cada invitado.
—Oye, ¿adónde vas?
Maira le sujetó el brazo a Mateo cuando este intentó marcharse, y él resopló con fastidio.
—Suéltame. Ocúpate mejor de tu ricachón —Mateo le apartó la mano de un manotazo y se fue.
—Uf, ¡qué odioso, Mateo! —bufó Maira, a quien habían dejado sola en su mesa, la mesa VIP reservada para la familia.
Al poco llegaron sus padres. Solo encontraron a Maira. ¿Y Mateo?
—Cariño, ¿dónde está tu hermano? —Delia se sentó después de que Adán le retirara la silla; aquella pareja, ya entrada en años, seguía luciendo igual de compenetrada.
—Y yo qué sé —contestó Maira, de mala gana, todavía enojada.
Adán paseó la mirada por el salón y sonrió al ver a dos personas sentadas conversando, muy cerca la una de la otra.
A lo mejor Mateo ya vio a Arabella, pensó.
Poco después empezó el evento. Los modelos desfilaron por la pasarela con las mejores creaciones de los mejores diseñadores participantes; el evento estaba abierto a quienes quisieran abrirse camino. Y Adán lo había planeado todo al detalle para que Arabella no sospechara nada. De la ciudad donde ella vivía habían acudido varios que ni siquiera daban crédito a tener una oportunidad como los demás.
—Sus creaciones son preciosas —murmuró Arabella, y Samuel alcanzó a oírla.
Samuel sonrió y volvió a rodearle el hombro; a propósito había corrido su silla para quedar más cerca de su hermana.
—Las tuyas no se quedan atrás; es más, son mejores que las de ellos.
Arabella suspiró. Samuel decía la verdad: el talento que su hermana había ocultado durante tres años por fin salía a la luz. Arabella lo había dejado de lado para trabajar y ganar dinero, aunque nunca dejó de diseñar en sus ratos libres, y siempre sin que Mateo lo supiera.
Mateo, de pie no muy lejos de la mesa de Arabella, apenas lograba contener la rabia; los celos lo carcomían al ver la complicidad entre aquellos dos.
Un aplauso atronador estalló cuando los modelos terminaron de exhibir todas las creaciones. Llegaba el momento de que el jurado veterano diera su veredicto.
—Esperemos que el resultado esté a la altura, porque el trabajo de los diseñadores es verdaderamente deslumbrante —anunció el presentador, que también aguardaba con expectación el fallo entre tantos participantes.
—Samuel, voy un momento al baño —Arabella se removía incómoda en su asiento; necesitaba desahogar los nervios.
—Uf, tú siempre igual. Seguro que estás nerviosa —chasqueó Samuel, fastidiado.
Arabella se limitó a sonreírle, enseñando su hilera de dientes blancos hasta las encías.
—¡Es una costumbre tuya! —refunfuñó Samuel.
Y era cierto: Arabella tenía la costumbre de ir al baño cuando estaba así de nerviosa. Había llegado a dirigir reuniones con gente importante sin ponerse tan nerviosa como ahora.
Al salir del baño, Arabella se detuvo frente al espejo para comprobar que seguía impecable. Se retocó un poco el lápiz labial y salió para volver al evento.
Pero quién iba a decirle que, al salir, se encontraría con un hombre de pie, apoyado en la pared, con los ojos cerrados y la cabeza alzada.
—M-Mateo.