Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Nunca fui su prisionera
Alessia
Tomo la mano de Fabi mientras el auto avanza a toda velocidad.
Debería ser un momento feliz.
Volveré a casa.
Podré a abrazar a mamá.
Podré volver a mi habitación.
Debería ser un momento feliz. Pero no lo es.
La opresión en mi pecho me hace difícil poder respirar.
Miro el perfil de Fabiano mientras intento memorizar su rostro. Cada ángulo. Cada línea.
—No quiero olvidar tu rostro —susurro.
Estamos solos en el auto a excepción del chofer.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos.
Está sufriendo. Puedo verlo.
Su mano presiona más la mía, pero no dice nada.
No sé si es mejor o peor.
Quizá es mejor.
Porque si me dice que me quiere… no podré volver, y eso significará que Lucio no entregará a su hermana.
Y Fabi ama a su hermana.
Es su gemela. La quiere de vuelta.
A lo mejor la única que está sufriendo soy yo. Quizá solo fui un momento agradable para él, una entretención.
Quizá sea mejor así.
Me obligo a mirar por la ventana, porque ver su rostro me está haciendo daño.
Estar a su lado sin poder besarlo me está haciendo daño.
No poder ver su sonrisa me está haciendo daño.
Todo él me hace daño.
Y entonces lo entiendo.
No era el síndrome de Estocolmo.
No era la cercanía.
No era la gratitud.
Me enamoré de él.
Un sollozo se escapa antes de que pueda contenerlo.
¿Qué voy a hacer cuando otro hombre crea tener derecho a tocarme?
Cierro los ojos con fuerza.
Intento imaginar a Adriano besándome. A un hombre que nunca he visto en mi vida. Sus manos sobre mi cuerpo. Su voz llamándome esposa.
El aire abandona mis pulmones.
No.
No voy a poder.
No después de Fabiano.
No después de descubrir lo que se siente cuando un hombre te mira como si tuvieras derecho a decidir sobre tu propia vida.
No después de saber lo que se siente estar a salvo entre sus brazos.
Me llevo la mano libre al pecho.
Duele.
Duele tanto que por un instante deseo que Lucio nunca hubiera aceptado el intercambio.
El pensamiento me atraviesa como un cuchillo.
Abro los ojos de golpe.
¿Qué clase de hija desea no volver a abrazar a su madre?
¿Qué clase de hermana preferiría seguir secuestrada?
Las lágrimas comienzan a caer una detrás de otra.
Estoy rota.
Y lo peor de todo es que una parte de mí acaba de descubrir que el único lugar al que realmente quiere volver está sentado a mi lado.
Fabiano es ese lugar que nunca creí encontrar.
Su mano se tensa sobre mis dedos antes de empujarme a su regazo.
—No llores, Alessia —me pide en un susurro mientras sus labios acarician mi frente—. No puedo soportar verte llorar.
—Voy a extrañarte tanto —sollozo mientras sostengo su rostro—. No quiero olvidarte, pero si no lo hago mi vida será un infierno.
Toma mi mano y besa mis dedos.
—Lo sé, cariño.
—Quiero que te duela a ti también. ¿Me hace eso una persona horrible?
Sacude su cabeza antes de capturar mis labios.
Me deshago en este beso.
Es una despedida. Puedo sentir su urgencia, su anhelo y su miedo también.
Puedo sentir cada cosa.
Enredo mis dedos en su cabello oscuro mientras me derrito contra su cuerpo.
Nuestro último beso… Quisiera poder detener el tiempo.
Quisiera poder morir ahora para no tener que despedirme de él.
—Te quiero —susurra contra mis labios—. Te quiero, Alessia Castelli.
Mi corazón deja de latir por unos segundos para luego comenzar una marcha.
Es un te quiero, no un te amo, no un estoy enamorado de ti, pero aun así es más de lo que esperaba. Es más de lo que tengo derecho a esperar.
Respiro sobre sus labios. Y es doloroso.
Miro el anhelo en sus ojos y siento como enormes lágrimas bajan por mis mejillas.
—Yo también te quiero, Fabi.
Apoya su frente en la mía.
El auto se detiene.
Sus dedos se entierran en mis caderas, como si no quisiera dejarme ir. Como si no soportara hacerlo.
Como si esto lo estuviera matando tanto como a mí.
—No puedo hacer esto —susurra tan despacio, que creo que más que una declaración es un pensamiento en voz alta.
Sostengo su rostro.
—Tienes que hacerlo. Te odiarás si no lo haces.
—Júrame que serás feliz, que me olvidarás, que podrás ser feliz junto a tu esposo.
Cierro mis ojos.
—Fabi… yo no…
—Júramelo, Less, por lo que más quieras. No podré vivir conmigo sí sé que estás sufriendo.
Un golpeteo en el vidrio anuncia que llegó el momento.
—Lo juro —miento y me bajo antes de que pueda ver la verdad en mis ojos.
Estamos en un terreno vacío rodeado de autos. Mattheo está a unos metros con docenas de guardias armados.
A unos cien metros hay una fila de autos.
Contengo el aliento cuando de uno de ellos se baja mi hermano sosteniendo bruscamente a una mujer.
—Fabi…—susurro cuando Lucio se acerca al punto de encuentro, a un árbol que está a unos treinta metros.
Cloe está gravemente herida y sé que su cautiverio y el mío fueron muy diferentes.
Su rostro está inflamado con cardenales decorando sus mejillas y sus brazos.
Su cuello es un desastre de dedos marcados y uno de sus ojos casi no se ve.
Fabiano se tensa y sé que le está costando todo de él no matar a mi hermano.
Mattheo y él están sufriendo.
Lucio besa el cuello de Cloe y Fabiano toma su arma al igual que Mattheo.
Mi estómago se retuerce cuando mi hermano, mi propio hermano, lame el rostro de Cloe, quien se encoge asqueada y aterrada.
—¡Lucio! —grito con ira— Por favor, déjala.
Los ojos oscuros de Cloe, iguales a los de su hermano, se clavan en mí.
Mi hermano no me mira, lo único que hace es tocar a Cloe de una forma que me provoca vomitar.
Me lanzo contra él y golpeo su pecho.
—¡No la lastimes! —le grito y pateo su canilla.
Mi hermano me mira con frialdad. Levanta su mano y me golpea tan fuerte que caigo al suelo.
—¡NO! —masculla Mattheo.
Volteo para verlo. Está intentando detener a Fabiano, quién tiene su arma apuntando contra mi hermano.
—Fabi…—susurra Cloe y Fabiano se detiene.
Lucio suelta a Cloe y la empuja hacia los hombres que me cuidaron, antes de tomarme del brazo y levantarme.
Sonrío cuando Cloe cae en los brazos de su hermano, finalmente protegida.
—Peleé cada segundo, Fabi. Te lo juro. Luché con todo lo que soy.
Fabiano besa la cima de la cabeza de su hermana mientras se voltea para cubrirla de los ojos de mi hermano, que la mira como si fuera a saltarle encima en cualquier momento.
Volteo y descubro los ojos de Fabi en mí.
Te amo, pienso.
Te amaré siempre.
Lucio prácticamente me arrastra hasta el auto.
No opongo resistencia.
No porque no quiera, sino porque toda mi fuerza se quedó cien metros atrás. Junto a Fabiano.
La puerta se cierra con un golpe seco.
Todavía alcanzo a verlo por la ventanilla.
Tiene a Cloe abrazada contra su pecho.
Ella llora.
Él también.
Sonrío cuando entiendo que el hombre más temido de Italia nunca fue peligroso. Solo estaba desesperado.
Nunca fui su prisionera. Él llevaba semanas siendo prisionero del miedo a perder a su hermana.
El auto comienza a avanzar.
No aparto la mirada de la ventanilla hasta que deja de verse.
Solo entonces me permito llorar.
—Ya terminaste el espectáculo.
La voz de Lucio cae sobre mí como agua helada.
No respondo.
—Mírame. —Sigo mirando la ventana—. Te dije que me miraras.
Su mano se cierra sobre mi mentón y me obliga a girar el rostro.
Sus ojos recorren mi cara lentamente. Después bajan a mi cuello, a mis labios y a mis muñecas. Como si estuviera revisando una compra.
El asco me sube por la garganta.
—¿Qué haces? —pregunto apartándole la mano de un golpe.
Él vuelve a sujetarme, esta vez con más fuerza.
—Quiero saber cuál es tu valor.
Mi corazón se detiene.
—¿Qué?
—¿Te folló?
La pregunta tarda unos segundos en encontrar sentido.
Cuando lo hace, siento ganas de vomitar.
—¿Qué acabas de decir?
—No me obligues a repetirlo.
—Soy tu hermana.
—Respóndeme.
Intento apartarme.
Él me toma de la rodilla. Después desliza la mano hacia mi muslo. Como si pretendiera comprobar si sigo siendo virgen por él mismo.
Le pego con todas mis fuerzas.
La bofetada resuena dentro del vehículo.
—¡No vuelvas a tocarme!
Lucio gira lentamente la cabeza.
La marca de mis dedos aparece en su mejilla.
Sonríe. Pero no hay nada de alegría en esa sonrisa. Solo crueldad.
—Así que aprendiste a defenderte.
—Aprendí lo que es el respeto —escupo—. Algo que tú jamás conocerás.
Su mano vuela.
El golpe hace que mi cabeza choque con la ventanilla.
Un zumbido llena mis oídos.
—No vuelvas a levantarme la mano. Soy tu capo.
Me llevo una mano a la mejilla.
No lloro.
No por él.
Jamás volveré a llorar por él.
—¿Te acostaste con Conti? —insiste.
Lo miro directamente.
—¿Y si lo hubiera hecho qué?
Su mandíbula se tensa.
—Respóndeme.
—No tienes ningún derecho a hacerme esa pregunta.
—Tengo todos los derechos.
Suelto una risa amarga.
—No tienes ninguno.
Durante unos segundos solo se escucha el motor del vehículo.
Lucio vuelve a hablar sin apartar la vista del camino.
—Por tu culpa tuve que devolver a Cloe.
Siento un pinchazo en el pecho.
—No. Esto es tu culpa. Fuiste tú quien la secuestró.
Él sonríe de lado.
—Si no fuera por ti, seguiría siendo mía.
Me quedo inmóvil.
Asqueada.
Eso no puede ser cierto. Este no puede ser mi hermano.
—¿Por qué aceptaste el intercambio?
Por primera vez desde que subí al auto, su expresión cambia.
No parece orgulloso.
Solo cansado.
—Porque mamá se está muriendo.
El mundo deja de existir.
—¿Qué...?
—Cáncer.
La palabra cae entre nosotros como una bomba.
Niego con la cabeza.
—No.
—Hace casi un año.
Siento que me falta el aire.
—¿Por qué nadie me dijo nada?
—Fue decisión de ella.
—No...
—No quería que la vieran consumirse.
Las lágrimas comienzan a caer otra vez.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Mi respiración se rompe.
—¿Dónde está?
—En el hospital. —Guarda silencio unos segundos antes de añadir, con una frialdad que me parte el alma: —Su último deseo fue despedirse de ti antes de morir.
El resto del camino transcurre en silencio.
No porque ya no tenga preguntas sino porque tengo miedo de escuchar las respuestas.
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Saludos desde México.
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