Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 25
El trabajo actual de Adrián en realidad no era difícil. Casi cualquiera podía hacerlo. Cada mañana, él llegaba primero a la oficina para barrer los pisos todavía vacíos. Después trapeaba salón por salón antes de que los empleados llegaran. Si se acababa el garrafón de agua, él lo cargaba y lo cambiaba. Cuando empezaba la jornada, se ponía a preparar café o té según el pedido de cada oficinista. A veces ni terminaba de limpiar el área de la cocina cuando ya lo llamaban para lavar los baños o sacar la basura.
Un trabajo sencillo.
Un trabajo que antes jamás se habría imaginado haciendo.
Antes, estaba acostumbrado a dar órdenes. La gente que trabajaba en su granja se movía en cuanto escuchaba su voz. Llegaba con ropa limpia y zapatos caros, y se iba en su auto con aire acondicionado.
¿Y ahora? Las manos que antes rara vez tocaban el trabajo rudo se le habían ido curtiendo con el contacto del cloro y el jabón. La espalda le dolía seguido de tanto cargar cosas. Y más de una vez le llamaron la atención solo porque se tardó en servir un café.
Al principio, todo eso le pesó muchísimo. No por el cansancio físico, sino porque sentía que la dignidad se le iba pisoteando poco a poco. Todavía recordaba su primer día de trabajo. Cuando una empleada dejó una taza de café en el escritorio sin siquiera voltear a verlo y le dijo:
—Oiga, lave esto.
Una frase simple, pero en ese momento el pecho de Adrián le ardió. Antes la gente lo llamaba "señor Adrián" con todo respeto. Ahora lo llamaban de pasada, y a veces ni lo tomaban en cuenta.
Sin embargo, la vida no le dejaba muchas opciones. Si no trabajaba, no comía. Si no aguantaba, ¿quién le iba a mandar dinero a doña Carmen en el pueblo? Por eso, por más que la vergüenza lo quemara, Adrián seguía presentándose a trabajar todos los días.
Esa mañana, después de cerrar con llave la puerta de su cuarto rentado, Adrián caminó hacia la parada del autobús. El paso lento, acomodándose de vez en cuando la mochila gastada que llevaba al hombro.
Cuando llegó el autobús, se metió a empujones junto con los demás pasajeros. El cuerpo apretujado contra mucha gente, sin espacio casi ni para moverse. El olor a sudor mezclado con perfume barato saturaba el aire dentro del vehículo.
Un señor a su lado se abanicaba la cara con un fólder de plástico. Atrás, un niño lloraba pidiendo que su mamá lo cargara.
Adrián cerró los ojos un momento.
Antes, una simple mancha en la tapicería de su auto bastaba para ponerlo de mal humor. Hasta se quejaba si le lavaban el carro con retraso. Ahora iba de pie agarrado de la barra del autobús, pegajosa por las manos de tanta gente. Irónico.
—¡Adrián!
Una voz estridente hizo que Adrián abriera los ojos y volteara.
Daniel, junto con otros tres compañeros de trabajo, se acercó caminando entre risas. Se les veía frescos a pesar de que también iban rumbo al trabajo a primera hora.
—Hola —respondió Adrián, apenas.
—¡Esta noche vamos al karaoke, ¿eh?! —exclamó Gonzalo con entusiasmo, dándole una palmada fuerte en el hombro a Adrián—. ¡Es mi cumpleaños!
—¡Síííí! —Daniel se sumó de inmediato, alborotado—. ¡Esta noche tiene que ser a reventar!
Los demás se rieron y empezaron a hablar de las canciones que iban a cantar. Adrián solo sonrió un poco mientras escuchaba.
—Adrián, tú antes ibas seguido al karaoke, ¿no? —preguntó Gonzalo con curiosidad.
—Algo —contestó Adrián, escueto.
Pero la realidad era que mucho más que "algo". Antes iba constantemente a karaokes de lujo con sus socios de negocios. Cuarto VIP, tragos caros, la mesa llena de comida, luces bajas, y mujeres bonitas que los acompañaban a reírse toda la noche.
Y en casi todas esas noches, Lorena estaba a su lado. La mujer solía recargar la cabeza en su hombro, riéndose coqueta, pidiéndole que le comprara una bolsa o alguna joya.
Antes, Adrián se sentía orgulloso de llevar a Lorena a todos lados. Ahora, al recordarlo, el pecho se le oprimió. La mandíbula se le tensó un poco.
—¡Esta noche pedimos a Miss LV otra vez! —gritó Daniel entre risas pícaras.
—¡Obvio! —corearon los demás, emocionados.
Adrián se quedó callado porque no entendía a quién se referían. Supuso que sería el apodo de alguna dama de compañía frecuente del grupo.
La jornada laboral se arrastró hasta que por fin cayó la noche. A eso de las ocho, Gonzalo pasó a recoger a Adrián a su cuarto rentado en una motocicleta vieja.
En cuanto Adrián salió con una camisa negra sencilla y unos jeans, Gonzalo le soltó un silbido de admiración.
—¡Caray, te ves muy bien!
Adrián solo sonrió de lado.
—Es lo normal.
Aunque había que reconocer que el rostro de Adrián seguía siendo bastante más atractivo que el de los hombres de su edad. El cuerpo también se le mantenía erguido y cuidado, a pesar de que la vida se le había desmoronado.
—Si yo tuviera tu cara, me la pasaría en vivo en redes todo el día —bromeó Gonzalo entre risas.
Adrián negó con la cabeza y se subió a la motocicleta.
Llegaron al karaoke, que estaba bastante concurrido. Luces de colores brillaban en la fachada del edificio. La música retumbaba desde adentro hasta la calle.
Varias mujeres con ropa ajustada entraban y salían entre risas, del brazo de los clientes.
—Entremos de una vez —dijo Gonzalo palmeándole el hombro a Adrián—. Los muchachos ya reservaron el cuarto.
Adrián caminó detrás mientras revisaba el celular. Tenía un mensaje de doña Carmen.
"No te olvides de cenar, Adrián."
Una sola frase sencilla. Y sin embargo, le apretó un poco el pecho. Su madre seguramente estaba sola en la casa en ese momento. Pensando en él. Pensando en el gasto.
Pensando en la vida que se les volteó de cabeza. Adrián no alcanzó a contestar cuando la voz de Daniel retumbó desde adentro del cuarto.
—¡Por fin llegaron!
Daniel estaba sentado con el brazo alrededor de una dama de compañía vestida con ropa ceñida. La mesa frente a ellos estaba casi llena de botellas y botanas.
—¡Ahí viene Miss LV! —gritó Gonzalo, emocionado, señalando hacia la entrada.
Todos voltearon con entusiasmo. Adrián levantó la cabeza con desgana. Pero en cuanto sus ojos vieron a la mujer que acababa de entrar, el cuerpo entero se le paralizó. La cara se le tensó y los ojos se le abrieron de par en par.
La respiración se le cortó de golpe. La mujer caminaba con un vestido entallado color guinda. El pelo largo le caía suelto y bien peinado. El maquillaje del rostro se veía caro y llamativo. Y esa cara la conocía perfectamente.
—¿Lorena...? —susurró Adrián, casi sin voz.