Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 23: Empieza La Venganza De Cony
El sonido de la puerta del apartamento rompió la calma de la madrugada. Renata entró a la sala con los tacones en la mano para no hacer ruido, intentando tranquilizar su corazón. Todavía sentía el calor de la mirada de Ricardo y la dulzura de su beso. Se apoyó contra la puerta, cerró los ojos y suspiró hondo, sintiéndose viva y feliz después de tanto tiempo.
—Veo que la fiesta estuvo muy buena... —dijo una voz desde el sillón.
Renata dio un pequeño brinco del susto. Mateo estaba ahí sentado, en medio de la oscuridad, con una sonrisa amplia en la cara.
—¡Mateo! Me asustaste, mi amor —dijo ella en voz baja, tocándose el pecho mientras dejaba los zapatos en el suelo—. ¿Qué haces despierto a esta hora?
—Esperándote, mamá. ¿Cómo crees que me iba a ir a dormir sin saber cómo te había ido? —respondió el joven, levantándose para abrazarla. Al verla bien bajo la luz de la lámpara, se quedó impresionado—. Te ves hermosa, mamá. De verdad. Pero hay algo en tu cara... estás brillando.
Renata sintió que las mejillas le quemaban de la pena. Intentó disimular acomodándose el cabello.
—Fue una noche muy bonita, Mateo. Conocí a gente importante de la empresa, todo salió muy bien...
—A mí no me engañas, mamá —la interrumpió Mateo con una sonrisa cariñosa, tomándole las manos—. La fiesta pudo haber sido muy bonita, pero esa sonrisa no es por el trabajo. Pasó algo con el señor Del Solar, ¿verdad?
Renata se quedó callada unos segundos. Sabía que no podía mentirle a su hijo.
—Nos... nos besamos, Mateo —confesó apenada, casi en un susurro.
Mateo no pudo aguantar la alegría. La abrazó fuerte y la levantó un poquito del suelo.
—¡Lo sabía! Te lo dije, mamá. Ese hombre está loco por ti. Y no tienes por qué sentirte mal. Después de todo lo que sufriste con mi papá, de todas sus mentiras y de la forma en que nos dejó sin nada, tú te mereces ser feliz. Te mereces a un hombre bueno que te quiera, que te respete y que te valore.
Las palabras de su hijo mayor le llegaron al alma. Renata lo abrazó con más fuerza, sintiendo que sus miedos empezaban a desaparecer. Pero en ese momento, la puerta de la otra habitación se abrió con un golpe seco.
Sergio salió al pasillo en pijama, despeinado y con cara de rabia.
—¿No pueden hacer menos ruido? Hay gente que mañana tiene que madrugar —protestó el muchacho, mirándola de arriba abajo—. Veo que te divertiste mucho con tu jefe rico mientras nosotros seguimos viviendo en este apartamento feo.
—Sergio, por favor, respeta a mi mamá —lo frenó Mateo poniéndose enfrente, con tono firme—. Mamá estaba trabajando y haciendo bien su labor en la empresa.
—Sí, claro, "trabajando" —se burló Sergio con amargura—. Qué bonito es vestirse con ropa cara cuando el señor Del Solar es el que paga todo. Mañana hay que pagar la pensión del colegio y a mí sí me da pena ver cómo estamos de mal, pero parece que a ustedes no les importa.
—¡Ya basta, Sergio! —intervino Renata con firmeza, aunque le dolió en el alma lo que escuchó—. El señor Del Solar solo me pidió que lo acompañara como su asistente a un evento de la empresa. Y respecto a tu colegio, mañana mismo voy a pagar lo que se debe. Así que haz el favor de irte a tu cuarto y no nos faltes al respeto.
Sergio los miró con rabia, dio media vuelta y tiró la puerta de su cuarto con fuerza.
—No le pongas cuidado, mamá —le dijo Mateo en voz baja, sobándole la espalda—. Él está dolido y amargado por todo lo que perdimos de un momento a otro. Ya se le va a pasar. Ve a descansar.
Renata asintió, aunque la alegría de la fiesta se le apagó un poco por la actitud de su hijo menor. Fue a su cuarto, se quitó con mucho cuidado el vestido, las joyas y los zapatos, y guardó todo bien ordenado. Al acostarse, se tocó los labios con los dedos y recordó el beso de Ricardo para poder quedarse dormida con una sonrisa.
A la mañana siguiente, muy temprano, Cony caminaba a pasos rápidos por el pasillo de un edificio del centro. Iba bien vestida, con gafas oscuras, pero no podía disimular la rabia que llevaba por dentro.
Se detuvo frente a una oficina pequeña con una puerta de madera. Sin tocar, abrió de golpe y entró.
Detrás del escritorio había un hombre maduro, de traje sencillo y mirada astuta, revisando unos papeles. Era el abogado que llevaba la demanda en contra de Renata.
—¿Se puede saber quién es usted y por qué entra así a mi oficina? —preguntó el abogado, molesto.
Cony se quitó las gafas oscuras, lo miró con desprecio y caminó hasta su escritorio. Sacó de su bolso un sobre grande y pesado, lleno de billetes, y lo tiró sobre la mesa.
—Soy la persona que le va a dar el dinero para que gane este juicio, abogado —dijo ella con voz fría y seria—. Sé que usted está representando a la familia de la amante del que fue marido de Renata Solís. Y también sé que el abogado del señor Del Solar ya se metió para defenderla.
El abogado miró el sobre lleno de dinero y luego a Cony. Su cara cambió por completo y le dio una sonrisa llena de ambición.
—El abogado de la compañía Del Solar es un hombre muy importante y fuerte en los tribunales, señorita...
—No me importa quién sea ese abogado ni cuánto dinero tenga Ricardo Del Solar —lo interrumpió Cony apretando los dientes—. Con esta plata va a buscar a los testigos que sea, va a apelar y va a hacer lo que tenga que hacer, pero a esa mujer y a sus hijos no les va a dar ni un solo centavo de esa indemnización. Quiero a Renata Solís en la ruina, humillada y sin nada en los bolsillos. ¿Entendió?
El abogado agarró el sobre, lo guardó rápido en el cajón de su escritorio y le sonrió con malicia.
—Cuando hay buena plata de por medio, señorita... la ley siempre se pone del lado que más nos conviene. Quédese tranquila.
Cony se volvió a poner las gafas oscuras, satisfecha, sabiendo que su venganza para destruir a Renata ya estaba en marcha.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.