Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 17 - El caballo blanco
La yegua blanca del establo del rey se llama Nieve. No me lo dijo el encargado. Me lo dijo ella. Cuando me acerqué a cambiarle la venda de la pata, escuché en mi cabeza, Nieve, me llamo Nieve, no me gusta estar encerrada. Me quedé quieta con la venda en la mano. Nunca un caballo me había dicho su nombre. Silas me había dicho que los caballos del rey casi no hablan con gente que no conocen porque están acostumbrados al ruido.
Le cambié la venda y le hablé bajito. Le dije, yo soy Alina y vengo del refugio de la calle del fondo. La yegua me miró con los ojos grandes y me tocó la mano con la nariz. Tenía la nariz caliente y seca. En la escuela nos enseñaron que cuando un caballo tiene la nariz seca y caliente, puede tener fiebre. Le puse el termómetro que me prestó Silas y tenía treinta y nueve. Era fiebre. Le toqué la panza y estaba dura y sonaba raro cuando le puse el estetoscopio del abuelo de Kian.
Fui a buscar a Silas que estaba limpiando el establo de al lado. Le dije que Nieve tenía fiebre y la panza dura. Me dijo que podía ser cólico y que eso es peligroso en caballos. Me dijo que había que caminarla para que se le moviera la panza y que le diéramos agua tibia con un poco de sal. Caminamos a Nieve por el patio del establo, dando vueltas despacio. Al principio no quería caminar. Se paraba y miraba el suelo. En mi cabeza escuché, duele mucho, no puedo. Le dije, camina un poco más, te va a doler menos después. Silas me ayudó a llevarla tirando suave de la cuerda.
Caminamos como media hora. Yo sentía frío en los pies porque la nieve del patio se me metía en las botas. Nieve empezó a caminar mejor y a mover la cola. De repente se paró y hizo ruido con la panza y después hizo caca, mucha y con olor fuerte. Silas me dijo que eso era bueno y que se le estaba desarmando el nudo de la panza. Le dimos agua tibia y Nieve tomó mucha, como si tuviera mucha sed. Después de tomar, se acostó en el heno y respiró más tranquila. Le puse la mano en la panza y ya no estaba dura.
El encargado del establo vino corriendo porque otro cuidador le dijo que Nieve estaba enferma. Cuando la vio acostada y respirando bien, me preguntó qué hicimos. Le dije que la caminamos y que le dimos agua con sal. Me dijo que el veterinario del rey siempre hace lo mismo y que lo hicimos bien. Me dio otro sobre con plata y me dijo que el rey quería que yo volviera la semana que viene porque le gustó cómo cuidaba a Nieve.
Volví al pueblo al mediodía con el sobre en el bolsillo y con las manos todavía con olor a caballo. En el refugio había una caja nueva. Leo me dijo que la trajo una señora con cuatro gatitos recién nacidos adentro. La madre gata no estaba. Los gatitos tenían los ojos cerrados y lloraban bajito. Tenían frío. Los puse cerca de la estufa nueva que compramos con la plata de la semana pasada. La estufa nueva calienta mucho más y el local ahora está siempre caliente.
Mi madre me dijo que los gatitos necesitaban leche especial y que no teníamos. Le dije que en la capital venden leche para gatos bebés y que la podía comprar mañana cuando fuera a la escuela. Mientras tanto, les dimos leche común con agua tibia y con una jeringa chica, gota por gota. Uno de los gatitos no quería tomar. En mi cabeza escuché, frío, no quiero. Lo envolví en una manta y lo puse contra mi pecho para darle calor. Después de un rato, tomó un poco.
Clara me mandó un mensaje con el teléfono de su madre. Me dijo que en la escuela estaban haciendo una colecta de mantas para refugios y que iba a traer algunas la semana que viene. Le conté lo de Nieve y lo de los gatitos. Me dijo que yo ya sabía más que la profesora Vidal de cólicos de caballos.
En la tarde vino Kian. Volvió de la capital antes de lo que dijo. Estaba más alto y con el pelo más corto. Traía una bolsa grande con ropa de entrenamiento y con una caja de chocolates para mi madre. Me dijo que su equipo quedó tercero en el torneo y que estaba contento. Me preguntó por el refugio y le mostré los gatitos. Me dijo que nunca había visto gatos tan chicos. Le dejé que le diera leche a uno con la jeringa y lo hizo con cuidado, aunque le daba un poco de asco.
Me preguntó si todavía quería ser veterinaria. Le dije que sí, más que antes. Me dijo que él también quería seguir con esgrima y que su madre ya no le decía que tenía que ser abogado. Nos reímos porque los dos habíamos querido ser otra cosa antes por miedo a decir lo que nos gustaba.
Cuando Kian se fue, me quedé sola con Leo, con Bruno, con Tizón y con los cuatro gatitos. Leo me dijo que quería aprender a curar como yo y que si podía ir conmigo a la capital algún día a ver la escuela. Le dije que sí, que le iba a pedir permiso a la profesora Vidal para que lo dejaran entrar un día. Se puso contento y me dijo que iba a estudiar los nombres de los huesos que yo anoté en mi cuaderno.
En la noche escribí en mi cuaderno, día setenta y nueve, Nieve tenía cólico y la caminamos con Silas, me pagaron otra vez en el establo, llegaron cuatro gatitos sin madre, hice seis camas para perros que ya están todas ocupadas, Kian volvió y le dio leche a un gatito. Abajo escribí, antes pensaba que mi don era raro y que tenía que esconderlo. Ahora lo uso para saber si una yegua se llama Nieve y si le duele la panza.
Cerré el cuaderno y lo guardé al lado del libro nuevo que me dio la directora. Apagué la estufa nueva y la luz del cartel. Salí con Tizón en mi bufanda y con Bruno siguiéndome hasta la esquina. Afuera hacía frío, pero las cajas de los perros callejeros se veían ocupadas y con vapor saliendo por el calor de adentro. Caminé a casa con las botas mojadas y con el sobre del establo del rey en el bolsillo, pensando en Nieve que ya estaba dormida en su cama de heno.