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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4 - El veterinario

Silas me dijo "ven mañana a las siete, trae a los dos, no coman antes". Fue una orden corta.

A las siete estaba frente a su cabaña del norte. Madera oscura, techo bajo, chimenea prendida. Olía a leña y cuero mojado. No tenía patio, tenía bosque.

Toqué con Lyra adelante y Milo atrás, en las mochilas. Tenía el cabello bien recogido con dos gomas para que no se soltara.

Silas abrió en camiseta a pesar del frío. Se le veían los brazos marcados y una cicatriz larga que no había visto.

—Pasa —dijo—. Deja las mochilas en el suelo, que gateen.

Los bajé. La cabaña era un solo cuarto grande. Mesa con frascos, cuchillos, gasas, cocina a leña, cama deshecha y una tina de metal con agua en la esquina.

Lyra y Milo se quedaron quietos al principio. Olieron el aire. Luego gatearon directo a la tina y metieron las manos.

—Les gusta el agua fría —dijo Silas—. A los cachorros mitad lobo les calma las encías cuando les pican los colmillos.

Me acerqué a la mesa. Había carne cruda, no del supermercado, trozos oscuros con vetas.

—Hoy aprenderás a hacer papilla —dijo—. No es asqueroso si piensas que es para ellos.

Me pasó un cuchillo pequeño de mango de madera.

—Corta en cubos así —mostró con los dedos—. Luego lo mueles con esto —señaló un mortero—. Mezclas con caldo de hueso y una cucharada de sangre. Si pones mucha, vomitan.

Empecé a cortar. Tenía las manos torpes. El cuchillo se resbalaba. Mi cabello se me vino a la frente aunque estaba atado.

—Átate eso más atrás —dijo—. Te estorba.

—Ya está atado —contesté.

—Atado mal —dijo, y sin pedir permiso se puso detrás de mí, me quitó la goma y me recogió el cabello con las dos manos. Me hizo un moño alto, tirante, que no se movía.

Sentí la nuca expuesta. Nadie me tocaba el cabello desde Elena.

—Así no se te cae —dijo, como si nada—. Ahora corta.

No dije nada. Seguí cortando, con la cara roja.

Lyra se acercó gateando y se agarró de mi pantalón.

—Mamá, upa —dijo.

La tomé en brazos. Tenía las manos frías por el agua.

—Papá —corregí automático—. Soy papá, mi vida.

—Mamá —repitió ella, terca, y me besó la mejilla con su boca babeada.

Silas se rió por lo bajo.

—Te lo dije. Para ella mamá eres tú. No pelees con una loba de ocho meses, pierdes.

Milo se había quedado dormido al lado de la chimenea, boca abajo, como un perro.

Mientras molía, vi marcas en la pared. No eran decoración. Eran arañazos profundos de garra, a la altura de un hombre. Cuatro líneas paralelas en tres partes de la cabaña.

—¿Eso lo hizo un animal? —pregunté.

—Mi hermano —dijo sin mirarme—. Cuando se transformaba y no quería salir, arañaba la puerta. Decía que así recordaba que era humano.

—¿Cuántos años tenía?

—Dieciséis cuando se fue. Yo tenía veinte. Lo busqué tres días. Solo encontré su collar en el río.

No supe qué decir. Dejé de moler.

—Por eso no quiero que a los tuyos les pase lo mismo —siguió—. Si les escondes lo que son, si les dices que no aúllen, que no muestren orejas, se enferman por dentro. Déjalos ser mitad y mitad. Déjalos decirte mamá si así se sienten seguros.

Me pasó un frasco con la mezcla lista. Olía fuerte, a hierro.

—Prueba —me dijo—. Dale a Lyra.

Le di una cucharadita. Lyra abrió la boca y se comió tres seguidas sin respirar. Sus ojos se pusieron más claros por un segundo.

—Ve —dijo Silas—. Eso es comida para ella. No leche de tarro.

En ese momento golpearon la puerta de la cabaña. Fuerte. Era Marta, con el canasto vacío.

—Elías, te buscaba en la biblioteca y me dijeron que estabas aquí —dijo, y se frenó al vernos a los dos en la cocina, conmigo con el moño recién hecho por él y Lyra en brazos—. Ay, no quería interrumpir...

—Vino a aprender a hacer papilla —dije rápido—. Para los niños.

Marta miró mi cabello, luego las manos de Silas aún cerca de mi nuca, luego a Lyra que me decía mamá.

—Se ve que aprendes rápido —dijo, con una sonrisa rara—. En el pueblo ya dicen que te conseguiste niñera.

Sentí el estómago apretado. Otra vez el chisme.

Silas se adelantó antes de que yo contestara.

—Señora Marta, Elías está aprendiendo a alimentar a dos bebés que no comen como los demás porque usted misma me dijo que no había plata para leche especial. Si quiere ayudar, traiga más leña, no chismes.

Marta se sonrojó.

—Yo solo decía...

—Ya sé —cortó Silas, pero más suave—. Pero él no necesita que hablen de su pelo o de con quién está. Necesita que no se quede solo.

Marta dejó el canasto y se fue. Cuando cerró la puerta, solté el aire.

—Gracias —le dije—. Otra vez.

—No me des las gracias por lo obvio —dijo Silas—. Si alguien habla de ti en mi casa, lo paro.

Me ayudó a guardar la papilla en frascos pequeños. Me enseñó a etiquetarlos con fecha. Me enseñó a frotarles el pecho con grasa si tosen.

Cuando terminamos, me devolvió la goma vieja que me había quitado.

—Quédate con el moño que te hice —dijo—. Te queda mejor. No se te suelta cuando corres detrás de ellos.

Lyra, en mis brazos, le dio una palmada en la pierna a Silas y dijo, clarito:

—Mamá, papá.

Nos miramos los dos. No supimos si hablaba de uno o de los dos.

Salí de la cabaña con los frascos en una bolsa, con Lyra dormida adelante y Milo atrás, con el moño alto que me hizo Silas y que no se movía con el viento frío del bosque.

Por primera vez en semanas, sentí que no era solo el chico del moño que cuida guaguas raras en la biblioteca.

Era alguien que estaba aprendiendo a alimentar lobos sin miedo y con amor.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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