Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 16: Salida de emergencia.
La salida de emergencia de la biblioteca se abrió con un crujir oxidados que pareció desgarrar la quietud del día. El viento frío del exterior los recibió de golpe, y el susurro inquieto de los árboles que bordeaban el valle. Alana cruzó el umbral con el paso firme, sintiendo el peso reconfortante del morral contra su espalda y la mano de Gabriel envuelta firmemente alrededor de la suya. Su tacto era cálido, una ancla terrenal en medio de un torbellino donde las leyes del tiempo y la lógica hacía rato que se habían desmoronado.
—Tenemos que llegar a la falda de la montaña antes de que la tercera luna alcance su punto más alto —dijo Alana, consultando de reojo las coordenadas que había copiado en su cuaderno. La linterna de su teléfono apenas arrojaba un haz de luz pálido y titilante sobre el pavimento agrietado.
—Conozco un atajo que cruza por los antiguos callejones de adoquines —respondió Gabriel, sin soltar su mano y guiándola con una seguridad pasmosa a través de las calles desiertas —. Aunque, a juzgar por el mapa que guardas, me temo que nuestro destino no va a recibirnos con las puertas abiertas. ¿Qué es exactamente lo que hay en esa ermita, Alana? O mejor dicho... ¿qué es lo que Elena dejó pendiente allí?
Alana lo miró de reojo mientras caminaban a paso apresurado. La luz de una farola lejana recortaba las facciones de su rostro, y por un segundo, superpuesto sobre los rasgos de Gabriel, creyó ver la silueta del hombre de las visiones del espejo, el guardián con quien Elena había compartido un juramento en otra época. El calor de los tres lunares en su cuello se intensificó como una confirmación silenciosa.
—Una promesa rota —respondió ella con la voz temblorosa por la adrenalina—. Y una presencia que no ha dejado de seguirme desde el desván de mi casa. No quiere asustarme, Gabriel... quiere que regrese a donde todo empezó para terminar lo que quedó inconcluso.
Las casas coloniales de fachadas blancas y techos de tejas comenzaron a escasear a medida que el terreno ascendía, dando paso a una vegetación más densa y a tramos de camino de tierra donde las raíces de los árboles se retorciéndose sobre el suelo parecían vigilar su avance. El cielo, teñido de un violeta antinatural, comenzó a abrirse, revelando el fulgor de la triple luna que proyectaba sombras alargadas y distorsionadas sobre el paisaje.
De repente, un sonido seco rompió el silencio del bosque: el crujir de una rama quebrándose a pocos metros detrás de ellos, seguido de un susurro que arrastraba el eco de su nombre.
Alana se detuvo en seco, conteniendo el aliento. Gabriel se interpuso instintivamente frente a ella, adoptando una postura protectora mientras sus ojos oscuros escrutaban la espesura de la neblina que comenzaba a envolver el sendero. La persecución había terminado; el umbral de las ruinas estaba cerca, y la verdad del pasado aguardaba en la oscuridad de la torre.
El murmullo entre los matorrales se desvaneció tan rápido como había aparecido, dejando tras de sí un silencio espeso que olía a tierra mojada. Alana sintió que el corazón le latía desbocado en el pecho, pero la presencia de Gabriel, plantado frente a ella con los hombros tensos y la mirada fija en la neblina, le devolvió una extraña calma. No había rastro de duda en su postura; era como si el peligro latente en el bosque fuera algo que su cuerpo reconociera de antemano.
—No están aquí para negociar —advirtió Gabriel en un tono apenas audible, sin apartar los ojos de la oscuridad que se cerraba sobre el sendero de tierra. Su mano buscó de nuevo la de Alana, entrelazando sus dedos con una firmeza que desafiaba el temblor helado del ambiente—. Si seguimos subiendo, nos alcanzaran antes de llegar a los cimientos de la ermita. ¿Cuánto falta según tus notas?
Alana sacó el cuaderno del morral con torpeza. A la pálida luz de la pantalla del teléfono, las coordenadas trazadas con tinta roja brillaban con un tenue matiz purpúreo.
—Menos de un kilómetro... cruzando el viejo puente de piedra que conecta con el desfiladero —respondió, tragando saliva con dificultad—. Pero a este paso, la tercera luna estará en su cénit antes de que crucemos el umbral.
—Entonces no podemos darnos el lujo de caminar —dijo Gabriel con decisión, volviéndose hacia ella y esbozando una media sonrisa rápida que intentaba disipar la tensión del momento—. Agárrate fuerte.
Sin darle tiempo a replicar, la echó a andar a un ritmo vertiginoso, guiándola a través de un desvío cubierto de helechos gigantes que los lugareños solían evitar por las leyendas de aparecidos. La vegetación se volvía cada vez más agreste, los troncos de los árboles adoptaban formas retorcidas por el viento de la montaña, y el aire se cargaba de una electricidad estática que hacía que los cabellos de los brazos se les erizaran.
A medida que ascendían, el paisaje urbano de Toronto quedaba atrás, reducido a un mar distante de luces ámbar titilantes que parecían pertenecer a otra realidad. Arriba, el cielo se había rasgado en un tono violeta intenso, coronado por el espectáculo imposible de las tres lunas alineadas en perfecta simetría. Su luz fría y cenicienta bañaba el sendero de una claridad fantasmal, revelando las ruinas de la Ermita del Reloj que se alzaban imponentes al otro lado del desfiladero: una torre de piedra carcomida por los siglos, con una ventana ojival que parecía mirar hacia el abismo con la paciencia de los inmortales.
Un nuevo crujido, esta vez mucho más cercano y acompañado por un zumbido metálico idéntico al del reloj de arena, sacudió el aire justo a sus espaldas. Una ráfaga de viento helado barrió el sendero, apagando de golpe la pantalla del teléfono de Alana y sumiéndolos en la penumbra.
—Ya están aquí —susurró Alana, mientras el calor en los tres lunares de su cuello estallaba en una llamarada de fuego puro.