Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— La despedida que duele
Llegó el día del alta. Elían caminaba aún con cuidado, pálido, delgado, pero con la mirada más clara. Damián se acercó a él con suavidad, tomándole la mano entre las suyas.
—Hijo… quédate un tiempo en la mansión, por favor —le pidió con voz suave y ansiosa—. Así te cuido bien, te vigilo, estoy cerca. No quiero que estés solo en la casita mientras te recuperas.
Antes de que Elían pudiera responder, la vocecita de Lía se alzó desde la puerta, clara y tajante:
—¡No quiero! Él tiene su casa. Que se vaya a la suya.
Todos se giraron hacia ella. Zorán frunció el ceño, acercándose a su hija con seriedad.
—Lía, eso no se dice. Pide disculpas ahora mismo.
La niña no bajó la mirada. Al contrario, levantó la barbilla con desdén.
—¿Por qué? Solo digo la verdad. Mamá Damián siempre está preocupado por él, corre detrás de él como si fuera un bebé, y él no sabe defenderse de nada. Es un tonto.
—¡Basta! —la interrumpió Zorán con voz firme, tomándola de la mano—. Eso es cruel e injusto. Te pido que te disculpes con tu hermano ahora.
—No lo siento —repitió ella, encogiendo los hombros—. Él sobra y no es mi hermano.
Zorán la sacó de la habitación, hablándole con severidad, pero la pequeña no se arrepentía.
En el silencio que quedó, Elían miró a su padre. No había enojo en su rostro, solo una tristeza profunda y definitiva.
—Llévenme a mi casa, por favor —les dijo a Kaelo y Vladímir, con voz tranquila—. Quiero irme.
—Elían… Hijo—empezó Damián, dando un paso hacia él—. No te vayas así. Ella no sabe lo que dice, hablaré con ella.
—Papá, déjame ir —respondió su hijo, apartando suavemente la mano—. Allí estoy bien. Allí nadie me dice que sobro.
Kaelo le tomó el brazo con ternura. Vladímir recogió sus cosas. Los tres salieron juntos, dejando a Damián solo en la habitación, con las manos vacías y el corazón hecho pedazos.
Ya en la entrada del hospital, antes de subir al coche, Lía se acercó corriendo a Elían. Tenía los ojos brillantes, la sonrisa dulce y fingida que ya conocía tan bien.
—Perdóname, hermano —dijo con voz suave—. No quería decir eso. Eres bienvenido cuando quieras… aunque sé que no vas a venir. Sabes que mamá Damián me necesita más a mí. Soy pequeña y tú ya eres grande viejo. Tú puedes cuidarte solo. Mi mami no tiene que perder su tiempo contigo. Tú lo entiendes, ¿verdad? Siempre lo has entendido.
Elían la miró, sin responder. Sintió cada palabra como un pinchazo en el pecho, pero no dijo nada. Solo asintió muy levemente, subió al coche y se alejó, sin mirar atrás.
Damián lo vio irse desde la entrada del hospital. No pudo detenerlo. No supo qué decir. Y se quedó allí, parado, viendo cómo la única persona que siempre había elegido, cuidado con tanto amor, se alejaba de él..
Lía se acercó con dulzura — Ya nos vamos, tengo hambre mamá Demian—Zoran la miró con molestia por su actitud de hece un rato, tomó la mano de Demian y de Lia, dijo serio — Vamos.. miró a su pequeña hablaremos en casa—.