En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 24: La Confesión de la Condesa y el Abrazo de los Tres
Esa noche, después de la cena, la Condesa se sentó en el sillón grande del salón, el sillón que había sido de Rodrigo, y que ella no había ocupado en veinticinco años porque le daba miedo tocarlo, como si la madera, todavía, guardara el calor del hombre que se había sentado ahí. Encendió un candelabro de tres brazos, pidió que los criados se retirasen, y cuando Luis y Clara se sentaron frente a ella, en el sofá de terciopelo rojo, les dijo, con la voz serena de una mujer que ha ensayado este discurso muchas veces en su cabeza, y que por fin se ha decidido a soltarlo:
—Hijos, esta noche les voy a contar la historia completa, sin omitir nada, sin adornar nada, sin pedirles perdón por nada, porque lo que hice, lo hice, y lo que no hice, no lo hice, y a estas alturas de la vida, una ya no tiene edad para andar con remilgos. Les voy a contar la historia de cómo conocí a Rodrigo, la historia de cómo nos casamos, la historia de cómo llegó Rosalía, la historia de cómo nació Luis, y la historia de por qué nunca les dije la verdad. Y les pido, antes de empezar, que me escuchen hasta el final, sin interrumpirme, porque las verdades, cuando se cortan a la mitad, se vuelven mentiras.
Los dos asintieron, y la Condesa empezó a hablar, mientras las velas del candelabro proyectaban, en las paredes del salón, unas sombras largas, movedizas, que parecían fantasmas de la propia historia que estaba contando:
—Yo conocí a Rodrigo en el año de 1795, en una fiesta de la sociedad de Caracas, cuando él tenía veintiocho años y yo diecinueve. Era el hombre más guapo que yo había visto en mi vida, y tenía una forma de mirar que a mí, que era una boba, me hacía perder la cabeza. Nos casamos al año, nos vinimos a vivir al puerto, y durante los primeros años fuimos felices, de esa felicidad chiquita, de la que solo se dan cuenta los que ya la han perdido. Pero Rodrigo era un hombre débil, hijos, un hombre débil, y cuando Rosalía entró a trabajar en la casa, una mañana de mayo, con su pelo recogido, con su sonrisa triste, y con esa forma que tenía de moverse, que parecía que estaba bailando hasta cuando estaba parada, Rodrigo se enamoró de ella como un colegial, y empezó a hacerle el amor a escondidas, en los cuartos del servicio, en la caballeriza, en cualquier rincón donde yo no pudiera verlos.
La Condesa hizo una pausa, se tomó un sorbo de té, y siguió hablando:
—Yo me enteré, claro que me enteré, porque las mujeres, aunque finjamos que no vemos, vemos todo. Y cuando le pregunté a Rodrigo, aquella noche, en el escritorio, él me confesó todo, llorando como un niño, y me juró que había terminado con ella, y que nunca más volvería a verla. Pero no había terminado, hijos, no había terminado. Y un año después, en junio de 1801, Rosalía quedó embarazada, y cuando yo le dije a Rodrigo que tenía que hacerse cargo, y que la tenía que traer a vivir a la casa, él se negó, y me dijo, con esa voz de hombre débil que tienen los que no saben decir que no, que si la traía a la casa, la gente iba a hablar, y que él prefería arreglar las cosas por las buenas, y darle dinero para que se fuera. Yo le dije que eso era una cobardía, y le dije, también, que si la dejaba ir, se iba a arrepentir toda la vida. Y no me equivoqué, hijos, no me equivoqué, porque a los pocos meses, cuando Rosalía se fue con el niño en la barriga, Rodrigo empezó a beber, y a los pocos meses más, cuando supo que el niño había nacido, y que se lo habían llevado, Rodrigo se volvió loco, y una noche, después de una pelea conmigo, en la que me dijo que yo era la culpable de todo, salió a pescar, y ya no volvió.
La Condesa se detuvo, y se quedó mirando el candelabro, como si las llamas le estuvieran contando algo que ella, todavía, no se atrevía a decir:
—Y aquí viene la parte que nunca le he dicho a nadie, hijos. La parte que me ha quitado el sueño todas las noches de mi vida. Yo, aquella noche, le dije a Adrián que fuera a buscar a Rodrigo. Se lo dije yo, hijos, yo. Le dije: "Adriano, tu hermano está borracho, va a perder el bote, va a perder la vida, sácalo del agua, tráemelo a casa". Y Adrián, en lugar de sacarlo del agua, lo mató. Lo mató, hijos, y yo me enteré, no esa noche, sino semanas después, cuando Adrián, borracho, me lo confesó en este mismo escritorio, y me dijo, con esa voz de serpiente que tiene, que si yo abría la boca, él iba a hacer que todo el puerto se enterara de que yo le había pedido que fuera a buscarlo. Y yo, que era una cobarde, hijos, que era una cobarde y una orgullosa, callé. Callé por miedo, y callé por vergüenza, y callé, también, porque no quería que el nombre de los Villalobos se manchara. Y así, hijos, con mi silencio, le di a Adrián veinticinco años de impunidad, y les di a ustedes, los dos, veinticinco años de mentira.
La Condesa se detuvo otra vez, miró a Luis, miró a Clara, y les dijo, con la voz rota, las últimas palabras que le quedaban:
—Así que, hijos, no le perdonen a Adrián, que no se lo merece. Y no me perdonen a mí, que tampoco me lo merezco. Y váyanse, si quieren, porque después de lo que les he dicho, no los culpo. Váyanse, y déjenme sola, que es lo que merezco.
Luis se levantó del sofá, se acercó a la Condesa, se arrodilló frente a ella, le tomó las manos, y le respondió, con la voz suave de un hijo que por fin ha entendido que la verdad, por dura que sea, siempre es mejor que la mentira:
—Madre, yo no me voy a ir. No me voy a ir, porque no tengo a dónde irme, y porque, además, no quiero irme. Usted cometió un error, y lo pagó, y lo sigue pagando, todas las noches de su vida. Y yo, que también he cometido errores, y que también los he pagado, no tengo ningún derecho a juzgarla. Lo único que le pido, madre, es que me deje quedarme. Lo único que le pido es que me deje ser su hijo, de aquí en adelante, todos los días que nos queden de vida.
La Condesa lo abrazó, llorando, y Clara, que estaba al lado, se unió al abrazo, y los tres se quedaron así, abrazados en el salón, con las velas del candelabro iluminándoles las caras, mientras afuera, en el puerto, el mar seguía cantando la misma canción de siempre, esa canción que es la única verdad que conocen los que viven en la costa: que las cosas se acaban, que las cosas vuelven, y que las cosas, mientras tanto, no dejan de moverse nunca.
Cuando se separaron, la Condesa se secó las lágrimas, les sonrió, y les dijo, con la voz de una mujer que por fin ha soltado el peso que llevaba encima:
—Hijos, mañana, cuando amanezca, vamos a hacer tres cosas. Primero, vamos a ir a la iglesia, a ponerle una vela a Rodrigo, y a pedirle perdón, los tres juntos, por todo lo que no le dijimos en vida. Segundo, vamos a ir al muelle, a darle las gracias a los pescadores, y a decirles que el barco de Rodrigo, gracias a ellos, ha vuelto a casa. Y tercero, vamos a sentarnos los tres en esta mesa, con una botella de vino, y vamos a hacer las paces, los unos con los otros, y con nosotros mismos, porque esta casa, hijos míos, ha sido una casa de fantasmas durante veinticinco años, y ya es hora, ya es hora de que vuelva a ser una casa de personas vivas.
Luis y Clara asintieron, y esa noche, los tres, juntos, se quedaron en el salón hasta que las velas se apagaron, hablando de cosas pequeñas, de cosas que no tenían importancia, de la cosecha del café, del precio del cacao, de la fiesta de San Juan, de la boda de una prima, de los barcos que estaban por llegar, de los barcos que se habían ido, y de los barcos que, con el tiempo, iban a volver. Y cuando, ya de madrugada, se fueron a dormir, la Condesa, antes de cerrar la puerta de su cuarto, les dijo, en voz baja, casi para sí misma, pero lo bastante alta para que ellos la oyeran:
—Hijos, gracias. Gracias por no odiarme. Y gracias, sobre todo, por no mentirme.