Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 24
Mateo siguió de pie junto a la camioneta durante varios minutos.
Yo permanecía sentada mirando por la ventana, intentando recuperar la compostura.
Poco a poco mi respiración volvió a la normalidad.
El silencio entre nosotros no era incómodo.
Era extraño.
Como si ninguno quisiera romperlo.
Después de unos quince minutos, Mateo volvió a subir a la camioneta.
Cerró la puerta.
Encendió el aire acondicionado.
Y permaneció mirando al frente.
No arrancó.
No dijo nada.
Simplemente esperó.
Yo seguía observando las manos que tenía apoyadas sobre el volante.
Eran manos grandes.
Firmes.
Las manos de alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes.
Finalmente habló.
—¿Ya está mejor, señorita Martínez?
Asentí.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Mateo soltó un pequeño suspiro.
—Bien.
Volvió a quedarse en silencio unos segundos.
Luego giró apenas la cabeza hacia mí.
—¿Lo detonó Truey?
Lo miré confundida.
—¿Qué?
—Lo que acaba de pasar.
—No.
—¿Entonces fui yo?
Parpadeé.
No esperaba esa pregunta.
—¿Por qué piensa eso?
Una sonrisa mínima apareció en sus labios.
Tan pequeña que casi pensé que la había imaginado.
—Porque cuando usted está con Truey parece relajada.
—Eso es discutible.
—Y cuando está conmigo parece que quiere escapar.
No pude evitar reírme un poco.
—No quiero escapar.
—¿Está segura?
—Más o menos.
Mateo negó con la cabeza.
—Al menos es sincera.
Volvió a observarme.
Había algo raro en sus ojos.
Algo parecido a la nostalgia.
Como si mi comportamiento le recordara algo.
O a alguien.
Pero antes de que pudiera preguntarlo, arrancó la camioneta.
—La llevaré por un café.
—No es necesario.
—No le pregunté.
—Señor Escalante...
—Y no diga que no.
Lo miré.
Él seguía observando la carretera.
—¿Siempre es tan mandón?
—Solo cuando tengo razón.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Y por primera vez desde que lo conocía, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
---
Veinte minutos después estábamos en un Starbucks.
Pidió por la ventanilla.
Para él un café negro.
Para mí un matcha frío y una dona.
Cuando me entregó la bolsa lo miré.
—No quiero engordar.
—Entonces no se coma la dona.
—Cómasela usted.
—No me gustan.
—¿Quién no ama las donas?
—Yo.
—Qué triste vida.
—Me han dicho cosas peores.
No pude evitar reír.
Mateo estacionó debajo de un enorme árbol.
La sombra cubría toda la camioneta.
El lugar estaba tranquilo.
Se escuchaban pájaros y el ruido lejano de los autos.
Yo sostenía el vaso de matcha entre las manos.
El frío me ayudaba a tranquilizarme.
Mateo estaba recargado en el asiento observando el estacionamiento.
Luego volvió a hablar.
—¿Qué lo detonó?
Lo miré.
Otra vez.
Esos ojos verdes.
Eran desesperantes.
Porque parecía que podían ver más de lo que uno quería mostrar.
—Ya le dije que no lo sé.
—Eso no es verdad.
Bajé la mirada.
—¿Cómo sabe?
—Porque sí sabe.
Guardé silencio.
—Señorita Martínez.
—¿Qué?
—Las personas no se rompen porque sí.
Aquellas palabras me hicieron levantar la vista.
Por alguna razón sonaban demasiado personales.
—A veces sí.
—No.
—¿Y usted cómo sabe?
Mateo tardó unos segundos en responder.
—Porque he visto a muchas personas intentarlo.
La respuesta quedó flotando entre nosotros.
No pregunté más.
Sentí que tampoco quería hablar de eso.
Así que simplemente tomé un poco de matcha.
—De verdad le pido una disculpa.
—¿Por qué?
—Por el espectáculo.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
—No fue un espectáculo.
—Sí lo fue.
—No.
—Señor Escalante...
—No fue un espectáculo.
Su voz sonó firme.
—Fue un mal momento. Nada más.
Lo observé sorprendida.
—Y no pienso comentarlo con nadie.
—Gracias.
—Nunca fue mi intención hacerlo.
—Aun así gracias.
Mateo simplemente asintió.
---
Cuando llegamos al aeropuerto, el teléfono comenzó a sonar.
Era Saúl.
—¿Dónde estás, Israel?
—Ya llegué.
—Te estoy esperando en la zona VIP.
—Voy para allá.
—Perfecto.
La llamada terminó.
Mateo estacionó cerca de la entrada.
Bajó primero.
Rodeó la camioneta.
Y abrió mi puerta.
—Gracias.
Cuando intenté salir, sentí un ligero ardor.
Bajé la mirada.
La piel cerca de mi cintura estaba enrojecida por la presión que había hecho sobre el cinturón durante el episodio anterior.
Instintivamente bajé mi playera blanca para cubrirla.
Pero noté que Mateo ya lo había visto.
Sentí vergüenza.
—Estoy bien.
—No dije nada.
—Lo sé.
—Aun así vaya al médico cuando llegue a California.
Lo miré.
—No es para tanto.
—Señorita Martínez.
—¿Sí?
—Eso mismo dicen todas las personas antes de ignorar algo importante.
Sonreí.
—¿Y siempre les da órdenes?
—Solo cuando tengo razón.
—Otra vez eso.
—Porque sigue funcionando.
Negué con la cabeza riendo.
Tomé mi bolso.
—Bueno... gracias por traerme.
Mateo asintió.
—Fue un placer.
—Y gracias por lo de hace rato.
—No me debe nada.
Nos quedamos observándonos unos segundos.
El ruido del aeropuerto parecía desaparecer alrededor.
Hasta que alguien gritó el nombre de Mateo a lo lejos.
Él apartó la vista primero.
—Vaya con Saúl.
—Sí.
—Y coma algo más que una dona.
—No prometo nada.
Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.
—Lo imaginé.
Di media vuelta y comencé a caminar hacia la entrada.
Pero antes de cruzar las puertas giratorias miré hacia atrás.
Mateo seguía ahí.
De pie junto a la camioneta.
Observándome marchar.