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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.3k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14 — El primer baile privado

La suite estaba en el piso veintidós del único hotel de la ciudad que cobraba en efectivo sin hacer preguntas. Una sala grande, sin muebles innecesarios. Sillón de cuero negro al fondo. Mesa baja al lado. Lámpara de pie con luz dorada, regulable. Una bocina pequeña discreta sobre la mesa. Cortinas pesadas de terciopelo bajadas hasta el suelo.

Sofía revisó cada esquina antes de salir.

—Vale, hay dos cámaras en el pasillo. La administración las apaga a las once. A las doce y media las vuelve a prender. Tienes hora y media. Yo me quedo en la suite de al lado con Andrés.

—Bien.

—Si necesitas que entremos, tocas la pared. Tres golpes.

—No voy a necesitar.

—Vale.

—¿Qué?

—Si Marcelo te toca la regla, pides ayuda.

Lían sonrió.

—Marcelo no me va a tocar. Marcelo va a aprender que se le acaban las cosas que puede tocar.

Sofía la miró un segundo. Después salió.

Lían cerró la puerta detrás de ella. Le echó llave.

Se quedó parada en el centro de la sala.

Once años de palacio. Mil años bajo tierra. Y esta noche, una vez más, iba a bailar para un hombre que la había lastimado.

Solo que esta vez ella ponía las reglas.

Caminó hasta el espejo de la entrada. Se ajustó el antifaz. Se acomodó el cuello cerrado del traje. La seda roja le caía pesada hasta el suelo, con la abertura larga del muslo izquierdo y la espalda descubierta hasta la cintura. Sangre seca. Lo que había pedido.

Se miró un segundo entero.

—Hola, vieja —dijo en mandarín antiguo—. Hoy va a ser largo.

Tocaron la puerta dos veces.

Andrés lo dejó pasar.

Marcelo entró solo.

Llevaba traje negro, camisa blanca abierta en el cuello, el cabello peinado hacia atrás con gel. Olía a colonia fuerte, demasiado, la colonia de un hombre que se baña dos veces antes de salir. Llevaba una maleta pequeña de cuero en la mano. Sus ocho millones, supuso Lían. Pero ya no le interesaba la maleta. Le interesaba la cara.

Marcelo la vio y se detuvo en el umbral.

Por dos segundos no respiró.

Lían lo dejó verla. Toda. La seda gruesa cayendo. El cuello cerrado. La abertura del muslo. El antifaz dorado de fénix.

—Pasa —dijo, con la voz modulada de la Dama, una voz que no era la de Valentina.

Marcelo entró. Cerró la puerta detrás de él.

—¿Dónde dejo la…?

—Sobre la mesa.

Marcelo dejó la maleta sobre la mesa baja. Se sentó en el sillón sin que nadie le indicara, porque no había otro mueble. Las manos las puso sobre las rodillas. Tensas.

Lían caminó hasta la bocina. Le dio play al guzheng.

La música empezó.

Lían no la miró. No miró a Marcelo. Solo levantó los brazos despacio y empezó.

Lo primero fue lento.

Tan lento que durante el primer minuto Marcelo solo vio una mujer respirando con los brazos en alto. Después, despacio, los dedos empezaron a moverse. Después las muñecas. Después los hombros.

Lían bailaba como había bailado en la corte del Emperador para los embajadores extranjeros, cuando se trataba de impresionar sin ofender. Pero esta noche era distinto. Esta noche estaba bailando para impresionar y ofender al mismo tiempo. Para enloquecer y humillar. Para dejar a un hombre con la sangre hirviendo y las manos vacías.

Avanzó dos pasos hacia el sillón.

Marcelo levantó la cabeza.

Lían le dio la vuelta despacio. Se paró de espaldas a él, a tres pasos. Empezó a moverse con los hombros, hizo un giro lento, dejó que la abertura del muslo izquierdo se abriera con el movimiento, justo lo necesario para que él viera la piel hasta la cadera y nada más.

Marcelo apretó los dedos sobre las rodillas. Lían lo vio por el rabillo del ojo, en el reflejo de la ventana oscura.

Bien.

Siguió.

A los diez minutos, Marcelo había bebido tres tragos de la copa que tenía a su lado. Sin pensar. Sin darse cuenta.

A los quince, había dejado de beber porque las manos le temblaban.

A los veinte, Lían se acercó a un metro del sillón.

Bailó ahí. Frente a él. Sin mirarlo a los ojos. Como si Marcelo fuera un objeto, una columna, una pared. Le hizo los movimientos más lentos de la noche a esa distancia. Los brazos altos. Las manos hablando. La espalda inclinándose hacia adelante apenas, dejando ver el cuello largo desde arriba.

Marcelo se inclinó hacia adelante también, sin querer.

Lían retrocedió.

Marcelo soltó el aire en una exhalación larga, casi un gemido. Se cubrió la cara con las dos manos un segundo. Después se las quitó. Volvió a apoyarse en el sillón.

Tenía la frente sudada.

Eran las once y veintitrés de la noche.

Le quedaban a Lían treinta y siete minutos.

A los treinta minutos, Lían cambió de música.

Una flauta sola. Más triste. Más lenta.

Y bailó algo distinto. Algo que Marcelo no podía nombrar, pero que era lo más cercano a una caricia que había recibido en su vida sin que nadie lo tocara.

Mil años atrás, las concubinas mayores del palacio le habían enseñado a la joven emperatriz un baile que se reservaba para cuando una mujer quería pedirle algo al Emperador sin pedirlo con palabras. Un baile que era promesa y amenaza al mismo tiempo. Lo bailaban las concubinas viejas que sabían que estaban perdiendo el favor y querían recuperarlo.

Lían había aprendido el baile. Nunca lo había usado.

Esta noche lo usó.

Para hundir a un hombre que no merecía verlo.

Se acercó a Marcelo otra vez. Esta vez a sesenta centímetros. Apoyó la rodilla derecha sobre el sillón, al lado de la pierna de él, sin tocarlo. Se inclinó hacia adelante. Levantó las manos. Las pasó por el aire a centímetros de su cara, de su cuello, de su pecho, sin rozarlo nunca.

Marcelo cerró los ojos.

Tres segundos.

Cuando los abrió, ella ya no estaba ahí.

Estaba de nuevo en el centro de la sala, bailando otra cosa, dándole la espalda.

Marcelo se llevó la mano al cuello como quien comprueba si todavía tiene piel.

Faltaban diez minutos cuando Lían empezó a cerrar.

Volvió a la música del guzheng. Los movimientos se hicieron más amplios. El traje rojo se abría y se cerraba con cada giro como si el cuerpo de Lían fuera el centro de una flor que respiraba.

Marcelo no se movía.

Llevaba quince minutos sin parpadear.

Lían bailó los últimos cinco minutos completamente para él. Lo miró durante todos. Le sostuvo los ojos a través del antifaz. Le hizo el último movimiento despacio, despacio, despacio, hasta que la música se apagó sola y el último gesto de Lían fue una reverencia profunda, las dos manos juntas a la altura del pecho, la cabeza inclinada como una concubina que se despide del Emperador después de una noche.

Eran las doce y veintitrés.

Silencio.

Marcelo no aplaudió. No habló. No respiró.

Lían se enderezó.

Caminó hasta el sillón.

Marcelo levantó la cara hacia ella, despacio, como un hombre que sale de debajo del agua. La frente brillaba. Los ojos rojos. Las manos todavía sobre las rodillas, blancas de los nudillos apretados.

Lían se inclinó.

Acercó la boca al oído derecho de Marcelo.

Lo suficiente para que él sintiera el aire, no la piel.

—Vete a casa, querido —le susurró, modulada, despacio—. Y cuando te metas en la cama de tu esposa, piensa en mí.

Marcelo cerró los ojos. Apretó los labios.

—Por favor —dijo. Una sola palabra.

—No.

Lían se enderezó.

Caminó hacia el cuarto de atrás, donde había dejado la bata negra.

Marcelo no se movió. No se atrevió a moverse. La regla lo prohibía. La voz de la Dama era la voz de un emperador. Tocarla, hablarle, perseguirla — todo era prohibido.

Lían entró al cuarto de atrás. Se puso la bata sobre el traje rojo. Recogió el antifaz dorado en una caja pequeña. Salió por la puerta lateral, la que conectaba con el cuarto donde estaban Sofía y Andrés.

No volvió a la sala.

No miró atrás.

Marcelo se quedó solo en el sillón.

Tres minutos sin moverse. Después se levantó. Caminó hasta la mesa. Tocó el cuero de la maleta vacía. La levantó. Se sentó otra vez en el sillón, con la maleta vacía sobre las piernas.

Y empezó a reír.

Una risa baja al principio. Una risa para sí mismo. La risa de un hombre que acaba de entender algo importante. Después la risa subió. Después se hizo larga. Después se hizo loca.

Marcelo se reía solo en una suite del piso veintidós de un hotel cualquiera, con una maleta de cuero vacía sobre las rodillas, con la frente sudada y los ojos rojos.

—Será mía —dijo en voz alta, al cuarto vacío—. Será mía aunque tenga que vender todo. Aunque tenga que pegarle un tiro a Renata con mis propias manos. Aunque tenga que vender la casa. La empresa. El apellido. Será mía. Esta mujer es mía. Va a saber quién soy yo.

Se rió otra vez.

—Será mía. Será mía. Será mía.

En la suite de al lado, Sofía estaba sentada en una silla pegada a la pared, con los brazos cruzados y la cara dura.

Andrés estaba parado al otro lado del cuarto, mirándose los zapatos.

Los dos llevaban veinte segundos oyendo a Marcelo a través de la pared. La pared era buena pero no tanto.

Sofía se levantó. Tocó la puerta de la suite contigua. Lían le abrió.

—Vale.

—Lo escuché.

—¿Lo escuchaste?

—Lo escuché.

Sofía se quedó callada un segundo.

—Vale, este hombre se quebró esta noche. Se quebró de verdad.

—Sí.

—No sé si esto es una victoria o un peligro.

Lían se quitó el antifaz dorado. Lo dejó dentro de la caja. Se sentó en el borde de la cama.

Pensó.

—Es las dos cosas, Sofía. Las dos. Siempre lo son.

Sofía asintió.

—¿Bajamos?

—Bajamos.

Lían se puso la bata. Sofía recogió la caja del antifaz y la metió en una bolsa de viaje cualquiera. Andrés cargó el bolso. Salieron por la puerta lateral del piso veintidós, hacia el ascensor del personal.

Atrás, en la suite del baile privado, Marcelo seguía riéndose.

La risa atravesó la pared del pasillo y se metió en el ascensor cuando las puertas se abrieron.

Sofía se quedó muy quieta hasta que las puertas se cerraron.

Andrés también.

Lían no. Lían apretó el botón de planta baja.

Y por dentro, en mandarín antiguo, le habló a la mujer del espejo del ascensor.

Hijo de puta. Le faltan cinco bailes más. ¿Aguantarás, vieja? ¿O esta vez se te muere primero?

La mujer del espejo le sonrió.

Lían no le devolvió la sonrisa.

Algo en la risa de Marcelo le había quitado las ganas.

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E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente estrategia
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso bueno
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encanta
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
ahí caramba eso es mucho billegas 🤣
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me pregunto si Sofía ya está clara en que es una reencarnada o solo cree que la otra habla así a lo loco de la muerte 🤔🤔
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
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me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
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