Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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Capítulo 23: Ganar nunca fue tan difícil
La segunda ronda de la gran competencia había comenzado con una furia arrolladora. Los monoplazas surcaban la pista como proyectiles, dejando estelas de color y humo a su paso. La primera curva fue un caos controlado: neumáticos chirriando, motores rugiendo y pilotos luchando por la posición.
Dylan mantuvo su línea con precisión, su coche deslizándose en el interior de la curva como si estuviera sobre rieles. A su derecha, el piloto alemán Klaus Weber intentaba cerrarle el paso, pero Dylan no cedió. Apretó el acelerador y salió de la curva con una ventaja mínima pero suficiente.
Detrás de él, la lucha era feroz. Un piloto francés de cabello rubio y casco rojo, llamado Étienne Moreau, se disputaba la tercera posición con un brasileño de sonrisa permanente, Thiago Alves. Ambos iban rueda a rueda, sus monoplazas casi tocándose en cada recta.
—¡Moreau intenta adelantar por el exterior! —gritó el presentador, su voz elevándose por encima del rugido de los motores—. ¡Pero Alves no se lo pone fácil! ¡Esto es una batalla de titanes!
Dylan observó el movimiento en sus espejos retrovisores, pero no se distrajo. Adelante, la pista se abría en una recta larga que precedía a una chicane peligrosa. Era el momento perfecto para aumentar la ventaja.
Apretó el acelerador y el coche respondió con una potencia que lo empujó contra el asiento. El viento silbaba a su alrededor, y el mundo se reducía al asfalto, a las curvas, a la meta.
—¡Lara aumenta el ritmo! —anunció el presentador—. ¡El español está volando hoy!
Detrás de él, Alessandro Rossi mantenía una posición estratégica. No atacaba, no defendía. Solo se mantenía ahí, a una distancia segura, observando cada movimiento de Dylan con una atención que parecía casi clínica. En su casco, una sonrisa apenas esbozada se ocultaba bajo la visera.
—Rossi se mantiene en segunda posición —comentó otro presentador—. Parece que está esperando su momento. ¿Será que tiene algo guardado bajo la manga?
En la vuelta cinco, la carrera dio un giro inesperado. Un piloto japonés, Takeshi Nakamura, sufrió un problema en los frenos y su coche se salió de la pista en la curva siete, levantando una nube de polvo que obligó a varios competidores a reducir la velocidad.
—¡Nakamura fuera! —gritó el presentador—. ¡Eso cambia el ritmo de la carrera!
Dylan esquivó los restos con una maniobra rápida, pero perdió algo de tiempo. Eso fue suficiente para que Moreau y Alves se acercaran peligrosamente a su rueda trasera.
—¡Los perseguidores están ahí! —gritó la voz por los altavoces—. ¡Lara tiene presión!
Dylan apretó los dientes. No iba a dejar que le quitaran la posición. En la curva nueve, trazó una línea agresiva, forzando a Moreau a frenar para no chocar. El francés maldijo entre dientes, pero no pudo hacer nada.
Alessandro, mientras tanto, seguía ahí. Ni un metro más cerca, ni un metro más lejos. Como una sombra que esperaba el momento exacto para atacar.
La carrera continuó con una intensidad que no daba tregua. Cada curva era una batalla, cada recta una oportunidad. Los pilotos sudaban dentro de sus cascos, sus cuerpos soportando fuerzas G que harían colapsar a cualquier persona común.
En la vuelta doce, el brasileño Thiago Alves logró adelantar a Moreau en una maniobra brillante, colocándose en tercera posición. El público estalló en aplausos mientras las banderas de Brasil ondeaban en las gradas.
—¡Alves es un demonio en la pista! —gritó el presentador—. ¡El brasileño no se rinde!
Dylan sonrió bajo su casco. Le gustaba ver competencia de verdad, pilotos que no se rendían. Eso hacía que la victoria supiera mejor.
Faltaban cinco vueltas para el final, y la tensión era insoportable. Alessandro seguía en segunda posición, Moreau y Alves se disputaban el tercer puesto, y detrás de ellos, un grupo de pilotos luchaba por mantener sus posiciones.
Dylan apretó el acelerador en la recta principal, sintiendo cómo el coche vibraba bajo él. La meta se acercaba, y con ella, la posibilidad de una nueva victoria.
Pero Alessandro no iba a rendirse. Y Dylan lo sabía.
______
La última vuelta. Solo una vuelta separaba a los pilotos de la gloria o la derrota. El público estaba de pie, las gradas vibraban con gritos, banderas y el rugido ensordecedor de los motores. Era el momento que todos esperaban.
Dylan apretó el volante con fuerza, sintiendo cómo cada vibración del coche se transmitía a sus manos. El sudor corría por su frente, pero su mente estaba fría, calculadora. Solo quedaba una vuelta. Una maldita vuelta para demostrar que merecía estar ahí.
—¡Última vuelta, señoras y señores! —la voz del presentador retumbó en los altavoces, apenas audible por encima del estruendo—. ¡Dylan Lara mantiene el liderato, pero Alessandro Rossi está a solo medio segundo! ¡Thiago Alves y Étienne Moreau también están en la pelea!
Dylan miró el espejo retrovisor. Alessandro estaba ahí, fiel a su sombra, esperando el momento exacto. No era un piloto que atacara sin razón. Era paciente. Demasiado paciente.
—Vamos, vamos... —murmuró Dylan, apretando el acelerador en la recta.
El coche respondió con un rugido brutal, empujándolo contra el asiento. El aire silbaba a su alrededor, y el mundo se reducía a la pista, a las curvas, a la meta.
La primera curva de la última vuelta llegó rápido. Dylan trazó una línea perfecta, cerrando el interior para evitar que Alessandro se colara. El italiano tuvo que frenar, pero apenas perdió tiempo. Estaba ahí, pegado a su rueda trasera.
Detrás de ellos, la batalla por el tercer puesto era una locura. Thiago Alves y Étienne Moreau iban rueda a rueda, sus monoplazas rozándose en cada curva. El brasileño se lanzó al exterior en la curva cinco, forzando a Moreau a salirse de la línea.
—¡Alves adelanta a Moreau! —gritó el presentador—. ¡El brasileño se coloca tercero! ¡Pero Moreau no se rinde!
—En la curva siete, Alessandro hizo su movimiento.
Frenó más tarde de lo que Dylan esperaba, lanzándose hacia el interior con una agresividad que no había mostrado antes. Dylan lo vio en el espejo y cerró el paso, pero Alessandro ya estaba ahí, su coche rozando el de Dylan mientras se colocaban paralelos.
—¡Rossi se pone a la par de Lara! —el público rugió—. ¡Esto es una batalla de titanes!
Dylan apretó los dientes. No iba a ceder. No en la última curva. Aceleró con todo, su coche deslizándose en la chicane con una precisión quirúrgica. Alessandro lo siguió, pero no logró adelantarlo.
Salieron de la curva con Dylan ligeramente adelante. Solo quedaba la recta final. La meta estaba a unos metros.
El público estalló en un grito ensordecedor mientras los dos coches cruzaban la línea de meta casi al mismo tiempo. La diferencia era mínima, tan pequeña que ni siquiera los pilotos sabían quién había ganado.
—¡No puedo creerlo! —gritó el presentador—. ¡Dylan Lara y Alessandro Rossi llegan prácticamente empatados! ¡Vamos a necesitar el photo finish!
Dylan redujo la velocidad, su respiración entrecortada mientras daba la vuelta de enfriamiento. En los monitores gigantes, la imagen congelada mostraba a los dos coches cruzando la meta con una diferencia milimétrica.
La tensión se prolongó por segundos que parecieron horas. Los pilotos bajaban de sus autos, el público contenía el aliento.
Y entonces, el resultado apareció en la pantalla.
Ganador: Dylan Lara - Diferencia: 0.023 segundos.
—¡Dylan Lara gana por veintitrés milésimas de segundo! —el rugido del público fue ensordecedor. Las banderas ondearon, los gritos se multiplicaron, y Dylan levantó el puño al cielo, sintiendo la victoria correr por sus venas.
Alessandro se bajó de su auto y se quitó el casco, una sonrisa en sus labios. No parecía frustrado. Al contrario, había un brillo de admiración genuina en sus ojos.
Cuando Dylan pasó cerca de él, Alessandro le ofreció la mano.
—Buena carrera —dijo, con su acento italiano suave, pero firme—. Has sido más rápido hoy.
Dylan estrechó su mano, sintiendo la calidez de la victoria y el respeto genuino en las palabras de su rival.
—Tú también —respondió—. Has hecho que valga la pena.
Alessandro sonrió, y por un instante, sus miradas se mantuvieron fijas.
—Nos vemos en la próxima —dijo Alessandro, antes de darse la vuelta y caminar hacia su equipo.
morí olvidada reviví intocable 🤭