Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 24
(Sara)
El alivio me golpeó con tanta fuerza que sentí las piernas temblar.
Las piezas de mi mente, que hasta hace un segundo estaban rotas por la paranoia, encajaron a la perfección.
Tenía sentido.
Jhon siempre había sido mi protector, el hombre capaz de mover el mundo con tal de que nadie volviera a pisotearme como lo hicieron en mi antigua universidad.
Miré sus ojos grises, fijos en mí con una súplica silenciosa.
El nudo en mi garganta se deshizo y estiré la mano sobre el mostrador para entrelazar mis dedos con los suyos. Su piel estaba fría por el clima exterior, pero su agarre fue firme, desesperado.
—Lo siento tanto, Jhon... —susurré, sintiendo una lágrima rebelde rodar por mi mejilla—. El silencio de estos días, la falta de llamadas... me volví loca. Pensé que estabas arrepintiéndote de lo nuestro.
—Nunca, genio —respondió él, exhalando un suspiro profundo, como si le hubiera devuelto la vida—. He estado metido en reuniones de manejo de crisis y entrenamientos dobles. Sé que la distancia es difícil, pero nunca dudes de lo que siento por ti. Vine en auto toda la noche solo para asegurarme de que no me dejaras por un malentendido.
Iba a rodear la barra para echarme en sus brazos, dispuesta a olvidar esta semana infernal, cuando el sonido de una puerta metálica azotándose nos interrumpió.
Samuel salió de la cocina.
No traía el trapeador, ni una bandeja de café. Traía su teléfono celular en una mano y una hoja impresa en la otra, la cual sostenía con el puño apretado.
Su rostro estaba completamente pálido y sus ojos reflejaban una mezcla de rabia y profunda preocupación.
—Sara, no vayas a ningún lado —dijo Samuel. Su voz ya no era calmada; temblaba de indignación.
Jhon soltó mi mano lentamente y se giró hacia él, tensando los hombros de inmediato. La mandíbula del capitán de hockey se endureció.
—Te dije que no te metieras, Samuel. Ya lo aclaramos —advirtió Jhon, dando un paso hacia el frente con actitud amenazante.
—No aclaraste una mierda, King —le espetó Samuel, plantándose frente a él a pesar de la diferencia de tamaño. Luego me miró a mí—. Sara, te está mintiendo en la cara. Mi hermano me acaba de enviar el registro oficial de seguridad del complejo de lujo The Grand View en Boston. El lugar donde el equipo hospeda a sus fichajes estrella.
El aire se volvió a congelar en la cafetería. Jhon se quedó inmóvil por un milisegundo, un detalle que no me pasó desapercibido. Su mirada gris se oscureció.
—Samuel, ¿de qué estás hablando? —pregunté, sintiendo que el piso volvía a desaparecer bajo mis pies.
—Hablé con mi hermano por teléfono hace dos minutos. Revisó los registros de huéspedes y de ingreso vehicular de la torre del equipo —dijo Samuel, deslizando la hoja impresa sobre la barra para que yo la viera—. Jhon no ha pisado las oficinas de relaciones públicas a las cinco de la mañana. Él tiene asignado el Penthouse 4B. Y adivina quiénes firmaron el ingreso de convivencia permanente el mismo día que él llegó.
Miré el papel.
Mis ojos escanearon las líneas impresas a toda velocidad. Era un membrete de la administración del edificio en Boston.
Huésped principal: Jhon King.
Co-habitantes registrados: Miriam Vance (24 años) y Flor Vance (22 años).
El papel también incluía la firma digital de Jhon autorizando las tarjetas de acceso magnético para ambas mujeres al apartamento de tres habitaciones.
Sentí un zumbido ensordecedor en los oídos. Veinticuatro y veintidós años. No eran coordinadoras de cincuenta años protegiendo mi beca. Eran dos chicas jóvenes viviendo bajo el mismo techo que mi prometido en Boston, registradas bajo un estatus de convivencia privada.
Levanté la vista hacia Jhon. El color se había evaporado de su rostro. Ya no parecía el hombre cansado que venía a rogar por amor; parecía un hombre que acababa de ser atrapado en una red de mentiras que él mismo había tejido.
—¿Sara? Puedo explicarlo... —empezó Jhon, dando un paso hacia la barra y extendiendo las manos, pero esta vez di un paso gigante hacia atrás, alejándome por completo de su alcance.
—¿Coordinadoras de cincuenta años, Jhon? —mi voz salió en un hilo, rota, rota de una manera que me dolió el pecho—. ¿Protegiéndome de la prensa? ¡Me inventaste una película entera para cubrir que estás viviendo con dos mujeres en Boston!
—¡No es lo que parece! —exclamó él, levantando la voz con desesperación, intentando rodear la barra para alcanzarme—. Sí, ellas están en el departamento, pero hay una razón contractual con los dueños del equipo que no puedo ventilar...
—¡Cállate! ¡No te atrevas a decir una sola palabra más! —le grité, sintiendo que la rabia sustituía la tristeza—. Viniste manejando catorce horas no por amor, sino porque sabías que el agua te estaba llegando al cuello. Sabías que en cualquier momento me enteraría.
Samuel se colocó firmemente entre Jhon y yo, empujando levemente el pecho de Jhon hacia atrás.
—Ya la escuchaste, King. Sal de la cafetería antes de que llame a la policía del campus por acoso —dijo Samuel con voz gélida.
Jhon miró a Samuel con puro odio, pero cuando sus ojos volvieron a cruzarse con los míos, vio la barrera que acababa de levantarse entre nosotros. Una barrera hecha de la misma desconfianza que casi me destruye en el pasado.
Miré el anillo de oro blanco en mi dedo.
Ya no brillaba; se sentía como una burla helada.