Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Los Días Que Empiezan A Cambiar Todo”
📖 CAPÍTULO 25
“Los Días Que Empiezan A Cambiar Todo”
El problema de tocar fondo…
era que después uno ya no podía seguir viviendo igual.
Y Nicolás lo estaba entendiendo.
Los días empezaron a sentirse distintos después del hospital.
Más lentos.
Más importantes.
Más reales.
Ya no despertaba pensando en fiestas.
Ni en negocios.
Ni en perderse para no sentir.
Ahora despertaba pensando en cosas pequeñas.
Si el pecho dolía menos.
Si su mamá había dormido tranquila.
Si Valeria ya había llegado a trabajar.
Si todavía tenía energía para salir un rato.
La vida se le había reducido.
Pero también…
se había vuelto más verdadera.
Esa mañana estaba sentado en el balcón de la casa con una taza de café entre las manos.
El cielo estaba gris.
Y el viento frío le golpeaba la cara suavemente.
Su mamá salió y se sentó a su lado.
—¿Mucho dolor hoy?
Nicolás negó apenas.
—Poquito.
Ella asintió.
Ya ambos entendían el significado de esas respuestas.
“Poquito” significaba soportable.
“Más o menos” significaba peligroso.
Y “estoy bien”…
casi siempre significaba mentira.
Qué rápido se acostumbraba uno a vivir alrededor del miedo.
Su mamá lo observó unos segundos.
—Está distinto.
Nicolás sonrió apenas.
—¿Para bien o para mal?
Ella también sonrió.
—Más humano.
La frase le pegó fuerte.
Porque toda la vida vivió escondiéndose detrás de una versión ruidosa de sí mismo.
Fiestas.
Mujeres.
Alcohol.
Trabajo.
Mucho ruido.
Para no escuchar el vacío.
Y ahora…
que todo se estaba cayendo…
por fin estaba aprendiendo quién era de verdad.
—Creo que tenía miedo de quedarme quieto —admitió.
Su mamá lo miró en silencio.
—¿Y ahora?
Nicolás respiró profundo.
—Ahora me da miedo irme.
Silencio.
Del pesado.
Pero real.
Su mamá le agarró la mano.
Y aunque intentó mantenerse fuerte…
los ojos se le llenaron.
—No diga eso…
Nicolás bajó la mirada.
—Perdón.
Ella negó despacio.
—No se disculpe por tener miedo.
Golpe suave.
Porque eso era exactamente lo que llevaba semanas haciendo.
Pidiendo perdón por enfermarse.
Pidiendo perdón por cansarse.
Pidiendo perdón por existir roto.
Y quizás…
ya era hora de dejar de hacerlo.
Horas después…
Valeria llegó a buscarlo.
Traía el cabello recogido y una sonrisa pequeña.
De esas sonrisas que parecían esfuerzo.
Porque ambos estaban aprendiendo a verse felices incluso con miedo encima.
—¿Está listo? —preguntó ella.
—¿Para qué?
—Para salir un rato antes de que vuelva a ponerse terco y quiera encerrarse otra vez.
Nicolás soltó una risa suave.
—Ya me conoce demasiado.
—Ese es el problema.
Ella le agarró la mano.
Y salieron.
Caminaron despacio por un parque lleno de árboles grandes.
Había niños jugando.
Personas trotando.
Parejas riéndose.
Vida normal.
Y Nicolás sentía algo extraño viendo todo eso.
Antes jamás se detenía a mirar cosas así.
Ahora…
las observaba como alguien que entendió demasiado tarde lo valiosas que eran.
Valeria lo miró de lado.
—¿Otra vez pensando demasiado?
Él sonrió apenas.
—Sí.
—¿Y ahora qué pasó por esa cabeza?
Nicolás observó a un niño correr detrás de una pelota.
Y respondió bajito:
—Que uno pasa media vida creyendo que vivir es hacer cosas enormes…
Pausa.
—Y al final resulta que eran estas tonterías simples las importantes.
Valeria se quedó mirándolo.
Porque esa frase…
tenía demasiada verdad.
—No son tonterías —dijo ella.
Nicolás levantó la mirada.
—No. Ya entendí que no.
Siguieron caminando lento.
Hasta que llegaron a una pequeña tienda donde vendían helados.
Valeria pidió uno para ella y otro para Nicolás.
—¿Y si no quiero?
Ella levantó una ceja.
—No le pregunté.
Nicolás soltó una risa.
Y por unos minutos…
todo se sintió increíblemente normal.
Demasiado normal.
Casi peligroso.
Porque empezaba a olvidar que estaba enfermo.
Pero entonces…
el cuerpo volvió a recordárselo.
El mareo llegó primero.
Suave.
Luego el pecho.
Ese dolor maldito que ya conocía demasiado bien.
Nicolás frenó apenas.
Valeria lo vio enseguida.
—¿Qué pasó?
Él intentó mantenerse tranquilo.
—Espere…
Respiró profundo.
Pero el aire volvió a costarle.
El mundo empezó a sentirse lento.
Y ahí apareció otra vez ese miedo horrible en los ojos de Valeria.
—Nicolás…
Él intentó sonreír.
—No haga esa cara…
Pero la voz ya le estaba saliendo débil.
Valeria agarró su mano fuerte.
—Siéntese ya.
Nicolás obedeció.
El corazón golpeaba desordenado otra vez.
Y el miedo regresó completo.
Porque cada episodio parecía peor que el anterior.
Valeria se arrodilló frente a él.
Y esta vez…
ya no intentó esconder que estaba aterrada.
—Respire conmigo.
Nicolás la miró.
Ella tenía lágrimas acumuladas.
Pero seguía ahí.
Firme.
Peleando por él incluso mientras se rompía por dentro.
Y Nicolás entendió algo devastador:
ya no solo quería vivir por él.
También quería quedarse por las personas que estaban aprendiendo a sufrirlo.
El dolor empezó a bajar lentamente.
Pero el cansancio quedó.
Pesado.
Demasiado.
Valeria le acarició la cara con cuidado.
—Esto está empeorando…
No fue pregunta.
Y Nicolás…
por primera vez…
no tuvo fuerzas para mentir.
Bajó la mirada.
Y asintió.
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