La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Tendremos Paz
Eleonor permaneció en la cama todo el día. No recordaba la última vez que había pasado tantas horas recostada, quieta, sin moverse, perdida en un pensamiento que le oprimía el pecho. La luz que entraba por las cortinas apenas lograba animar su habitación, pero aun así ella giró el rostro hacia la pared, como si esconderse pudiera protegerla de la realidad que se abría ante ella.
Pidió que le llevaran una bandeja a la habitación, aunque apenas tocó la comida. Su estómago estaba tenso, como si una mano invisible lo apretara. Apenas había dormido y sentía la cabeza pesada, el cuerpo débil.
Sobre todo, era el recuerdo del médico diciendo aquellas palabras imposibles.
Mientras ella intentaba asimilarlo, Rowan desayunaba con la reina en el amplio salón de la mansión, donde el aroma a pan recién horneado, miel y café caliente contrastaba brutalmente con la tensión que flotaba en el aire. Rowan apenas había probado un bocado: estaba preocupado, distraído, más irritable de lo habitual, aunque trataba de ocultarlo.
La reina lo observaba con atención. Había sido madre, esposa, amiga y soberana durante muchos años; conocía los silencios incómodos, las evasivas, los temblores involuntarios en las manos. Y Rowan los estaba mostrando todos.
—¿Por qué se fueron tan temprano? —preguntó con voz suave, pero firme.— Ella parecía disfrutar de la velada.
Rowan dejó la taza en su plato y respiró hondo antes de responder. No quería mentir, pero tampoco podía revelar algo tan íntimo que aún pertenecía solo a Eleonor.
—Eleonor no se sintió bien, majestad. Creí conveniente traerla de regreso.
La reina frunció el ceño, alarmada de inmediato.
—Ordenaré que llamen al médico de inmediato.
Él levantó una mano con rapidez, pero sin brusquedad.
—No es necesario. Ya la vio un médico anoche. Le recomendó reposo, una dieta hervida y algo para el dolor. Pronto estará bien.
La reina lo examinó con la mirada. Sabía leer personas, pero Rowan era difícil.
—Aun así, agradezco que la hayas cuidado —dijo al fin—. Ella te aprecia más de lo que crees.
Rowan bajó la cabeza, incómodo. La reina no sabía cuán profundo era ese aprecio… ni cuánto significaba para él.
Terminó su desayuno con rapidez y se disculpó con una reverencia.
Apenas la puerta se cerró detrás de él, su paso se aceleró. Caminó por los pasillos sin saludar a nadie, ignorando los saludos de los sirvientes. Cada paso aumentaba la necesidad de verla, de asegurarse de que seguía allí, de que no había cambiado de opinión durante la noche, de que no había decidido enfrentar sola lo que le esperaba.
Tocó suavemente antes de entrar.
Eleonor dormía. Tenía el rostro ligeramente pálido, el cabello suelto desparramado sobre la almohada, la respiración irregular.
Durante unos instantes se limitó a observarla, con una ternura que jamás habría admitido en voz alta. La amaba, pero lo hacía en silencio, sin esperar nada. Lo había sentido durante meses, tal vez años, y aún no sabía cómo convivir con ello.
Se acercó despacio, temiendo despertarla bruscamente. Rozó su brazo con los dedos.
—Eleonor…
Ella abrió los ojos lentamente, confundida. Necesitó unos segundos para recordar por qué él estaba allí… por qué ella estaba allí… por qué el mundo parecía tan frágil de repente.
—Rowan… —susurró.
Él se sentó en el borde de la cama, cuidando de no mover demasiado el colchón.
—¿Cómo te sientes?
—Cansada —respondió ella con sinceridad—. Y abrumada.
No mencionó la palabra. Ninguno de los dos lo hizo. Pero flotaba entre ellos como un fantasma silencioso.
—Rowan… ya hablamos de esto —dijo ella al notar su expresión decidida—. No puedo aceptar lo que me propones.
Él no se dejó intimidar. Había tomado una decisión, y Rowan no era un hombre que retrocediera fácilmente.
—Lo sé. Pero sigo creyendo que es lo correcto. Casarnos resolvería todo: tu reputación, la del bebé… y podríamos marcharnos lejos, donde nadie pueda juzgarte ni señalarte.
Eleonor sintió un nudo formarse en la garganta. No sabía qué responder. No sabía qué sentir.
—No puedo aceptar —repitió, en un hilo de voz.
Rowan respiró hondo. Era paciente. Mucho más de lo que parecía.
—Escúchame —dijo inclinándose hacia ella con una suavidad protectora—. No quiero que tomes esta decisión pensando en mí. Quiero que pienses en cómo sería tu vida junto al padre de ese bebé.
Ella contuvo el aliento. Ese pensamiento era demasiado grande, demasiado doloroso.
Imágenes de Frederick la atravesaron como cuchillas: discusiones, heridas, orgullo, tensión… y debajo de todo, una atracción que los destruía cada vez que los unía.
—Él no es un hombre fácil —continuó Rowan, con una sinceridad tranquila—. Y tú no mereces vivir en guerra permanente.
Un temblor recorrió los hombros de Eleonor. No lloró, pero estuvo cerca.
—Rowan… no quiero arrastrarte a algo que no te corresponde.
Él tomó su mano entre las suyas, cálidas, firmes, seguras.
—Eleonor… estoy eligiendo esto. No es una carga para mí. Es una decisión. Y no voy a dejar que enfrentes sola algo así. No lo permitiré.
Ella tragó saliva, sin poder mirarlo a los ojos.
—Solo descansa —susurró él, sin soltarle la mano—. Yo me encargaré de todo. El casamiento será sencillo, como te gusta: solo nuestras familias y sus majestades. Luego partiremos. Tendremos paz.
Tres palabras que ella no recordaba haber escuchado jamás dirigidas a ella:
“Tendremos paz.”
Lo miró largo rato. Había algo en él que la desarmaba: firmeza sin dureza, cariño sin posesión, respeto sin distancia. Rowan era… todo lo que nunca había tenido.
Sintió una posibilidad de alivio. Una posibilidad de estabilidad.
—Está bien… —dijo finalmente, con un hilo de voz quebrado—. Acepto casarme contigo.
Rowan cerró los ojos un instante. No sonrió, no celebró, pero algo en él se suavizó.
Tomó su mano con delicadeza, inclinando su frente hacia ella en un gesto íntimo y solemne.
—No te arrepentirás —prometió.
Eleonor no respondió. No podía, todo la sobrepasaba completamente.
Rowan se quedó junto a ella un rato más, sin hablar, acompañándola. La simple presencia de él, cálida y firme, le permitió respirar.