Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 16: Su color
Luke
Llegada la hora, todos tomamos nuestro lugar.
Fue entonces cuando el aroma a cerezas se intensificó.
No tuve que girarme para saberlo. No tuve que buscarla con la mirada. Mi lobo ya estaba alerta, erguido dentro de mí, completamente consciente de que ella estaba cerca.
Scarlett
Tragué saliva y me obligué a mantener la compostura mientras caminaba hasta mi posición. Llevaba un esmoquin negro, pieza completa, perfectamente ajustado. Damian estaba a mi lado, vestido de forma similar, aunque con su habitual aire despreocupado, como si todo aquello no fuera con él.
La diferencia entre nosotros no estaba en la ropa, sino en los detalles.
Damian, como hijo adoptivo de los futuros esposos, llevaba un dije de oro colgado al cuello, con el escudo del apellido Grayson grabado con orgullo. Lo tocaba distraídamente con los dedos, como si aún se estuviera acostumbrando al peso simbólico que llevaba.
Yo, en cambio, llevaba un broche prendido en la solapa.
El escudo de mi familia.
Me quedé mirándolo unos segundos más de lo normal.
Nuestra insignia siempre había sido azul.
Siempre.
Era el color que predominaba en cada generación, el que representaba lealtad, control, estabilidad. El que yo había llevado toda mi vida.
Pero este no era azul.
Era verde esmeralda.
Fruncí el ceño.
—Andrew —le dije en voz baja cuando lo tuve cerca— ¿por qué el broche es verde?
Andrew sonrió de lado, como si ya hubiera anticipado la pregunta.
—Emma lo eligió —respondió con naturalidad—. Dijo que quería que combinara con la madrina.
Mi pecho se tensó.
—¿La madrina? —repetí—. ¿Quién es?
Andrew me dio una palmada en el hombro.
—Ya lo verás.
Me quedé en silencio.
El aroma volvió a envolverme, más fuerte ahora, mezclándose con el aire frío del bosque, con la emoción del momento, con algo primitivo que me erizaba la piel.
Mi lobo se removió, inquieto.
Y aunque todavía no la veía, lo supe con una certeza que me caló hasta los huesos
Lo supe de inmediato.
No hubo duda. No hubo confusión.
Ella era la madrina.
Era la única dama vestida de verde en todo el lugar, el tono exacto del esmeralda que llevaba prendido en mi pecho, como si el mundo entero hubiera decidido alinearse para burlarse de mí.
Mi mirada la encontró antes de que pudiera detenerla.
Y entonces su olor me golpeó de lleno.
Cerezas.
Dulce, profundo, envolvente. No era solo un aroma; era una llamada directa a algo primitivo, algo que no pedía permiso ni entendía de normas o de tiempos. Mi respiración se volvió más pesada, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y un gruñido bajo se escapó de mi garganta
—Control —me ordené—. Ahora no.
Demasiado tarde.
Mi lobo rugió dentro de mí con una fuerza brutal, empujando, reclamando, despertando una certeza que me partió en dos.
MATE.
La palabra resonó en mi cabeza como un trueno.
La vi caminar con elegancia, con ese porte seguro que no necesitaba imponerse.
El vestido verde abrazaba su figura como si hubiera sido hecho para ella, para provocar, para tentar. Su cabello rojo capturaba la luz del atardecer, encendiéndose como fuego vivo entre los árboles.
Todo en ella gritaba peligro.
Todo en ella gritaba hogar.
Ella estaba ahí.
Vestida de verde.
Y sin saberlo…
Yo llevaba su color.
Mi mandíbula se tensó, los dedos se cerraron en puños a mis costados mientras la voz en mi mente se volvía más insistente, más salvaje.
Reclamar.
Mía.
MÍA.
MÍA.
Tragué saliva con dificultad.
Nunca había entrado en celo.
Nunca había perdido el control así. Nunca había sentido la necesidad urgente, desesperada, de marcar, de proteger, de tomar.
Y sin embargo, ahí estaba.
De pie frente a mí, sin saberlo
Mi mate
Y lo más aterrador de todo no era lo que mi lobo quería hacer.
Era que…
una parte de mí también lo quería.
Damian, a mi lado, soltó una risa baja.
—Lo sabía —murmuró, con ese tono insufrible de quien cree haber resuelto el misterio antes que nadie.
Lo miré de reojo.
—Ni una palabra —le advertí.
Sonrió aún más.
Eso era lo peor de todo. Iba a tener al mocoso encima de mí con esto durante el resto de mi vida. No había escapatoria. Damian no olvidaba nada que pudiera usar para molestar.
Y entonces lo vi.
Vi cómo le coqueteaba con la mirada.
Un gesto sutil, apenas una inclinación de cabeza, una sonrisa ladeada. Nada grave… pero suficiente.
—Está hermosa —dijo en voz baja—. Scarlett, ¿verdad?
Escuchar su nombre en labios ajenos me hizo gruñir sin poder evitarlo.
Pero al menos ahora tenía algo concreto.
Un nombre.
Un rostro.
Scarlett.
La mujer que había estado atormentando mi cuerpo durante noches enteras, colándose en mis sueños, haciéndome despertar con la respiración agitada y el deseo ardiendo bajo la piel, ya no era una silueta borrosa ni una fantasía sin forma.
Era real.
Cuando ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos, el mundo pareció reducirse a ese instante.
Pude escuchar su pulso.
No con los oídos, sino con algo más profundo, algo que vibró dentro de mí como una cuerda tensada al límite. Su corazón se aceleró, su respiración se alteró apenas…
Ella también lo sentía.
El vínculo estaba haciendo lo suyo.
La Diosa Luna ya había posado su mano sobre ella, marcándola de una forma que ni siquiera comprendía todavía. La conexión no acababa de nacer en ese momento; se había establecido mucho antes de este encuentro.
Desde la distancia.
Desde los sueños.
Desde el olor que nos había perseguido sin darnos tregua.
Nuestros destinos se habían tocado mucho antes de que nuestras miradas lo hicieran.
Que paso con los otros capítulos /Cry/