Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Celeste y Helena 1
Sin embargo, justo cuando el duque parecía dispuesto a continuar con las explicaciones…
La puerta se abrió sin aviso.
Y la energía de la habitación cambió por completo.
—¡Padre!
Dos voces al mismo tiempo.
Dos figuras aparecieron en el umbral con una presencia imposible de ignorar.
Eran dos mujeres jóvenes, casi de treinta años.
Gemelas.
Ambas con cuerpos grandes, robustos, fuertes… como si la vida no hubiera pasado por ellas con delicadeza, sino con carácter.
Sus rostros eran redondos, expresivos, llenos de vida.
Y aunque una leve dificultad en una de sus piernas marcaba su andar.. en ambas, de forma similar.. eso no disminuía en lo más mínimo la fuerza con la que ocupaban el espacio.
Al contrario.
Parecía hacerlas aún más decididas.
Sus vestidos, llenos de vuelos y capas, se movían con entusiasmo con cada paso apresurado que daban.
Y sus sonrisas…
Eran enormes.
Genuinas.
Luminosas.
Nada calculadas.
Nada contenidas.
—¡Padre, nos dijeron que había llegado!
Se detuvieron al ver a Regina.
Y por un instante… el tiempo se congeló.
No incómodo.
Sino expectante.
Sus miradas se iluminaron aún más.
—¡Oh!
Las dos al mismo tiempo.
Exactamente igual.
El duque suspiró levemente, pero no con molestia.
Con costumbre.
—Llegan en mal momento.
Pero no las detuvo.
Porque claramente… nunca lo hacía.
Las gemelas ya estaban dentro.
Y la energía de la oficina, antes medida y estructurada… ahora tenía algo completamente distinto.
Vida.
Y Regina, de pie en medio de ese contraste, entendió de inmediato una cosa..
Ese lugar no solo funcionaba bien.
También… estaba lleno de personas reales.
Y eso… podía cambiarlo todo.
Las dos mujeres se quedaron mirando a Regina… como si hubieran descubierto algo fascinante.
No fue una mirada evaluadora, ni cargada de juicio como las que había aprendido a reconocer en la academia.
Fue… curiosidad pura.
Brillante.
Casi infantil.
Sus ojos recorrieron su rostro, su cabello, su porte… y de pronto, ambas sonrieron aún más, si es que eso era posible.
—¡Es hermosa! —dijo una.
—¡Como una muñeca! —añadió la otra, inclinándose apenas hacia adelante, como si quisiera verla mejor.
Regina parpadeó, ligeramente sorprendida.
No por el comentario… sino por la forma.
No había malicia.
No había comparación.
Solo entusiasmo genuino.
—¡Tenemos que ser amigas! —dijeron casi al mismo tiempo.
Y sin esperar respuesta, dieron un paso adelante.
—Soy Celeste —dijo una, llevando una mano al pecho con alegría.
—¡Y yo Helena! —continuó la otra, imitando el gesto con exactitud.
Gemelas.
Incluso en eso.
El duque Declan llevó una mano a su sien, suspirando con una paciencia que claramente había cultivado durante años.
—Disculpe la interrupción.. Mis hijas tienden a…
—¡Padre! ¡No es una interrupción, es una bienvenida!
El duque no respondió.
Porque sabía que no tenía sentido.
Celeste y Helena ya estaban completamente concentradas en Regina.
—¿De dónde vienes?
—¿Cuánto tiempo estarás aquí?
—¿Te gustan los jardines?
—¿Sabes bordar?
—¿Prefieres el té o el chocolate?
Las preguntas comenzaron a caer una tras otra, sin espacio entre ellas, como una lluvia ligera pero constante.
Y antes de que Regina pudiera responder siquiera a la primera…
—¡Ven! —dijo Celeste, tomando suavemente su mano.
—¡Debemos tomar el té! —añadió Helena, sujetando el otro brazo con entusiasmo.
—¡Ahí podremos hablar bien!
El movimiento fue tan natural, tan lleno de energía, que Regina apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Giró levemente la cabeza hacia el duque.
Él solo la miró.
Y por un segundo… hubo algo casi imperceptible en su expresión.
Como si dijera.. no hay nada que hacer..
Regina entendió.
Y, sorprendentemente… no le molestó.
Volvió la mirada hacia las hermanas.
Y sonrió.
Una sonrisa suave.
Genuina.
No por compromiso.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo… alguien se acercaba a ella sin esperar nada.
Sin calcular.
Sin medir.
Solo… porque sí.
—Está bien —dijo con calma.
Y eso fue suficiente.
—¡Perfecto! —exclamaron ambas al unísono.
Y prácticamente la arrastraron fuera de la oficina, sus vestidos moviéndose con cada paso, sus voces llenando el pasillo con una alegría imposible de ignorar.
—¡Tenemos tanto que preguntarte!
—¡Y tanto que contarte!
Regina caminaba entre ellas, permitiendo que la guiaran.
Escuchando.
Observando.
Sintiendo.
Y aunque no lo dijo en voz alta… algo dentro de ella se movió.
Algo pequeño.
Pero importante.
Porque en la academia había elegido estar sola.
Y aquí… sin buscarlo…
Tal vez no tendría que estarlo.
Y eso… era algo completamente nuevo.
El salón de té era cálido y luminoso, completamente distinto a la sobriedad de la oficina del duque.
Las tazas humeaban sobre una mesa perfectamente dispuesta, pero el orden elegante contrastaba con la energía desbordante de Celeste y Helena, que no se sentaron con delicadeza… sino con entusiasmo.
—¡Tienes que saber todo! —dijo Celeste, inclinándose hacia Regina.
—¡Todo! —repitió Helena, asintiendo con fuerza.
Y sin darle demasiado tiempo a intervenir, comenzaron.
Le hablaron de su padre.
—Es muy serio, pero es bueno —dijo Celeste.
—Muy bueno.. Solo que no sonríe mucho… pero nos quiere.
Le hablaron de la mansión.
De sus rincones favoritos, de los pasillos donde jugaban cuando eran niñas, de los jardines que recorrían aunque ya no fueran niñas hacía mucho tiempo.
Le hablaron del ducado.
De cómo funcionaban las tierras, de los trabajadores, de las estaciones, de las rutinas.
Y luego, como si fuera el punto más importante de todos…
—¡Mañana tienes que venir con nosotras! —exclamó Helena.
—¡Sí! Te llevaremos al campo de entrenamiento.
Regina levantó apenas una ceja, curiosa.
—¿Campo de entrenamiento?
Las dos se inclinaron hacia adelante al mismo tiempo, con una expresión casi conspirativa.
—Entrenan los soldados…
Una pequeña pausa dramática.
—A veces sin camisa
susurraron… y luego soltaron una pequeña risa emocionada.
Regina las miró.
Parpadeó.
Y no pudo evitar sentir una ligera sorpresa.
No por el contenido en sí… sino por la forma tan abierta, tan poco contenida en la que lo decían.
No había filtro.
No había protocolo.
Y eso… era completamente distinto a cualquier noble que hubiera conocido antes.
—Eso suena diferente.. —respondió finalmente, con una leve sonrisa.
Ellas rieron aún más, encantadas con su reacción.