Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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La mecánica de la maldad.
Dos semanas después:
La Universidad de Heidelberg, con sus muros de piedra milenaria y su prestigio imperturbable, se transformó de la noche a la mañana en una jaula de cristal para Aranza Müller. El profesor Schmidt, cuya carrera pendía del hilo de esa investigación, no permitía que el aire entrara o saliera del laboratorio sin su permiso..
Aranza pasaba las noches en vela, bajo la luz parpadeante de los fluorescentes, rodeada del zumbido monótono de las incubadoras. Sus manos, antes firmes, temblaban por el exceso de cafeína y la presión de saber que cada gota de reactivo era un gramo de su futuro que se evaporaba. No era solo trabajo; era una penitencia pública. Schmidt la trataba como a una criminal bajo libertad condicional, recordándole en cada turno que su beca era un privilegio, no un derecho, y que los errores de los "pobres" como ella se pagaban con el destierro académico.
—No entiendo cómo no lo viste, Müller —Dijo Schmidt una madrugada, mientras revisaban los gráficos de temperatura—. Una mente brillante no se permite descuidos. A menos, claro, que tu brillantez sea solo un mito de los registros de admisión.
Aranza apretaba los dientes hasta que le dolía la mandíbula. Quería gritar que el sistema había sido manipulado, que ella era meticulosa hasta la obsesión, pero el agotamiento le robaba las palabras. Estaba sola en una trinchera de cristal, y lo peor era que su ausencia dejaba a Idril desprotegida en la superficie.
Mientras Aranza se hundía en el sótano de Ciencias, Idril experimentaba una realidad distorsionada. Sin su amiga para cuestionar cada sombra, el campus se sentía extrañamente... acogedor.
Saúl y Omar habían perfeccionado su acto. Ya no eran los acosadores del primer día; ahora eran sus "protectores" intelectuales. Se sentaban con ella en el fondo de la biblioteca, evitando ser vistos por el resto.
—Es increíble cómo haces que las materias parezcan poesía, Idril —comentó Saúl una tarde, inclinándose sobre su hombro. El aroma de su perfume, caro y embriagador, nubló los sentidos de la chica—. A veces me pregunto qué hacemos el resto de nosotros aquí. Solo ocupamos espacio mientras tú construyes el futuro.
Idril sintió un calor desconocido subirle por las mejillas. La validación era una droga más potente que cualquier narcótico. Durante años, su inteligencia había sido su refugio solitario, la razón por la que la llamaban "rara" o "nerd". Pero ahora, bajo la mirada de Saúl, su cerebro era un tesoro.
—Es... es solo práctica —murmuró ella, tratando de concentrarse en los apuntes, pero sintiendo la proximidad física de Saúl como una quemadura.
—No te menosprecies —intervino Omar, apareciendo con dos cafés de la cafetería privada de la facultad, entregándole uno a ella con una sonrisa deslumbrante—. Tienes un don. Y lamento que hayamos tardado tanto en darnos cuenta. Por cierto, me enteré de lo de tu amiga Aranza... Qué tragedia. Schmidt puede ser un carnicero cuando se lo propone.
Idril bajó la mirada, la culpa punzándole el pecho. —Ella no lo hizo, Omar. Es la persona más responsable que conozco.
—Oh, lo sabemos —asintió Saúl con una gran sonrisa, en este lugar, la responsabilidad no importa tanto como los resultados. Es una lástima que esté tan ocupada; te ves un poco perdida sin ella.
Esa palabra, "perdida", resonó en la mente de Idril. Era cierto. Sin los ladridos de advertencia de Aranza, el mundo se sentía peligrosamente silencioso. Y en ese silencio, la voz de Saúl sonaba como una melodía de salvación.
Mientras tanto:
Desde la seguridad de su despacho privado, Hasso Wellenreuther observaba los informes de seguridad, las cámaras habían sido apagadas por lo que era evidente que alguien había arruinado el trabajo. El director debía mantener el asunto en privado, lo más importante era que la jerarquía de la universidad se mantuviera intacta. Los más influyentes no solo controlaban las fiestas; controlaban la narrativa del éxito.
En el pasillo, Darién Herzog se cruzó con Idril. Ella iba deslumbrada por Saúl y Omar, como una reina custodiada por caballeros, aunque en realidad era una prisionera que amaba sus cadenas.
Darién no se detuvo, pero al pasar a su lado, sus ojos se encontraron con los de ella por un microsegundo. No hubo burla, solo una frialdad analítica que hizo que Idril se estremeciera. Él sabía que ella estaba cayendo. Sabía que cada sonrisa de Saúl era un clavo en el ataúd de su dignidad.
Se dirigió hacia las escaleras que bajaban al laboratorio. Quería ver a la otra. Quería ver cuánto quedaba de la Aranza que le había lanzado el balón. Al llegar a la puerta de cristal, la vio a través del reflejo: Aranza estaba encorvada sobre un microscopio, con el cabello desordenado y las ojeras marcadas como estigmas de guerra. Estaba rota, pero seguía luchando.
—La resistencia es una forma de vanidad, Müller —susurró Darién para sí mismo, apoyando la mano en el cristal frío—. Pero ver cómo se extingue esa vanidad... eso va a ser el verdadero espectáculo de este semestre.
Se alejó sin entrar. No era el momento de la "misericordia". El aislamiento de Idril estaba completo, y el asedio a Aranza acababa de entrar en su fase más oscura. La Élite había ganado la primera batalla sin disparar una sola palabra de odio; lo habían logrado con algo mucho más letal: una falsa sensación de pertenencia.