Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 24: Raíces Nuevas
La mañana en Smiths Falls comenzó con el canto de los pájaros y el olor a pan recién horneado que llegaba desde la panadería de la esquina. Kaeil despertó con la luz del sol acariciándole el rostro y, durante un instante, sintió que todo había sido un sueño. La huida, los disparos, la sangre... nada de eso podía ser real en un lugar tan apacible.
Pero el calor del cuerpo de Jessica a su lado le recordaba que era real. Muy real.
Ella dormía aún, con el brazo sano extendido sobre su pecho, la respiración acompasada, el rostro relajado como no lo había visto nunca. Parecía diez años más joven. Parecía, por fin, en paz.
Kaeil sonrió y le acarició el pelo con suavidad. Ella se movió ligeramente, murmuró algo ininteligible y volvió a sumirse en el sueño.
Él se quedó un rato más, disfrutando de ese momento robado al tiempo. Luego, con cuidado de no despertarla, se levantó y fue a la cocina.
Tomás ya estaba allí, por supuesto. El viejo era un madrugador incorregible, y tenía ya el café hecho y la mesa puesta.
—Buenos días, muchacho —dijo sin volverse—. ¿Has dormido bien?
—Sí. Como un tronco. ¿Y tú?
—Ya sabes, a mi edad el sueño es un lujo. Pero no me quejo.
Kaeil se sirvió una taza de café y se sentó a la mesa. A través de la ventana, veía el jardín bañado por el sol de la mañana, las flores que Elena había plantado la semana anterior, el pequeño columpio que Tomás había instalado para Daniel.
—Es increíble —dijo en voz baja.
—¿El qué?
—Esto. Todo esto. Hace unas semanas estábamos huyendo, escondiéndonos, a punto de morir. Y ahora... miramos por la ventana y vemos un jardín.
—La vida es así —respondió Tomás, sentándose frente a él con su propia taza—. Te pega, te arrastra, te rompe. Pero si tienes suerte, también te da momentos como este.
—¿Tú crees en la suerte?
—Creo en el destino. Y creo que hay cosas que están escritas. Lo demás, es cosa nuestra.
Kaeil meditó sus palabras mientras sorbía el café. El destino. ¿Habría sido el destino lo que lo llevó a esos archivos? ¿Lo que lo cruzó con Jessica? ¿Lo que los había traído hasta aquí?
—¿En qué piensas? —preguntó Tomás.
—En el futuro. En lo que viene ahora.
—Lo que viene es vivir. Disfrutar de lo que tienen. Cuidarlo.
—¿Y si el pasado vuelve?
—Siempre vuelve, de alguna manera. Pero cuando vuelva, estaréis preparados. Y más fuertes.
La puerta de la habitación de Mateo se abrió y Daniel salió disparado hacia el salón, seguido de su padre, que intentaba atraparlo sin éxito.
—¡Buenos días, tío Kaeil! —gritó el niño, lanzándose a sus brazos.
—Buenos días, campeón. ¿Has dormido bien?
—Sí. Soñé con un perro. Un perro grande y marrón.
Kaeil rió.
—¿Un perro? ¿Y qué hacía el perro?
—Jugaba conmigo. En el jardín. —Daniel señaló hacia afuera—. ¿Podemos tener un perro?
Kaeil y Tomás se miraron.
—Eso tendrás que preguntárselo a tu papá —dijo Kaeil.
Mateo se acercó, con una expresión de falsa severidad.
—¿Un perro? ¿Y quién lo va a pasear? ¿Quién lo va a alimentar?
—¡Yo! —gritó Daniel—. Yo lo haré todo.
—Ya veremos, campeón. Ya veremos.
Elena salió de la cocina con una bandeja de bizcochos recién hechos.
—A desayunar todos. Daniel, siéntate.
—¡Bizcochos! —el niño olvidó inmediatamente el tema del perro y se sentó a la mesa con entusiasmo.
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Jessica se despertó una hora después, cuando el sol ya calentaba de verdad. Salió al salón envuelta en una bata, el pelo revuelto, los ojos todavía somnolientos.
—¿Por qué no me despertaste? —protestó, sentándose junto a Kaeil.
—Necesitabas dormir.
—Llevo días durmiendo. Ya estoy bien.
—Tu hombro dice lo contrario.
—Mi hombro no manda.
—Yo sí.
Ella lo miró con una mezcla de irritación y ternura, pero no discutió. Tomó el café que Kaeil le ofreció y se recostó en su hombro.
—Huele bien —dijo, aspirando el aroma del bizcocho.
—Elena los hizo. Están deliciosos.
—Pues voy a probar uno.
Comieron todos juntos, como una gran familia. Daniel contaba historias de su sueño, Mateo y Elena hablaban de los preparativos para el bebé, Tomás contaba anécdotas de sus años en la montaña. Jessica y Kaeil escuchaban, sonriendo, sintiendo que por fin pertenecían a algo.
Después del desayuno, Kaeil sacó a pasear a Jessica por el pueblo. Era un día hermoso, con un cielo azul sin nubes y una brisa suave que movía las hojas de los arces.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí. Es... tranquilo.
—Demasiado tranquilo, quizás.
—No. Está bien. Necesitaba esto.
Caminaron hasta el canal, donde unas cuantas embarcaciones descansaban amarradas. Se sentaron en un banco, junto al agua, contemplando el lento discurrir de la corriente.
—Kaeil —dijo Jessica de repente—, ¿tú crees que podremos ser felices aquí?
—Sí. Lo creo.
—¿Y si un día viene alguien? ¿Del pasado?
—Entonces lo enfrentaremos juntos. Como siempre.
Ella asintió lentamente, pero su mirada seguía perdida en el agua.
—Hay algo que no te he contado —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—En la Operación Fénix, yo no era solo una soldado. Yo... yo fui la que entró primero en la casa. La que abrió la puerta. La que... —su voz se quebró—. La que vio a los niños antes de que...
Kaeil le tomó la mano.
—No tienes que contarlo si no quieres.
—Necesito hacerlo. Llevo años callándolo. Años pensando que fue culpa mía. Que si hubiera llegado antes, si hubiera visto algo, si hubiera...
—No fue culpa tuya. Tú cumplías órdenes. No sabías lo que realmente pasaba.
—Pero ahora lo sé. Y no puedo dejar de pensar en esos niños. En Mateo, cuando era pequeño. En lo que vio.
Kaeil la abrazó, sintiendo cómo temblaba.
—Mateo está vivo. Ha construido una familia. Tiene un futuro. Y tú has ayudado a que eso sea posible.
—¿Tú crees?
—Lo sé. Sin ti, Mateo estaría muerto. O escondido para siempre. Sin ti, Crawford seguiría en el poder. Sin ti, yo estaría muerto.
Jessica levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos verdes brillaban con lágrimas no derramadas.
—Te quiero —susurró.
—Y yo a ti. Y juntos vamos a superar esto. Todo esto.
Se besaron allí, junto al canal, mientras las aguas seguían su curso indiferente. Y por un momento, el peso del pasado se hizo un poco más llevadero.
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Volvieron a casa al mediodía. Tomás estaba en el jardín, arreglando unas macetas. Mateo y Elena habían salido a hacer la compra, llevándose a Daniel. La casa estaba en silencio.
—Voy a tumbarme un rato —dijo Jessica—. Me duele un poco el hombro.
—¿Quieres que te ayude?
—No, descansa tú también. Te lo has ganado.
Kaeil la acompañó a la habitación y la ayudó a acostarse. Antes de irse, ella lo retuvo de la mano.
—¿Te quedas? —preguntó.
—Claro.
Se tumbó a su lado, con cuidado de no tocar su hombro, y se quedaron así, abrazados, escuchando sus respectivas respiraciones.
—Kaeil —dijo ella al cabo de un rato.
—¿Qué?
—¿Tú crees que merecemos esto? ¿La felicidad, quiero decir?
—Todo el mundo merece ser feliz.
—No es cierto. Hay gente que hace cosas malas. Gente que...
—Tú no eres mala. Hiciste lo que tenías que hacer en un mundo que no te dio opciones. Y cuando tuviste la oportunidad de hacer lo correcto, lo hiciste. Eso es lo que importa.
Ella guardó silencio un largo rato. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por creer en mí. Por quedarte. Por todo.
—No hay de qué. Es lo que haces cuando quieres a alguien.
Se durmieron así, abrazados, mientras la tarde avanzaba lentamente y el sol se filtraba por la ventana.
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Cuando despertaron, ya era de noche. La casa olía a cena, y se oían las risas de Daniel y la voz de Tomás contando alguna historia.
Salieron al salón y encontraron a todos sentados a la mesa, esperándolos.
—Ya era hora, dormilones —dijo Mateo con una sonrisa.
—Lo siento —se disculpó Jessica—. No sé qué me pasó.
—Descansar, eso te pasó. Lo necesitabas.
Cenaron todos juntos, como cada noche, pero aquella cena fue especial. Hablaron de todo y de nada, rieron, compartieron. Daniel hizo reír a todos imitando a un pato. Tomás contó una historia increíble sobre un oso que se coló en su cabaña. Mateo y Elena anunciaron que ya habían elegido nombre para el bebé: Sofía, si era niña; Tomás, si era niño, en honor al viejo.
Tomás no pudo ocultar la emoción.
—No sé qué decir —murmuró.
—No digas nada —respondió Elena—. Solo quédate con nosotros. Siempre.
Después de cenar, Kaeil y Jessica salieron al jardín. La noche era estrellada, fresca, perfecta.
—¿Sabes? —dijo Jessica—. Creo que puedo acostumbrarme a esto.
—¿A qué?
—A la tranquilidad. A la rutina. A despertarme cada mañana a tu lado.
—¿Sin echar de menos la acción?
—La acción está sobrevalorada. Prefiero esto.
Kaeil sonrió y la abrazó.
—Entonces, bienvenida a tu nueva vida, Jessica Greys.
—Gracias. Y gracias por traerme hasta aquí.
—No fui yo. Fuimos todos. Y sobre todo, fuiste tú.
Se besaron bajo las estrellas, mientras en la casa seguían las risas y el calor de la familia.
Y en ese momento, ambos supieron que, después de todo, habían encontrado su lugar en el mundo.