Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 24: No estaba listo para ese tipo de dolor
—Sé muy bien cuál es mi lugar, Zylith —respondí, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía—. Si Loraine me lo pidiese, moriría por ella.
Y era verdad. Aunque no me lo pidiera, daría mi vida por la suya sin pestañear. Es un sentimiento extraño, quisiera echarle la culpa a este maldito lazo, pero para qué negarlo... es algo mucho más profundo.
Es algo que me pertenece a mí, no al contrato.
—Me alegra que lo tengas claro —Zylith sonrió, y por un momento vi en ella la misma chispa de Loraine—. ¡Ahora, a luchar!
Se lanzó contra mí con una velocidad que me obligó a desplegar mis nueve colas al instante. El entrenamiento había comenzado, y si quería estar a la altura de la mujer que amaba, tendría que convertirme en el monstruo más poderoso que este mundo hubiera visto jamás.
Zylith me dio un respiro después de una sesión de entrenamiento que me dejó los músculos ardiendo y la mente agotada. Me senté en el borde de la arena, observando cómo las luces del templo comenzaban a encenderse una a una.
El silencio de la noche era interrumpido por las risas lejanas del abuelo Juanjo y los gritos de asombro de Loraine mientras Zayn le mostraba alguna nueva técnica.
Me quedé ahí, perdido en mis propios pensamientos, analizando algo que me aterraba más que cualquier espectro, la comodidad.
Nunca en mis miles de años de existencia había experimentado algo así.
Los Romo eran... ruidosos.
Eran caóticos, testarudos y, francamente, estaban todos un poco locos.
Pero había una calidez en este templo que no existía en mi cueva de cristal, por muy hermosa que fuera. Convivir con ellos se sentía, de una forma extraña y peligrosa, como tener un hogar.
El abuelo me trataba como a un nieto molesto al que le gusta ganar a las damas
Zylith, a pesar de su autoridad, me miraba con una sabiduría que no juzgaba mi pasado, y Zayn... bueno, no he tratado con el.
Y luego estaba ella. Loraine.
Desde que descubrí que los Romo habían cometido el mayor de los tabúes —mezclar la sangre divina con la humana— algo cambió en mi percepción.
Ese "pecado" era precisamente lo que los hacía tan especiales. Eran un puente entre dos mundos, y Loraine era el centro de esa unión. Sentía una conexión con ella que iba más allá del hilo dorado que nos ataba las muñecas.
Me sentía a gusto a su lado, incluso cuando discutíamos, incluso cuando me lanzaba esa espada eléctrica que tanto odiaba.
Pero no entendía mis sentimientos, y la verdad, no quería profundizar en ellos. El amor entre seres sobrenaturales y humanos es una tragedia anunciada.
Lo he visto suceder a lo largo de los eones, el humano se marchita como una flor de cerezo mientras el ser inmortal permanece, condenado a cargar con el recuerdo de un parpadeo de felicidad durante el resto de la eternidad.
Es peligroso.
Es egoísta.
Amar a Loraine sería como condenarme a verla morir algún día, y yo no estaba listo para ese tipo de dolor.
Loraine
—¡Venga ya! ¡Tío Zayn, llevamos una hora aquí y la espada no me responde! ¡Ya paremos! —exclamé, dejando caer la punta de Takemikazuchi contra la tierra.
Sentía los músculos ardiendo y el sudor empapándome la frente. Estaba molida, tanto física como mentalmente. La frustración era un nudo en mi garganta que bloqueaba cualquier rastro de magia.
—¡Sigue intentando, Loraine! ¡Si te rindes ahora, de nada servirá todo el esfuerzo que has hecho todo este tiempo! —me gritó él, cruzado de brazos, pero con una mirada que derramaba ánimos.
—¡Es que no sé qué más hacer! —suspiré resignada, sintiendo que la espada pesaba una tonelada.
Zayn se acercó a mí con paso tranquilo y puso una mano sobre mi hombro. Su energía era reconfortante, estable.
—Loraine, Takemikazuchi es una espada que responde a ti solo si tu mente y tu cuerpo están conectados. En este acero reside el alma de un Dios, el mismísimo Dios del Trueno. La única forma de que puedas controlarla a la perfección es que tu interior esté tranquilo. El rayo no nace del caos, nace de la precisión. Y, como yo lo veo, hay algo que te perturba la mente... ¿podrías decirme qué te pasa, cariño?
Bajé la mirada, clavando la vista en mis botas. —No es nada, tío Zayn —mentí torpemente.
—Ese "nada" no tendrá que ver con Evan, ¿o sí? —preguntó él con una sonrisa altiva y una ceja levantada.
—¿Cómo lo supiste? —abrí los ojos de par en par, sorprendida por su puntería.
—Te recuerdo que soy un Dios, tonta —rio él, dándome un golpecito cariñoso en la frente. Ambos compartimos una risa que disipó un poco la pesadez del ambiente.
Pasamos el resto de la tarde entrenando formas básicas, tratando de buscar ese centro de calma que Zayn mencionaba. Cuando el sol se ocultó y la luna tomó su lugar, nos reunimos todos para cenar. El ambiente era cálido, pero la conversación pronto tomó un rumbo mucho más oscuro. El abuelo y mi madre pusieron sobre la mesa el tema que todos habíamos estado evitando, el medallón.
—Este medallón es codiciado porque con él tienes el poder absoluto sobre la vida y la muerte, Loraine —explicó mi madre, con una gravedad que me hizo dejar los palillos sobre el cuenco—. Quien lo posea puede reclamar almas del inframundo o extinguir vidas con un solo pensamiento. ¿Entiendes ahora la gravedad del asunto?
Sentí un escalofrío. Miré el anillo en mi mano, ese objeto aparentemente inofensivo que ahora pesaba más que mi espada.
—Tendré mucho cuidado —suspiré, acariciando el metal frío—. No dejaré que nadie lo use para el mal.
Evan, que había estado en silencio al otro lado de la mesa, me lanzó una mirada intensa. Por el lazo, sentí su determinación, él tampoco dejaría que nada me pasara, pero su reciente frialdad seguía siendo la interferencia que no me dejaba conectar con mi poder.
La paz del templo se hizo añicos en un segundo.
Un humo negro, denso y viscoso, empezó a filtrarse por las rendijas de las puertas de madera. El olor era insoportable, una mezcla fétida de carne podrida y azufre que nos hizo toser violentamente.
—¡Afuera! ¡Todos fuera! —gritó el tío Zayn.
Salimos atropelladamente al patio principal. Allí, bloqueando la salida y haciendo que la tierra temblara bajo su peso, se alzaba un Ogro colosal. Medía al menos diez metros, con una piel grisácea y rugosa como la piedra y un hacha gigante que parecía forjada en las fraguas del mismo infierno.
—¡Y ese quién diablos es! —exclamó el abuelo, abriendo mucho los ojos.
—¡Es un Ogro de élite, de seguro vino por el medallón! —sentenció el tío Zayn, lanzándome una mirada de advertencia.
—En ese caso, no dejaremos que lo obtenga —dijo Evan con una determinación gélida, tomándome la mano con fuerza. Su contacto, aunque firme, me transmitió una corriente de energía protectora.
El patio se convirtió en un despliegue de poder divino.
El abuelo y el tío Zayn empezaron a materializar elementos, creando barreras de tierra y ráfagas de viento. Mi madre y Evan desplegaron sus nueve colas, que iluminaron la oscuridad con fuegos de distintos colores. Yune rugió, transformándose en su imponente forma de combate, y yo desenvainé a Takemikazuchi.
—¿Qué son esas marcas? —preguntó mi madre de repente, con la voz cargada de sospecha.
—Esto no es nada, luego hablamos de eso —respondió Evan rápidamente, tratando de desviar la atención, pero mi madre lo miró de forma extraña.
—¡No me refiero a las tuyas, jovencito! ¡Me refiero a esas marcas! —dijo señalándome.
Bajé la vista y ahogué un grito. Mis brazos y piernas estaban cubiertos por unas marcas plateadas, brillantes y eléctricas, que se retorcían como rayos vivos. Parecían desprenderse de la empuñadura de mi espada y fundirse con mi piel.
—No sé qué... —No pude terminar.
El Ogro lanzó un rugido ensordecedor y descargó su hacha contra nosotros. El impacto creó una onda de choque que nos obligó a dispersarnos.
Empezamos a atacarlo con todo, el fuego de Evan, los hechizos del abuelo y los cortes de mi espada imbuida en rayos plateados. Pero era inútil. Su piel era tan dura que mis estocadas ni siquiera le hacían un rasguño. Éramos como hormigas picando a un elefante de roca.
El monstruo, harto de nuestras pequeñas ofensas, alzó su hacha hacia el cielo. El aire se volvió pesado, cargado de una energía destructiva.
Iba a aplastarnos a todos de un solo golpe. Cerré mis ojos con fuerza, apretando los dientes, esperando el impacto final que acabaría con todo.
Los segundos pasaron. El estruendo no llegó.
Abrí los ojos confundida. El Ogro nos daba la espalda, congelado en el aire. De repente, una línea vertical de luz oscura cruzó su cuerpo. Con un sonido húmedo y pesado, el gigante fue partido exactamente por la mitad. Ambas partes colosales cayeron hacia los lados, convirtiéndose en ceniza antes de tocar el suelo.
En medio de los restos humeantes, apareció una figura que nos heló la sangre. Un tipo encapuchado, flotando a unos centímetros del suelo, sostenía una guadaña cuya hoja negra parecía beberse la luz de la luna.
No podía ver su rostro bajo la sombra de la capucha, hasta que alzó la cabeza lentamente.
—¿La familia Romo en problemas? Qué ironía… —dijo con una voz que sonaba como el roce de dos lápidas.
Dejó ver una sonrisa demoníaca, llena de dientes afilados. Evan se puso delante de mí al instante, gruñendo desde lo más profundo de su pecho, con sus nueve colas erizadas en señal de peligro absoluto.
—Tú... —susurró el tío Zayn, retrocediendo un paso. Su rostro estaba pálido—. ¿Qué haces aquí, él te envió?
—He venido a ver si la nueva portadora es tan patética como parece —respondió el encapuchado, fijando sus ojos brillantes en mí—. Y por lo que veo, el medallón está en manos de una niña que ni siquiera sabe por qué su piel brilla como la plata.
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭