milena es una princesa que luchara por el trono
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Lo que regresa
La grieta no volvió a abrirse.
Pero tampoco desapareció.
Milena permanecía en el mismo lugar, observando el horizonte, con una calma que por dentro no era completa. Había tomado una decisión… y ahora debía sostenerla.
Sin dramatismos.
Sin dudas visibles.
El eco seguía ahí.
Más estable.
Aún débil… pero distinto.
—Estás cambiando… —murmuró, casi como una conclusión.
No hubo respuesta.
Pero esta vez, tampoco hubo silencio absoluto.
Algo se movía.
No en el aire.
No en el mundo.
En el límite.
Milena cerró los ojos.
No forzó la conexión.
Solo escuchó.
El equilibrio no reaccionó con violencia. Eso le confirmó algo importante: lo que estaba ocurriendo no era completamente ajeno… solo no estaba terminado.
Como si algo interrumpido…
intentara completarse.
—No debería funcionar así… —pensó.
Pero estaba funcionando.
Abrió los ojos y caminó unos pasos hacia una zona más despejada entre las rocas. No había nada visible.
Aun así…
se detuvo.
Porque lo sintió.
Más cerca.
—Si estás ahí… —dijo sin alzar la voz— no te resistas.
No era una orden.
Era una guía.
El aire se volvió más denso.
No pesado… sino concentrado.
Como cuando una tormenta aún no estalla.
Milena extendió la mano.
Esta vez sin dudar.
No tocó nada.
Pero la sensación fue clara.
Contacto.
Leve.
Inestable.
Suficiente.
El eco respondió.
No con palabras.
Con presencia.
Y entonces…
algo cambió.
No hubo luz intensa.
No hubo explosión.
Solo una distorsión breve.
Un fallo en lo que era estable.
Y en ese punto…
apareció.
Un cuerpo.
Incompleto al principio.
Difuso.
Pero real.
Milena no se movió.
No retrocedió.
Solo observó.
La forma se estabilizó poco a poco.
Respiración.
Pulso.
Materia.
El hombre cayó de rodillas.
Como si el peso del mundo lo hubiera alcanzado de golpe.
Milena bajó la mano lentamente.
El proceso se detuvo.
Pero no se rompió.
Él respiró con dificultad.
Aire real.
Frío.
Nuevo.
Sus manos tocaron el suelo, como si necesitara comprobar que estaba ahí.
Milena esperó.
Sin intervenir.
Sin hablar.
El hombre levantó la cabeza.
Sus ojos tardaron en enfocar.
Pero cuando lo hicieron…
se detuvieron en ella.
No hubo reconocimiento inmediato.
Solo atención.
—… —intentó hablar, pero la voz no salió.
Milena dio un paso adelante.
Lo justo.
—Respira —dijo, con tono firme.
Él obedeció sin saber por qué.
Una inhalación profunda.
Luego otra.
Su cuerpo respondió.
Lento.
Pero constante.
El silencio se mantuvo.
Sin tensión innecesaria.
Sin dramatismo.
Solo realidad.
Finalmente, él logró hablar.
—¿Dónde…?
La voz era baja.
Rasgada.
Pero estable.
Milena lo observó unos segundos antes de responder.
—Varkel.
Él asimiló la palabra sin reaccionar demasiado.
Su mirada volvió a ella.
Más fija esta vez.
Más consciente.
—Tú… —dijo, como si buscara algo que no terminaba de encajar.
Milena no completó la idea.
No lo ayudó.
—Aún no recuerdas —dijo simplemente.
No era pregunta.
Era diagnóstico.
Él frunció ligeramente el ceño.
No por dolor.
Por esfuerzo.
—No… —respondió.
El silencio volvió.
Pero no era incómodo.
Era necesario.
Milena cruzó los brazos, evaluándolo.
—Eso es mejor —añadió.
Él la miró, sin entender del todo.
—¿Por qué?
Milena sostuvo su mirada.
—Porque así no te rompes.
No explicó más.
No era el momento.
El viento volvió a moverse entre las rocas.
Nada más ocurrió.
Ninguna señal.
Ningún colapso.
El equilibrio no se alteró de forma visible.
Eso bastaba por ahora.
Milena giró ligeramente el cuerpo.
—Puedes ponerte de pie —dijo.
Él dudó.
Pero lo intentó.
Y lo logró.
Inestable.
Pero vivo.
Milena lo observó un instante más.
Luego habló.
—Necesitamos ver cuánto de ti volvió.
Sin emoción evidente.
Pero con una certeza clara.
Esto no era un milagro.
Era un proceso.
Y apenas…
acababa de empezar.