Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPITULO 22
Alina
Adriano había vuelto a su rutina… o al menos eso parecía.
Salía todos los días temprano, impecable como siempre, con ese porte que imponía respeto incluso en silencio. Nadie, absolutamente nadie, podría imaginar lo que había pasado días atrás. Ni la noche en la que desapareció. Ni lo que había en su mente.
Sus padres me preguntaban por él a diario.
—¿Cómo lo ves hoy? —decía Regina con aparente naturalidad, aunque sus ojos la delataban.
Y yo respondía lo que podía… lo que veía.
—Más tranquilo… un poco más callado.
Porque era cierto.
Adriano seguía tomando decisiones, seguía liderando, seguía siendo el hombre que todos conocían… pero conmigo, en los pequeños espacios, había algo distinto.
Más humano.
Más frágil.
Yo, por mi parte, seguía hablando con el terapeuta. Necesitaba entender cómo acompañarlo sin invadirlo, cómo estar sin romper el equilibrio que tanto le costaba mantener.
Ese día salí a hacer mercado.
Necesitaba distraerme, sentir un poco de normalidad… aunque fuera por unas horas.
Y entonces la vi.
Úrsula.
Había escuchado su nombre más de una vez, casi siempre en susurros, como si fuera una historia mal contada que nadie quería explicar del todo.
Ella me miró primero.
—La señora Vassari… caminando sola —dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Úrsula, ¿verdad? —respondí con calma—. Mucho gusto.
Su mirada recorrió mi cuerpo sin disimulo.
—¿Sabías que yo me iba a casar con Adriano?
Sentí un pequeño vacío en el pecho, pero no lo mostré.
—No. No lo sabía.
—Parece que el apellido no es lo importante… —añadió—, importa más la belleza.
Sostuve su mirada.
—Todo es importante —respondí con tranquilidad.
No iba a entrar en su juego.
Me disculpé y seguí mi camino, pero sus palabras se quedaron conmigo.
Como una espina.
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Estaba guardando las bolsas en el carrito cuando lo sentí.
—¿Qué tienes?
Levanté la vista.
Adriano.
Siempre aparecía así… como si supiera exactamente cuándo lo necesitaba.
—Me asustaste —dije, aunque ya estaba sonriendo.
Tomó las bolsas sin esfuerzo y las acomodó en el maletero.
—Perdón.
Me observaba con atención, demasiado atento.
—Estoy bien… pero tengo una duda.
—Dime.
Miré alrededor.
—¿Podemos hablar en un lugar más privado?
Asintió sin dudar.
—Claro.
Me abrió la puerta del copiloto.
—¿Y tu auto?
—Lucio lo trae después.
No insistí.
Subí a la camioneta y él rodeó el vehículo para sentarse al volante. Hacía tiempo que no compartíamos algo tan simple como un momento así.
Y se sentía… bien.
—¿Qué han sabido de los secuestros? —pregunté—. Te dejaron a cargo, ¿verdad?
—Sí —respondió, pasando la mano por su cabello antes de quitarse la corbata en un semáforo.
El silencio se instaló entre nosotros.
Pero no era incómodo.
Era… nuestro.
Se movía ligeramente en el asiento.
—¿Qué tienes? —pregunté.
—Esta camioneta se siente pequeña.
Lo miré, confundida.
—Tuve que haberte comprado una más grande.
Sonreí.
—Es perfecta.
—Perfectamente pequeña.
Rodé los ojos.
—Es la primera vez que te subes en ella.
—Sí… es cierto.
Me entregó su corbata como si fuera lo más natural del mundo.
La tomé sin cuestionarlo.
—¿Cómo te has sentido? —pregunté con suavidad.
Respiró hondo.
—Bien… —hizo una pausa—. Perdón por todo.
Negué.
—No hay nada que perdonar.
—Claro que sí. Fui una mala persona contigo.
Giré un poco hacia él.
—Tenías muchas cosas encima… y yo tampoco entendía.
Solté el aire lentamente.
—Creo que ninguno de los dos reaccionó bien.
—Claramente no —respondió, y por primera vez en días, sonrió de verdad.
Esos ojos…
Los mismos que me habían enamorado.
Tomó mi mano y la besó.
—El matrimonio es difícil —dije en voz baja.
—Bastante.
Estacionó la camioneta y apagó el motor.
—¿Qué era lo que querías preguntarme?
Lo miré.
—¿Estabas comprometido con Úrsula?
Su expresión cambió de inmediato. Salió del auto sin dejar de mirarme y rodeó hasta abrir mi puerta.
—No… que yo sepa —respondió—. Y jamás me casaría con esa bruja.
No pude evitar reír un poco.
Sacó las bolsas del maletero.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque eso fue lo que me dijo.
Entramos a la casa.
—La conozco de toda la vida, pero nunca hemos tenido nada —dijo con firmeza.
Lo observé con cierta incredulidad.
—¿En serio nunca se te acercó?
Frunció el ceño.
—No que yo recuerde.
Negué, divertida.
—A ti te miran las mujeres… y ni cuenta te das.
Se acercó un paso.
—¿Por qué debería darme cuenta?
Su voz bajó ligeramente.
—Si la única mujer que me interesa que me mire… eres tú.
Sentí el calor subir a mis mejillas.
—Gracias…
Mordí suavemente mi labio inferior.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—No me mires así…
—¿Por qué?
No respondí.
Solo di un paso hacia él.
—¿Me vas a dejar tocarte?
No respondió con palabras.
Sus labios encontraron los míos en un beso lento, profundo, cargado de todo lo que habíamos contenido.
Había pasado más de un mes.
Más de un mes de distancia, de miedo, de cuidado excesivo.
Sus manos se movieron con la misma delicadeza de siempre, como si aún temiera romperme.
Como si aún se estuviera conteniendo.
Mis manos recorrieron su pecho… y por un instante, sentí cómo su cuerpo se tensaba.
Me detuve de inmediato.
—¿Estás bien?
Me miró directo a los ojos.
—Sí.
Y esta vez… le creí.
Volví a acercarme.
Más despacio.
Más consciente.
Y él respondió igual.
Sin prisa.
Sin necesidad de huir.
Porque esta vez no era solo deseo.
Era confianza.
Era elegir quedarse.
Era entender, sin decirlo, que no éramos perfectos…
Pero éramos un equipo.
Y que, incluso en medio del caos, del pasado y de las sombras…
Nos teníamos el uno al otro.