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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: La primera vez

La conciencia regresó como el agua que sube lentamente: primero el olor, luego la luz, después el peso de un cuerpo que no era el suyo en una cama que no era la suya.

Monserrat abrió los ojos.

El techo era blanco, liso, sin grietas. La luz entraba por un ventanal enorme, tamizada por cortinas que no conocía. El olor de las sábanas era distinto: algo limpio, algo cálido, algo que su piel reconoció antes de que la mente terminara de despertar.

El olor de él.

Se incorporó despacio. La ropa de la noche anterior estaba doblada en una silla junto a la ventana. Alguien la había colocado allí con cuidado. Sus zapatos, en el suelo, alineados como si esperaran.

El recuerdo llegó a fragmentos.

El beso.

Las manos de él en su espalda.

La forma en que la sostuvo cuando las piernas dejaron de obedecerle.

Después, la bruma. Él llevándola hasta esa cama. El susurro de “duerme”. La mano que se retiró cuando ella cerraba los ojos.

Bajó de la cama. Los pies descalzos tocaron el suelo de madera y el frío subió por sus tobillos. Salió de la habitación siguiendo el silencio.

Lo encontró en el salón.

Dormía en el sofá, que le quedaba pequeño, con una manta ligera cubriéndole las piernas. La luz de la mañana le caía de lado, iluminando la mitad de su rostro y dejando la otra en sombra. Su respiración era profunda, lenta. El pecho subía y bajaba con un ritmo que parecía marcar el tiempo de algo más.

Monserrat se acercó sin hacer ruido.

Se detuvo a un metro de distancia.

Lo observó.

Las manos de él descansaban sobre el pecho, una sobre otra. Grandes. Con las yemas ligeramente ásperas; las recordaba. La línea de la mandíbula, relajada en el sueño, perdía esa tensión que siempre llevaba cuando estaba despierto. Los párpados quietos. El pelo, ligeramente revuelto.

Sin la máscara, era otro.

Más joven.

Más vulnerable.

Más él.

Ella se permitió mirarlo con calma. Recorrió con los ojos cada detalle: el arco de las cejas, la curva de los labios cerrados, la mano que de pronto se movió apenas dentro de un sueño.

Y sin querer, sin decidirlo, las palabras salieron.

—¿Por qué me enamoré tan rápido de ti?

Fue un susurro. Apenas aire.

Algo que no debería haber oído nadie.

Él abrió los ojos.

El sobresalto la atravesó como un calambre. Dio medio paso atrás, pero ya era tarde. La mirada de él la encontró directamente, sin el velo del sueño, clara y presente, como si hubiera estado despierto todo el tiempo.

Se miraron.

El silencio duró tres segundos.

Quizá cuatro.

—No sabía que estabas despierto —dijo ella.

Él no respondió de inmediato. Solo la miró. Y en sus ojos no había burla ni incomodidad.

Había otra cosa.

Algo que ella no supo nombrar, pero que le calentó la piel.

—Buenos días —dijo él al final.

Su voz, recién despierta, era más grave. Más cercana.

—Buenos días.

Él sonrió apenas, un movimiento mínimo en las comisuras de los labios.

Ella no supo qué hacer con las manos.

La cocina era pequeña y blanca, con ventanas que daban a la ciudad.

Monserrat se sentó en una banqueta mientras él preparaba café. Lo observó moverse entre los armarios con la precisión de quien conoce cada espacio.

Sus manos.

Siempre sus manos.

La forma en que sostenía la cafetera. El gesto con que vertía el agua. La manera de alcanzar las tazas del estante alto.

Cuando puso una frente a ella, sus dedos rozaron los de Monserrat al dejar la taza.

Ella contuvo la respiración.

—¿Dormiste bien? —preguntó él.

—Sí. ¿Y tú?

—Bien.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

El café humeaba.

La luz entraba a raudales por las ventanas.

—No sabía que tenías cocina —dijo ella.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Monserrat lo miró. Él sostenía la taza entre las manos, observando el vapor.

—Enséñamelas.

Él levantó la vista.

La frase quedó flotando entre ellos, más grande de lo que ella había pretendido. Pero no la retiró. No apartó la mirada.

Él tampoco.

Desayunaron en silencio.

Un silencio cómodo, lleno de pequeñas cosas: el ruido de las tazas contra la madera, el rumor lejano de la ciudad, el roce de los pies de ella contra el suelo.

Cada vez que él se movía, ella miraba sus manos: la forma en que giraba la taza, el gesto de llevarse el café a los labios.

Cada vez que ella bebía, él esperaba a que terminara.

La tensión crecía como la luz de la mañana.

Lenta.

Inevitable.

Ocupando cada espacio vacío.

Cuando ella se levantó para irse, él también se levantó.

Fueron hacia la puerta.

Monserrat recogió su bolso, sus zapatos, la chaqueta que alguien había colgado en el respaldo de una silla.

Todo demasiado rápido.

Todo demasiado lento.

En la puerta, se volvió.

—Gracias.

—De nada.

Ella puso la mano en el picaporte.

No lo giró.

—Monserrat.

Su nombre.

Dicho así.

Ella se volvió.

Él estaba a un metro de distancia. Las manos en los bolsillos. La mirada directa.

—Lo que sientes —dijo— no es más grande que lo que siento yo.

Ella esperó.

—Es igual. O más.

Las palabras la atravesaron.

No como un golpe.

Como algo que encaja en un lugar que no sabía que estaba vacío.

—No me digas eso —susurró.

—Es verdad.

Monserrat soltó el picaporte.

Cruzó el espacio que los separaba en dos pasos y lo besó.

No fue como el beso de la noche anterior.

No había desesperación.

No había alcohol.

Era ella, consciente, eligiendo, buscando sus labios con una claridad que dolía.

Él respondió de inmediato.

Sus manos salieron de los bolsillos y encontraron su cintura, su espalda, su nuca. La atrajo contra él como si no pesara nada.

El beso se alargó.

Se hizo más hondo.

Y entonces él se separó apenas, lo justo para hablar.

—Si no te vas ahora —dijo contra sus labios—, no voy a poder contenerme.

Ella abrió los ojos.

Lo miró.

La respiración de él era agitada.

La suya también.

—No quiero que te contengas.

Lo dijo con los labios aún rozando los de él, la respiración suspendida.

El mundo pareció detenerse un segundo.

Después, él la besó otra vez.

Y esta vez fue diferente.

No hubo más palabras.

No hicieron falta.

Él la levantó como si no pesara nada. Ella enredó las piernas en su cintura sin pensarlo. Las manos de él la sostenían, firmes, calientes, mientras caminaban hacia algún lugar que ella no necesitaba ver.

La habitación.

La cama.

La luz de la mañana entrando por la ventana.

Él la depositó sobre las sábanas con una lentitud que contrastaba con la urgencia del beso.

La miró desde arriba, sosteniéndose sobre los brazos.

Y por un instante no hizo nada.

Solo la miró.

Monserrat sintió el peso de esa mirada en la piel.

En los labios.

En el lugar exacto donde el pecho se encuentra con el estómago.

—Monserrat.

Solo su nombre.

Luego bajó la cabeza y apoyó los labios en la curva de su cuello.

El calor fue inmediato.

Ella arqueó la espalda sin querer. Los labios de él recorrían su piel despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si cada centímetro mereciera ser recordado.

Las manos de él encontraron el borde de su camiseta.

Se detuvieron ahí.

Preguntando.

Ella asintió.

No con la cabeza.

Con algo más antiguo.

Una inclinación del cuerpo hacia él.

Una rendición sin palabras.

La tela subió. El aire fresco de la habitación rozó su estómago, sus costillas… y entonces la mano de él, caliente, ocupó ese espacio.

Ella contuvo el aliento.

La mano de él se movía despacio, trazando caminos que su cuerpo conocía sin haberlos recorrido nunca. Cada punto que tocaba parecía despertar, encenderse, recordar algo que la mente había olvidado.

Él bajó la cabeza y besó su hombro.

Luego la clavícula.

Luego el espacio entre sus pechos.

Monserrat enredó los dedos en su pelo sin pensar. Lo sostuvo allí, contra ella, mientras algo latía en su pecho como un pájaro que no sabía que podía volar.

—Dorian —susurró.

Él levantó la vista.

Sus ojos, tan cerca, tenían esa expresión que ella no sabía nombrar.

Pero ahora empezaba a entenderla.

—Estoy aquí —dijo.

Y lo estaba.

Cuando sus cuerpos se encontraron por fin, ella sintió algo más que placer.

Sintió reconocimiento.

Como si aquello hubiera ocurrido antes.

Muchas veces.

En muchos lugares.

Como si sus cuerpos recordaran lo que sus mentes habían olvidado. La forma en que él se movía dentro de ella no era la de alguien que descubre, sino la de alguien que regresa.

Ella lo rodeó con los brazos, con las piernas, con todo lo que tenía.

Lo sostuvo mientras él la sostenía a ella.

El ritmo era antiguo.

Anterior a las palabras.

Anterior a esta vida.

Cuando el momento llegó —cuando todo se tensó y luego se rompió en oleadas de calor—, ella escondió el rostro en su cuello y lo oyó decir su nombre otra vez.

No como una invocación.

Como una promesa.

Después, el silencio.

La respiración de ambos volvió poco a poco a su ritmo.

Los cuerpos seguían enredados, sudorosos, satisfechos. La luz de la mañana ya no era dorada, sino blanca, más alta.

Monserrat apoyó la cabeza en el pecho de él.

Oyó su corazón.

Latía despacio ahora.

Tranquilo.

Como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado.

Todo había pasado.

Él pasó una mano por su pelo, una y otra vez, con una lentitud que parecía decir no hay prisa, no hay nada más que esto.

Monserrat cerró los ojos.

Por primera vez en su vida, el vacío no estaba.

No lo había notado irse.

Pero ahora, en su ausencia, sentía el espacio que ocupaba antes.

Y en su lugar solo estaba esto: el calor de él, el latido bajo su mejilla, la certeza de que estaba exactamente donde debía estar.

Florencia despertaba allá afuera.

El rumor de la ciudad.

Los primeros coches.

Las campanas de alguna iglesia lejana.

Ella no oía nada.

Solo el corazón de él.

Solo eso.

—Monserrat —dijo él en voz baja.

Ella no abrió los ojos.

—Dime.

Él tardó en responder.

Cuando lo hizo, su voz fue apenas un susurro.

—Te he esperado mucho tiempo.

Monserrat sonrió contra su piel.

—Ya no tienes que esperar.

Él no respondió.

Pero su mano, en su pelo, siguió acariciando.

Y ella se quedó así, con los ojos cerrados, escuchando su corazón, sintiendo la paz de un lugar al que siempre había pertenecido sin saber que existía.

Afuera, la mañana seguía.

Pero para ellos, el tiempo había dejado de importar.

1
Grace S.
Buenísimo!
Melany Taberas
Estoy embobada que no puedo parar de leer, es una obra de arte como todas tus novelas, simplemente magnífica.
annix
no entendí el final.
annix
bien
Grakavame
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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